


| Escritor: | blancamazzucco |
| Públicado: | 10/09/2008 |
INMIGRATES ARABES EN LA CAMPAÑA SANTIAGUEÑA
..La mirada se pierde en el azul y profundo mar. Sus playas, las mas bellas del Mediterráneo, irradian ese encanto que, al contemplarlas infundían paz al espíritu. Estaban cubiertas por finas arenas que resultaba una caricia para los pies descalzos. La bella casa de alto dominaba el paisaje playero.
Un inspector de escuela era su dueño.
Las amplias veredas estaban cubiertas por frondosos naranjales cimbreantes por el peso de los parrales enroscados en los gruesos troncos.
En primavera desparramaban su perfume los azahares, en verano grandes racimos de uvas colgaban entre las hojas de parra y de naranjo, mas tarde las doradas y dulces naranjas matizaban el paisaje.
La hija del inspector jugaba a las muñecas en la playa, contaba escasos doce años, cuando comienza esta historia.0
Era mimada por sus padres, como única hija mujer y que aún Permanecía junto a sus padres. Dos hermanos varones mayores, habían partido tiempo atrás a un destino que creían mejor:
Santiago del Estero en la República Argentina.
Un día como tantos Raquel que así se llamaba a la niña, jugaba en la playa con sus muñecas, cuando desde lo alto de la ventana su padre la llamó.
Obediente (como eran entonces los de su raza) acudió presurosa sin imaginar siquiera que en ese momento se sellaba su destino.
Frente a sus padres se encontraban tres desconocidos: un apuesto y buen mozo joven, un cura ortodoxo y la otra persona mayor traía un enorme libro. Resultó ser el juez de paz. Su padre con palabras entrecortadas por la emoción le dijo: este joven es Abud viene a solicitar tu mano. Te vio en dos oportunidades en que vino a comerciar y ahora quiere casarse contigo
Como aún eres una niña, después de la ceremonia se irá muy lejos, cruzará el mar é irá a probar fortuna en otro país. Tú quedarás con nosotros hasta que te hagas mujer.
Raquel no alcanzaba a comprender lo que esto significaba y gustosa se prestó a esta ceremonia.
Concluida la misma las tres personas se retiraron y la inocente niña volvió a la playa a jugar. Pasaron dos años al cabo de los cuales se hizo mujer y llego la hora de su partida a la campaña santiagueña donde ahora residía su esposo Tenia ya 14 años y su madre le preparó un lujoso ajuar.
La llevaron al puerto de Beirut. Su barco ya estaba en el atracadero
Numerosas familias árabes, y libanesas que allí se encontraban tomaban el mismo rumbo, Santiago del Estero.
Los padres de Raquel la apretaban entre sus brazos como presintiendo un adiós definitivo. La niña asustada e ilusionada con su primer viaje les consolaba prometiendo volver algún día no muy lejano sin imaginar siquiera que jamás los volvería a ver.
PRIMERA ESCALA PARIS DURANTE EL VIAJE
Los pasajeros que ya se habían familiarizado con la jovencita, la llevaron a recorrer calles donde vio mansiones de piedras; amplios y hermosos jardines, altos portales de hierro, grandes tiendas donde se compró lujosos vestidos de última moda, sombreros con plumas, zapatos con tacos , perfumes y adornos. Claro ya era señora y debía vestir como tal.
Su viaje por mar no tuvo mayor trascendencia.
Llegada a Buenos Aires, los viajeros y Raquel tomaron el tren casi recién inaugurado en el país
Se vistió con sus mejores galas parisinas para impresionar a su esposo
El largo y calzador viaje a Santiago la agobió. Raquel se durmió en el asiento abollando su hermoso sombrero, quebrando las plumas y arrugando su vestido
La tierra que despedía el tren en su trajinar, cubrió su ropaje y su cara transpiraba por el bochornoso calor.
Se detuvo en la estación pueblerina del norte santiagueño: Garza donde la esperaba Abud.
La pobrecilla se despertó asustada. El apuesto joven que la llamaba, era su esposo.
Su corazón latía apresuradamente y su pecho se agitaba. ¿Qué decir? ¿Cómo actuar ante este desconocido?. Ella que se había preparado durante su viaje para un encuentro romántico, estaba desconcertada confundida.
El la tomó de la mano y presuroso la bajó, pues el tren ya partía hacia la capital santiagueña.
Llegada a la casa, su sorpresa no tuvo límites: una sola habitación y al lado el almacén, que había instalado su esposo. Tenía piso de tierra, techo de paja y horcones en el medio.
Esta pequeña que apenas había vivido como mujer, sintió un extraño estremecimiento, las lagrimas
Comenzaron a fluir. Copiosamente, Abud comprendiendo su desazón le acaricio los cabellos y la
Apretó entre sus. Brazos, consolándola.
Extrañaba a sus padres su casa, sus juegos en la playa; todo acudía a su memoria, pero su inteligencia y su corazón afluyeron y la hicieron encontrar su meta.
Comenzó a observar que las jóvenes que acudían a su almacén solo querían ser atendidas por el apuesto sirio, le sonreían, le presumían, le provocaban.
Su intuición de mujer la hizo reflexionar. Surgió un espíritu luchador en defensa de sus derechos de .esposa.
Dejo atrás lo que había soñado y deseado y dejo paso de allí en mas al trabajo y al sufrimiento que corrieron juntos. El primero la distraía, el segundo la hizo crecer en edad y juicio.
Transcurrió el tiempo y trabo amistad con su vecina.
Aprendió castellano y quichua, pues sus clientes de campo adentro, eran quichuistas.
El resto de los pobladores la llamaban la turca, con cierto desprecio.
Su vecina tenia una pequeña de meses que a ojos vista adelgazaba sin motivo alguno. Abud, herencia
Tal vez de sus ancestros nómades, le gustaba dormir al aire libre y Raquel la acompañaba.
La casa y la del lado carecían de tapia de manera que compartían el patio.
Trabo una estrecha amistad; pero la salud de la pequeña la preocupaba.
Una de esas noches en que la luna alumbraba con extraordinaria luminosidad el patio y por el mismo motivo se desvelaba, sorprendió el zigzaguear de una víbora que salía del dormitorio de su vecina.
Llamo a Abud que presuroso la mató, reventando su panza y salpicando de leche el patio de tierra.
Esto entre los pobladores, no era extraño, aunque tampoco común. La víbora le mamaba a la madre dormida y le daba la cola a la niña.
El suceso conmocionó a la población y el desdeño se transformó en amabilidad.
Muchísimos años después, pasando por el lugar a medio día con mi esposo, llegamos a un restauran.
Los dueños se arrimaron a conversar, saliendo a relucir el episodio. Cual no sería nuestra sorpresa cuando la señora nos dijo: Yo soy aquella niña a quién Raquel le salvó la vida.
Después nació su primera hija, que fue la cima de su felicidad. Le recordaba sus muñecas, nuevos rumbos. Su camino fue más al norte, cerca de la capital santiagueña: Beltrán. Allí la ambición de Abud fue poner un molino harinero.
Compró maquinarias y trabajó con mucho tesón
Hizo construir. Una casa cómoda, y una gran represa con un caminito de madera que conducía a una choza ubicada en medio del agua donde, tal vez añorando un oasis, Abud se sentaba con Raquel a leer el Corán.
Libro sagrado basado en el judaísmo y algo del cristianismo.
La familia había crecido, las mellicitas eran traviesas. Siempre estaban juntas y como todos los niños a la edad
3 años no miden el peligro. Un día las pequeñitas decidieron llegar a la choza. Atravesaron el precario puentecito sin que nadie lo advirtiera. Una perdió el equilibrio, arrastrando a su hermanita; irremediablemente se ahogaron.
La muerte no está al final, sino en todo el transcurso de la vida.
El molino progresaba. La gente de campo acudía a comprar bolsas de harina para hacer pan y tortilla.
Un amanecer lluvioso se detuvo un sulki. Descendió una mujer empapada por la lluvia. Recogido su cabello en un rodete; lo deshizo para que se secara. El cabello renegrido y largo, le cubría la espalda. Penetró al molino para hacer su compra. Aturdía el ruido de las maquinarias en movimiento. Las gruesas correas movían las poleas y volantes
La mujer quiso pedir su mercancía a .Abud que se encontraba al fondo del galpón. Al pasar por entre las maquinarias, el viento que despedía su rodar le hizo el abundante cabello que se enredó en las poleas arrancándole el cuero cabelludo. Su muerte fue instantánea Este hecho y la muerte de 7 hijos de los 14 que tuvo los motivó a trasladarse a Sumampa donde puso un aserradero. Allí fue elegido por el pueblo Comisionado Municipal adhonorem como era entonces y por su propio peculio construyó el campo de aviación, consiguió del Gobierno Nacional la construcción
De la escuela y otras obras que marcaron el progreso del pueblo.
Los avatares del destino endurecieron el corazón de Raquel, pero la vida continúa y los hijos fueron creciendo en el lugar.
Allí se casaron y mezclaron la raza con criollos, italianos, españoles y árabes y hoy forman una numerosa familia
Donde siempre recuerdan los hijos a la mamita y los nietos a la abuela o a la nona o a la sete según sus progenitores.
El accionar de Abud, a pesar de los años de su desaparición , ha quedado un recuerdo memorioso que fue plasmado por la reciente fallecida Amalia Gramajo de Martines Moreno en su libro : Sumampa y Ojo de Agua en las sierras del sur, editado en el año 2.005
Para concluir: Detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer.
FIN
: BLANCA MAZZUCCO DE KURÁN
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