Y pensar
que esta es la cuarta vez que borro lo que escribo.
Había
empezado con una historia con burros ¿se dan cuenta? ¡¡¡Con burros!!! Deberán suponer
el por qué decidí borrar lo que había comenzado. Es que la verdad no se me ocurría el por
qué de dejar a un par de burritos, de personajes principales y hablando, para
colmo. Es que mi idea no era hacer una fábula.
Luego
comencé una de un dialogo, entre dos personas, pero es tan obvio, siempre son
dos personas las que hablan (ni modo que una hable sola, no quería hacer un
personaje loco, o un monólogo o lo que sea). Además, necesitaba el tema en el que desarrollaran la conversación, el que precisamente no se me ocurrió.
Luego,
quedó la hoja en blanco ¿Y si no escribo nada? ¿si lo dejo para otro día? ¡No! ¡Recapacita!
¡Tienes algo que escribir!
En fin,
luego comencé con una de una pareja de amigas. Pero ya apenas iba en la segunda
línea, me estresé. Es que las veía tan tontas, desde un principio me habían caído
¡malísimo!
Aquí
comienza mi desesperación.
No sale
nada ni una pizca de inteligencia, destreza, NADA
Se me secó
el cerebro.
No, en
realidad no se me secó, está un poquito dormido. Bueno y quien no estaría
dormido si ya son las cuatro de la madrugada. Cualquiera duerme, menos yo.
Y es que me
bajan los dotes de escribitista a está hora. Mal de familia. Bueno, más mío que
de familia.
Incluso hasta
me da por arruinar más el castellano poniéndole palabras de mi cosecha. Digo,
cada uno tiene un diccionario dentro. Que tiene de malo agregarle una que otra
palabrita que usas normalmente. Nada, solo te restringes a hacer un texto
impecable, sin errores de ortografía (la que mejoro, denme tiempo)
En esta
parte es cuando comienzo a mirar el techo, blanco, con el foco de luz en medio,
con algún bichito parado, o a veces sin nada, solo blanco. Pero con una paciencia
pongo mi vista en él y lo observo, en su total esplendor. A veces siento que es
mi fuente de inspiración, sinceramente. Pronto tendrán algún escrito en relación
al techo blanco de mi habitación, al que titularé: El techo blanco de mi
habitación un texto complejo y profundo.
Y es que
pasarse media hora mirando un maldito techo debe traer consigo ¡algún beneficio!
por que algún mal, lo dudo. ¡Está blanco! Que daño puede causar
Ya después
de mi audaz tiempo a solas con el galán de mi techo (una experiencia religiosa, por lo demás), tarareo alguna canción,
con ese popular mmm que reemplaza las muchas partes que desconozca de la
letra de ella. Así me ahorro el aprenderla en su totalidad. ¿Para que?
No, no hay
caso, las ideas no vienen.
Así mismo
que pienso eso, enciendo uno de mis cilindros nicotinosos (entiéndase por
cigarrillos).
El ver el
humo salir de mi boca, tratando de hacer alguna figura, algún círculo o
simplemente botando todo el humo que he inhalado, me hace pensar (increíble,
pero hasta te hace más filosófico) en las miles de cosas que podría estar haciendo
en vez de estar sentada creyéndome chimenea, tirando humo. No es que sea una
viciosa, pero a veces fumaba por que no tenía nada mejor que hacer.
Nunca
fumaba completo el cigarrillo cuando estaba sola, por que desde luego, me
pesaba la conciencia. JA! Si tenía conciencia después de todo.
Tocaron el
timbre
Me levanté
de la silla algo exaltada, me habían sacado bruscamente de mis
pensamientos. Abrí la puerta y era nada más
y nada menos que mi amigo el cartero, al que normalmente no le abría por que me
daba una flojera pagarle los treinta pesos por las cartas que traía.
Aquí mi
conflicto, me ha llegado una idea.
Mientras
recibo las cartas (que en realidad son cuentas) comienzo a sonreír y a caminar
animada hacia la entrada de mi casa. Algo, leve y muy vago había llegado a mi
cabeza. Un poco de inspiración.
Increíble,
pero el carterito esa vez me sirvió de algo. Aparte de despojarme de los últimos
treinta pesos que tenía en mi bolsillo, había creado una imagen, un bosquejo,
una idea de lo que vendría a ser algo que contar. Algo que escribir.
Me había
inspirado a borrar los otros cuatro intentos fallidos de escritos y comenzar
con este, una locura, una barbaridad. Pero una que me inspiró un carterito
mientras me entregaba las cuentas, la carta de mi mejor amiga y otras cuentas
más.
Son extrañas
las cosas que nos inspiran, algo locas. Pero quien dijo que la inspiración poseía
cordura
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