INMIGRATES ARABES EN LA CAMPAÑA SANTIAGUEÑA

Categoría(s): CUENTOS

 

 
 

 

 

INMIGRATES ARABES EN LA CAMPAÑA SANTIAGUEÑA

 

 

..La mirada se pierde en el azul y profundo mar. Sus playas, las mas bellas del Mediterráneo, irradian ese encanto que, al contemplarlas infundían paz al espíritu. Estaban cubiertas por finas arenas que resultaba  una  caricia para los pies descalzos. La bella casa de alto dominaba el paisaje playero.

Un inspector de escuela era su dueño.

Las amplias veredas estaban cubiertas por frondosos naranjales cimbreantes por el peso de los parrales enroscados en los gruesos troncos.

En primavera desparramaban su perfume los azahares, en verano grandes racimos de uvas colgaban entre las hojas de parra y de naranjo, mas tarde las doradas y dulces naranjas matizaban el paisaje.

La hija del inspector jugaba a las muñecas  en la playa, contaba escasos doce años, cuando comienza esta historia.0

Era mimada por sus padres, como única hija mujer y que aún Permanecía junto a sus padres. Dos hermanos varones mayores, habían partido tiempo atrás a un destino que creían mejor:

Santiago del Estero en la República Argentina.

Un día como tantos Raquel que así se llamaba a la niña, jugaba en la playa con sus muñecas, cuando desde lo alto de la ventana su  padre la llamó.

Obediente (como eran entonces los de su raza) acudió presurosa sin imaginar siquiera que en ese momento se sellaba su destino.

Frente a sus padres se encontraban  tres desconocidos: un apuesto y buen mozo joven,  un  cura ortodoxo y la otra persona mayor traía  un enorme libro. Resultó ser el juez de paz. Su padre  con palabras entrecortadas por la emoción le dijo: este joven  es Abud   viene a solicitar tu mano. Te  vio en dos oportunidades en que vino a comerciar y ahora  quiere casarse contigo

Como aún eres una niña, después  de la ceremonia se irá muy lejos, cruzará el mar  é irá a probar fortuna en otro país. Tú  quedarás con nosotros  hasta que te hagas mujer.

Raquel no alcanzaba  a comprender lo que esto significaba y gustosa  se prestó  a esta ceremonia.

Concluida la misma las tres  personas  se retiraron y la inocente niña volvió a la playa a jugar. Pasaron dos años al cabo de los cuales se hizo mujer y llego la hora de su partida a la campaña  santiagueña donde ahora residía su esposo Tenia ya 14  años  y su madre  le preparó  un lujoso ajuar.

La  llevaron al puerto de Beirut. Su  barco ya estaba en el atracadero

Numerosas familias  árabes, y libanesas  que allí se encontraban  tomaban el mismo  rumbo, Santiago  del Estero.

Los padres  de Raquel  la apretaban entre sus brazos como  presintiendo un adiós definitivo. La niña asustada e ilusionada con su primer viaje les consolaba prometiendo  volver  algún  día  no muy lejano sin imaginar siquiera que jamás los volvería a ver.

 

 

 

 

 

 

PRIMERA ESCALA PARIS  DURANTE EL  VIAJE

 

 

Los pasajeros que ya se  habían familiarizado con la jovencita, la llevaron  a  recorrer  calles  donde vio  mansiones  de piedras;  amplios y hermosos jardines, altos portales de hierro, grandes tiendas donde se compró  lujosos vestidos de última moda, sombreros con plumas, zapatos con tacos , perfumes y adornos. Claro  ya era  señora y debía  vestir como tal.

Su viaje por mar no tuvo mayor trascendencia.

Llegada a Buenos Aires, los viajeros y Raquel tomaron el  tren casi recién  inaugurado en el país

Se vistió  con sus mejores  galas parisinas para impresionar a su esposo

El largo y calzador   viaje a Santiago  la agobió. Raquel se durmió en el asiento abollando su hermoso sombrero, quebrando las plumas y arrugando su vestido

La tierra que despedía  el tren en su trajinar, cubrió su  ropaje y  su cara transpiraba por el bochornoso calor.

Se detuvo  en la estación  pueblerina del norte  santiagueño: Garza  donde  la esperaba  Abud.

La pobrecilla  se despertó asustada. El  apuesto  joven  que la llamaba, era su esposo.

Su corazón  latía apresuradamente y su pecho se agitaba. ¿Qué decir? ¿Cómo actuar  ante este desconocido?. Ella que se había  preparado  durante su viaje  para un encuentro  romántico, estaba desconcertada confundida.

El la tomó de la mano  y presuroso la bajó, pues el tren ya partía hacia la capital santiagueña.

Llegada a  la casa,  su sorpresa no tuvo límites: una sola habitación y  al lado el almacén,  que  había instalado  su esposo. Tenía piso de tierra, techo de paja y horcones en el medio.

Esta pequeña que apenas  había  vivido como  mujer,  sintió  un extraño estremecimiento, las lagrimas

Comenzaron  a fluir. Copiosamente, Abud  comprendiendo su desazón  le acaricio los cabellos  y la

Apretó  entre sus. Brazos, consolándola.

Extrañaba  a sus padres  su casa,  sus juegos  en la playa;  todo acudía  a su memoria, pero su inteligencia y su corazón  afluyeron  y la hicieron  encontrar su meta.

Comenzó a observar  que las jóvenes que  acudían  a su almacén  solo querían ser  atendidas por el apuesto  sirio, le sonreían, le presumían, le provocaban.

Su intuición de mujer  la hizo  reflexionar.  Surgió  un espíritu  luchador  en defensa  de sus    derechos de .esposa.

Dejo  atrás   lo que  había  soñado y deseado y dejo paso de allí  en mas al trabajo y al sufrimiento que corrieron juntos. El primero  la distraía,  el segundo la hizo crecer en edad y juicio.

Transcurrió  el tiempo  y trabo  amistad con su vecina.

Aprendió   castellano y  quichua,   pues sus clientes de campo adentro, eran quichuistas.

El resto  de los pobladores  la llamaban  “la turca”,  con cierto desprecio.

Su vecina  tenia  una pequeña de meses que a ojos vista  adelgazaba  sin motivo alguno. Abud, herencia

Tal vez  de sus ancestros  nómades, le gustaba dormir al aire libre y Raquel la acompañaba.

La casa y la del lado carecían  de tapia de manera que compartían  el patio.

Trabo una  estrecha  amistad;  pero la salud  de la pequeña  la preocupaba.

Una de esas  noches en que la luna alumbraba con  extraordinaria  luminosidad el patio y por el mismo motivo se desvelaba, sorprendió  el zigzaguear de una víbora  que salía  del dormitorio de su vecina.

Llamo  a Abud  que presuroso  la mató, reventando su panza  y  salpicando  de  leche  el patio  de tierra.

Esto entre los pobladores,  no  era  extraño,  aunque  tampoco  común. La víbora  le mamaba a la madre dormida y le daba la cola a la niña.

El suceso  conmocionó a la  población  y  el desdeño  se transformó  en amabilidad.

Muchísimos  años después,  pasando  por  el lugar a medio día  con mi esposo, llegamos a un restauran.

Los dueños se arrimaron  a conversar, saliendo a relucir  el episodio. Cual  no sería nuestra sorpresa cuando la señora nos dijo: Yo  soy  aquella niña a quién  Raquel  le salvó la vida.

 Después  nació  su primera  hija, que fue  la  cima de su felicidad.  Le recordaba  sus muñecas, nuevos rumbos. Su camino  fue más al norte, cerca de la capital santiagueña: Beltrán. Allí  la ambición de Abud  fue  poner un  molino  harinero.

Compró  maquinarias  y trabajó  con mucho  tesón

Hizo  construir.  Una casa  cómoda,  y una  gran  represa  con un caminito  de  madera  que  conducía a una  choza  ubicada en  medio  del agua  donde,  tal  vez  añorando  un oasis, Abud  se  sentaba  con Raquel  a  leer  el Corán.

Libro sagrado  basado  en el judaísmo  y algo  del  cristianismo.

La familia  había  crecido, las  mellicitas  eran  traviesas.  Siempre  estaban  juntas y  como  todos  los  niños  a la edad

 3 años  no  miden  el peligro. Un  día  las  pequeñitas decidieron  llegar  a  la  choza.  Atravesaron  el  precario puentecito sin que  nadie  lo advirtiera. Una perdió  el equilibrio,  arrastrando  a  su hermanita;  irremediablemente  se ahogaron.

La  muerte  no está  al  final,  sino  en todo  el transcurso  de  la  vida.

El molino  progresaba.  La gente de  campo  acudía  a comprar  bolsas  de harina  para  hacer pan y  tortilla.

Un amanecer  lluvioso se  detuvo  un sulki. Descendió  una mujer empapada  por la  lluvia.  Recogido  su cabello en un rodete; lo deshizo para que se secara. El cabello renegrido y largo, le cubría la espalda. Penetró al molino  para hacer su compra.  Aturdía  el ruido  de las maquinarias en  movimiento.  Las gruesas  correas movían las  poleas y volantes

La mujer quiso  pedir su mercancía  a .Abud que se  encontraba  al fondo  del galpón. Al pasar  por entre las maquinarias, el viento  que despedía su rodar  le hizo  el abundante cabello que se enredó  en las poleas arrancándole el cuero cabelludo.  Su  muerte  fue  instantánea  Este hecho  y la muerte  de 7 hijos  de los 14 que tuvo los motivó   a trasladarse a  Sumampa  donde  puso un aserradero. Allí  fue  elegido  por el  pueblo Comisionado  Municipal  adhonorem  como era  entonces  y   por su propio peculio  construyó  el campo de  aviación,  consiguió  del Gobierno  Nacional  la construcción

De la escuela y otras  obras que  marcaron  el  progreso  del pueblo.

Los avatares del  destino  endurecieron  el corazón  de Raquel, pero  la vida continúa  y los hijos   fueron  creciendo en el lugar.

Allí se casaron y mezclaron  la raza con criollos, italianos, españoles y  árabes  y hoy  forman una numerosa  familia

Donde siempre  recuerdan  los hijos  a la  “ mamita “ y los nietos  a la abuela  o  a  la nona o a  la sete  según  sus  progenitores.

El accionar  de Abud,  a pesar de los años  de su desaparición , ha  quedado un  recuerdo  memorioso  que fue  plasmado  por la reciente  fallecida Amalia Gramajo  de  Martines  Moreno  en su libro :   Sumampa  y Ojo  de Agua  en las  sierras del  sur, editado  en el año 2.005

Para  concluir: Detrás  de un  gran  hombre,  siempre hay una gran  mujer.

 

 

FIN

 

 

 

 

:                                                      BLANCA  MAZZUCCO  DE  KURÁN

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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       11/09/08 01:17
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Sorprendente historia y que forma tan especial para escribirla, un gusto leerte, saludos desde Santa Fe, de donde eres vos?
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