
Inquilinos del asfalto
Entre varios cartones malolientes que apenas tapan sus infantiles cuerpecitos, descansan Mario y José. Sin techo que los cubra, sin ropa mas que la que andan puesta, harapos mugrientos que absorbieron con el tiempo los olores de la calle....
La calle es su hogar, la calle es su escuela, la calle es su realidad. Caminan y deambulan por las calles y aceras sin un destino definido, duermen hasta tarde, no les preocupa si es de día o de noche. Viven de la limosna de la gente, de quienes despliegan su mano para dar y cierran sus ojos para no advertir su situación, viven de lo que a otros les sobra... o roban para sobrevivir...
Al fondo y resguardándose del frío de la noche dos ojitos negros se asomaron entre los cartones. Delgado como una manguera; su silueta es el resultado de su mala nutrición y vida a la intemperie. Sus ojitos negros, no han perdido el sutil brillo de la inocencia, brillo que lucha por no apagarse ante los embates de la calle, un pelo despeinado y mugriento; un golpe en la frente, quizás, producto de una riña, es lo que la escasa luz de la noche me dejó ver de José.
Callado. Concentrado en las preguntas que insistentemente le hago a su hermano. Mario por su parte, aprovecha el momento para “jugar a ser grande”, aprieta con su pequeños dedos una chinga de cigarro e inhala en cada momento el humo gris, humo que invade en segundos el rincón de la covacha. Oye. Pero no escucha mis consultas... Responde tratando de engañar, tratando de esconder su realidad...
“Mi mama me abandonó. Dice mi tata que se fue con otro maje, yo no se si será cierto. A él lo enchorparon hace dos años por vender piedra. Mi abuelo nos recogió, es un gran tapis, nunca nos daba de comer y cuando podía nos golpeaba. Hace varios meses decidimos jalar, desde ahí vivimos en cualquier lado... en un cafetal o donde nos agarre la noche...
Se les observa por las noches merodeando viviendas, poseen una manera ágil de escabullirse de la autoridad, o de quienes durante la noche los encuentran en los patios o corredores vecinos.
Los niños en situación de calle no son un problema, son un llamado a la reflexión, un grito a atacar los vicios de los adultos, quienes con sus acciones promueven su emigración al asfalto, al frío e inerte cemento, al negarles el calor de una familia.
El clamor de estos niños sale desde lo más profundo de sus corazones. Pudimos comprobar que aún sus ojitos no han perdido el sutil brillo de la inocencia, brillo que lucha por no apagarse ante las embestidas de la calle, calle que los condena cada día a ser uno más de sus inquilinos...
Comentarios:
Una denuncia social, una realidad que se repite a diario en cada esquina de las ciudades del mundo.La niñez adulterada por la falta de hogares que los contengan, niños que ya son viejos con apenas ocho años.
Montevideo, mi ciudad es albergue de muchos de esos niños, ver sus caritas sucias, o esa semi inocencia tapajuda en un ademan de hombre que no ha crecido aún, es una verguenza y una impotencia terrible, un reclamo a los que tienen el poder para cambiar las cosas y no lo hacen.
Nuestro aporte como escritores o poetas, es denunciar estas realidades que denigran al hombre.
Ha sido un placer leerte.
Me uno a tu denuncia.
Que las hadas esten alli.
Escrito por:
ferruz
10/08/07 21:26
muy bueno tu relato, sé nota que eres periodista. Algo así es lo que yo, estando en la Universidad deseaba escribir, mezclar una cronica de la realidad tan dura de latinoamerica con la Ficción. Lee mi cuento de San Juan a ver que te parece.
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