Inocencia

Categoría(s): Historia, vida, recuerdos

 

Esperaba, inocente, una llamada, pero el teléfono no sonó... Sentía la inmediatez del tiempo pasando y, mientras pasaba, iba dejando señales inequívocas de su paso; huellas indelebles que no pueden borrarse, huecos vacíos, sustituciones, cambios, giros de agujas que se repiten minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, año tras año...

Pero, la inocencia, perduraba... 

 

Surgían recuerdos en su mente, escenas grabadas..., una película, otra; una vivencia, otra; un deseo, otro; una ley, otra; una norma, otra; una costumbre, otra; una novedad, otra... Y así, lentamente, inocentemente, aguardaba...

 

Ahora, una fotografía le hacía detener sus pensamientos, una fotografía en blanco y negro; pero solo ella lograba verla, en su recuerdo..., a nadie más le importaba..., podía ver sus juegos, atraer hacia el presente  aquellos bellos objetos que dejaron de existir hace mucho, mucho tiempo.

Vislumbró el destello luminoso de aquel leopardo de plástico fosforescente, ese material tan extraño como mágico que tenía el poder o la cualidad de poder verse en la oscuridad.

Era fantástico, sensacional, increíble..., qué llevaría dentro ese animal de no más de diez centímetros pero que hacía realmente soñar...

 

Y la inocencia continuaba intacta a pesar de que podía no solo soñar con leopardos fluorescentes..., también su mente comenzaba a trabar intrigas, enredos, con  hombres de verdad. Sí, su virginal cuerpecito de niña, de tronco recto, sin curvaturas, sin formas definidas, con torso plano, apenas rematado por dos insisgnificantes botoncitos erectos, temblaba inocente ante la presencia de un hombre...

 

Transitaba el jardín, los vericuetos entre setos, macizos, parterres, pérgolas, fuentes y árboles, y se asomaba al huerto, donde tal vez su mirada se cruzaría con ese cuerpo varonil, desaliñado, potente, irreverente pero contenido y callado. Y se miraban de soslayo... Era simplemente una niña inocente y él, un simple asalariado.

 

Otros recuerdos ocuparon su mente..., aquel muchacho, ya no tan inocente..., por esos caminos de Dios. Pedaleando, levantando el polvo, sentándose a descansar bajo el algarrobo, solitario, a la orilla de la vereda enclavado, a medio camino entre dos caseríos; la tarde cayendo, la inocencia peligrando...

 

Pero ella, inocente, continuaba esperando una llamada, una llamada que se hacía esperar, una espera que la obligaba a cerrar sus párpados, a dejar caer su cabeza sobre el brazo del sofá... Ahora sus recuerdos se mezclarían con los sueños; tal vez nacerían historias, nuevas y oníricas historias; inocentes historias entre la niña y el asalariado, entre la puber y el mancebo, o quizás, quién sabe..., puede que en el subconsciente apareciera un nuevo personaje..., puede que ni siquiera su sueño tuviera relación con la llamada que esperaba. Quizás la llamada esperada fuera tan solo un pretexto, un pretexto para soñar, con la inocencia.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Renanalvarez       04/01/09 20:05
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Lo que puede hacer una espera, llenarnos de motivos y sueños, un pretexto en la mente hasta ahora, quizás.
encantado leyendo tu relato
saludos
Martín
Escrito por: Momo       29/12/08 19:26
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Me gusta. Me habla de un deseo de conservar una inocencia que ya se sabe perdida.
Un abrazo. Chares
Escrito por: Callejera       29/12/08 12:23
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Que lindo ser niña¡¡ Esa inocencia de jugar a soñar e imaginar, la pureza de poder jugar con laopardos fosforescentes y al mismo tiempo de imaginar los cuerpos de los hombres... Yo recuerdo igualmente esa sensación de ir poco a poco creciendo, casi sin darme cuenta de que lo estaba haciendo... Bendita infancia...
Besotes.
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