INSOMNE
Esta noche sabatina, el insomnio se adelantó a mis hormonas para advertirme que no me dejaría descansar, por lo que decidí retarlo; fue entonces que, abordando un taxi desde el aeropuerto Jorge Chávez, me dirigí raudamente al Centro de Lima, exactamente al 630 del jirón Zepita, bar de inolvidables e inacabables hazañas con mis amigos de la universidad. Cuando llegué, eran casi las nueve de la noche.
Con cuánta rapidez el escenario va permutando sus actores, y con qué ganas uno trata de susurrarle al tiempo que se estanque un rato y se siente a nuestro lado para beberse un par de botellas de cerveza; pero el tiempo es inexorable, y al parecer también abstemio, porque transcurrió vehementemente después de tres botellas solitarias. No importa, recién son las once. Pido ahora un paquete de cigarrillos Lucky Strike mientras en el televisor de veintiún pulgadas Leonardo Favio hace su aparición cantando Ella, ella ya me olvidó. De más está decir que aquí sólo viene gente algo desfasada en gustos musicales, aunque de vez en cuando hay también espacio para la cumbia de moda. Por eso, el bar consta de seis compartimentos divididos en donde el cliente puede encerrarse literalmente hablando para escuchar la música que quiera. Y también para hacer lo que quiera.
Conforme las manecillas de mi reloj describen su curvatura, rozando la base de los números, el bar se va llenando de gente tan interesante como desconcertante. Cual prestidigitador, los mozos hacen aparecer mesas donde antes nada había; el humo del cigarrillo rebota contra el techo y los fluorescentes, adaptándose a su configuración geométrica, envolviendo recuerdos, cánticos, risas, sollozos
me han dado unas ganas tremendas de dormir, pero el insomnio me vuelve a susurrar su advertencia. Entonces me dirijo al baño para mojarme la cabeza, pero hay un tipo obeso que me queda mirando fijamente. Lo ignoro, pero éste se me acerca y me dice: ¿Tienes fósforo, compadre?. Le extiendo amablemente la llama de mi encendedor, y en lugar de agradecérmelo con un indiferente e hipócrita gracias como lo hace todo el mundo me invita a su mesa, ubicada en la sala central del bar. No creí en semejante muestra de gratitud, así que acepté su invitación, esperando que la realidad encausara los acontecimientos. Al parecer, me equivoqué de nuevo. Dos mujerzuelas, tan ebrias como divertidas con los muslos de sus dos acompañantes, me dieron la bienvenida con un acalorado beso en ambas mejillas; el tipo obeso pidió seis cervezas de litro y una fuente de jalea a estas horas de la noche. Y Favio nos ofreció un lastimero Fuiste mía un verano, mientras un mozo traía las botellas de mi mesa.
Al parecer, el tipo este era un chef al menos eso fue lo que dijo, el cual se encontraba de visita en Lima, pues residía en alguna ciudad italiana desde hacía muchos años. No me interesó memorizar su nombre, pues no creí que volvería a verlo. Las botellas se vaciaron en un santiamén, al parecer era una para cada uno de nosotros; el cigarrillo también pareció desaparecer con la misma presteza. Una ronda más para cambiar a Leonardo Favio por José José y cantarle al mundo El amor acaba. Las putas se sorprendieron cuando me oyeron cantar sin vergüenza, y me llenaron de adulaciones innecesarias. No soy cantante, la única diferencia es que no me cohíbo cuando se trata de cantar; entonces el tipo obeso sale al baño y regresa con dos individuos más al parecer tenía una predisposición amical muy influyente, los cuales se sientan frente a mí. Otra ronda de cerveza, esta vez son ocho y las pago yo. A estas alturas de la una de la mañana, creo haber vencido al insomnio, así que dejo que mi instinto me lleve por los vericuetos de la espontaneidad.
Han desfilado cantantes al por mayor en aquel televisor, ahora de proporciones gigantescas. El escenario se torna más hilarante cuando una de las putas se precipita hacia atrás con todo y silla, mientras la otra trata de buscarla en el baño, en la calle, en cualquier lugar del bar menos a su costado. Las risas del lugar consiguen que el tipo obeso vaya en busca de más invitados, y pronto nuestra mesa es un conglomerado de todas las demás mesas del bar. Somos como una gran ronda de borrachos dispuestos a brindar por lo que sea, cantando cada quien a su manera, fumando como una de esas mesas del viejo oeste; y las cervezas parecen multiplicarse hasta el infinito, incluso se piden rondas sin que otras se hayan consumido aún. Hay tres fuentes vacías de jalea sobre la mesa, los mozos han cerrado la puerta del bar con cadenas entrecruzadas. Son las tres de la mañana, el bar da la impresión de estar cerrado para el público, pero dentro la juerga parece extenderse por muchas horas más. Me divierte la idea de pensar que, de no haber salido de mi casa, estaría aburriéndome a morir mientras intentaba conciliar el sueño. ¿Qué estarían haciendo mis amigos en estos momentos? Seguro batallando contra sus propias modalidades insomnes; siento deseos de llamarlos para compartir la juerga con ellos, pero el local está cerrado, tendré que esperar a que amanezca.
Son las cuatro y treinta de la mañana, ha empezado el baile, el espectáculo, la algarabía de moverse al ritmo de una cumbia o un huayco con botella y vasos en la mano. Los chorros de cerveza en el suelo, las colillas de los cigarrillos, todo se vuelve una sola masa que, al secarse, justificará el sueldo de los mozos esos. Una de las putas me toma del cuello de la camisa y me lleva a la pista de baile que han improvisado hace un momento. No sé cómo, pero trato de servirme un vaso más mientras ella se empecina en recordar ciertos malabares coreográficos, y, cuando lo consigue, tengo que sujetarla de la cintura para que no se rompa la frente en el suelo. Otros individuos han formado una trenza humana y danzan formando un círculo; qué divertida sensación de libertad me invade, así que no tengo problema alguno en demostrarle a la perra esa que soy mejor bailarín que ella. Doy saltos, giro, con milimétrica precisión, canto alguna que otra canción y me convierto rápidamente en la sensación de la juerga. Los elogios me llueven, me inundan de cerveza también, y el tipo obeso me lleva a un lado para ofrecerme a la puta más guapa para cuando todo concluya. Muy amablemente rechazo su ofrecimiento, y le explico que mis amigos de estudio aprovecharían mejor tal muestra de agradecimiento. Son las cinco y cuarenta de la mañana, ya hay teléfonos en la calle, así que me dirijo a uno de ellos tuve que sobornar a un mozo para que me abriera la puerta y llamo a César. Él queda sorprendido al escuchar la síntesis de mi relato, pero lo insto a que esté en el Centro de Lima en menos de una hora.
El baile dejó a todos extenuados, así que ahora empieza la borrachera neta. Un par de rancheras de Pedro Infante me embriagan de recuerdos de mi niñez, junto a mi viejo. En esas condiciones nos encontró César y dos de mis amigos, a las siete y treinta de la mañana. Ya era domingo.
Tú no cambiarás nunca me dijo al saludarle.
Por supuesto que no, amigo, ¿tú sí?
Después de una breve visita al cajero automático instalado a unas cuadras del bar, la borrachera se extendió hasta el mediodía, con nuevas rondas de cerveza, canciones y putas frescas, que hicieron su aparición para probar suerte en el bar. Cuando me despedí del tipo obeso, éste me extendió una tarjeta con su nombre, teléfono y dirección en Italia. Dijo considerarme una de sus más altas amistades de farra y prometió llamarme en su próxima visita a la Capital, pues al parecer viajaba el lunes. De más está decir que con mis amigos continuamos con la borrachera, esta vez en mi casa, hasta las tres de la tarde. No recuerdo cómo, pero me quedé dormido en el sofá de mi sala. Cuando desperté al día siguiente, mi madre empezó a recriminarme por el exceso etílico, a lo cual respondí:
La culpa es del insomnio, en serio pero no me creyó, sobre todo cuando encontré una botella de cerveza sobrante del día domingo, la cual me dispuse a degustar.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
Te encanta la aventura Aurelio, y tienes buenos pretextos para irte de parranda; veo que te desenvuelves bienn no sólo en las letras , también en la pista y hasta en la notas.
Hoy estuve en un Bar, gracias a tus letras ya a tus perfectas descripciones.
Que bien narrado esta...me intereso mucho desde las primeras lineas, llevas bien los personajes y trama...y si que fue una gran fiesta...
Nos estamos leyendo
Besos
PD: Ya empezo la campaña comentario recibido dos por hacer
A esta historia yo le pondria de nombre "Mundano" por la gran jarana que decribes desatada disque por el insomnio, no cabe duda que ese personaje si que sabe pasarla bien.
Gracias Lino, sin embargo, la resaca que te mencioné hace unos días corresponde a otra jarana olímpica, una más actual, mientras que la del relato pertenece a mi pasado juvenil, pero eso no quiere decir que no siga siendo proclive a desencadenar tales epopeyas. Saludos, espero que platiquemos pronto (tal vez en el 630 del jirón Zepita).
Ahora comprendo aquello de resaca olímpica. Muy bien narrado, como siempre Aurelio. Hay por aquí un tipo que te llamará "limeño decadente, putañero y borracho"por lo menos, si es que no encuentra otros adjetivos más elegantes, ya que el pobre infeliz, no conoce de amistades espontáneas nacidas en bares. Hay que dejarlo renegar en soledad, recondando que todo Amadeus tiene su Salieri, envidioso del talento del maestro.