Juan miraba desde hacía rato el tentador aspecto de los duraznos que Don Fermín exhibía en la vidriera de su verdulería. Juan llevaba puesta una camisa varios talles más grande del que le correspondería y ninguno de sus botones era igual al otro, ya no había lugar en sus pantalones para un remiendo más y, como recién salía de la escuela, llevaba prolijamente doblado su guardapolvo para no tenerlo puesto más de la cuenta y no correr el riesgo de romperlo. Su mamá, que era viuda, trabajaba sin parar y jamás dejaba que la ropa de Juan estuviera sucia o en un mal estado que no correspondiera a la medida de lo posible. Fermín no ignoraba nada de lo que sucedía en su barrio y conocía en detalle la situación de Juan.
El verdulero decidió salir y le preguntó al niño si le gustaban los duraznos, obviamente Juan respondió que le encantaban, pero que no podía comprar ninguno. Fermín sonrió y le dijo que no se preocupara que fuera a casa a dejar sus útiles y que volviera a ganarse los duraznos que anhelaba. Este trámite no le llevó a Juan más de un par de minutos. Fermín le encargó, como primera tarea, que fuera por herramientas y tablas que había en el fondo del local y que reparara el cartel de la entrada. El niño no tardó más de una hora en cumplir con el trabajo y Fermín llenó una enorme bolsa con toda la verdura que la mamá de Juan pudiera necesitar y otra con los suculentos duraznos que habían desvelado al niño.
Todos en el barrio pensaban que Don Fermín estaba un poco loco, casi todos los clientes lo habían sorprendido alguna vez destruyendo inexplicablemente cosas de su verdulería.|
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