In Memoriam: los dientes de mi hermana

Categoría(s): Articulo-Humor Negro
Por: Edwin Cuperes

    

     —¡Abrázame!

     Era mi hermana Eudelia. La abracé, alarmado por un lloro largo que me hizo imaginar una desgracia de proporciones sangrientas. Pero ella me aclaró:

     —Son mis dientes. El dentista me dijo que me los tenía que sacar... ¡todos!—y desatando inconsolables lágrimas sobre mi espalda, exclamó:—¡No quiero ser mellada! ¡No quiero ser mellada!

     No era ninguna sorpresa para los que la conocíamos desde niños, pues la gengivitis de sus encías había desbastado los huesos de la mandíbula de mi bella hermana, y las caries socavado sus dientes, de manera que hoy su sonrisa es un disparate de caninos de drácula y premolares de conejo montés. Según la tajante estipulación del periodoncista, el milagro de volver a endurecer los huesos y soldar las encías sólo se consigue mediante el injerto de hueso derretido, procedimiento imposible en una pobre mujer con dinero apenas para costearse la baratija de una caja dental.

     Intenté animarla. Le recordé que nuestras hermanas mayores, Eloina y Virginia, son melladas conformes que se han sobrepuesto a la vanidad femenina a instancias del uso simple de dientes de artificio, tan indetectables que ellas se divierten removiendo con un marullo de lengua el segmento empotrado y exhiben en plena fiesta de cumpleaños una morisqueta de calavera que pone a correr hasta a los que no son niños. Al escucharme, Eudelia dejó de llorar y se echó a gritar, golpeando con los puños las paredes de la casa. Comprensivo, la tomé de las manos. Le dije que las modernas cajas dentales son lo último en tecnología, que sabe Dios cuántas morsas o cuántos elefantes habían tenido que matar para confeccionarle sus nuevos y deslumbrantes dientes de marfil. Ella entonces dejó de llorar y hasta rió con la descalabrada sonrisa de sus dientes virados.

     La culpa de su mala salud dental había sido de nuestros padres, dos jíbaros de tierra adentro que treinta años antes emigraron desde un pueblo perdido de la cordillera, junto a cinco chamacos desnutridos, maltratados por las inclemencias de la vida montuna y alejados de los beneficios de la civilización. Faltos de vitaminas, una flaquencia tísica adormilaba nuestros juegos de niños. El doctor de la escuela que nos examinó con lupas de veterinario exigió, horrorizado, que nos encarcelaran, advirtiendo que éramos portadores de un virus desconocido por la ciencia y cuya propagación podía dar fin a la especie humana. Todos los que lo oyeron pensaron que se había vuelto loco y la policía tuvo que amaniatarlo para que se callara la boca. Por si las dudas, se ordenó inyectarnos penicilina. Aquello fue como en los exorcismos de una película de posesión demoniaca: atornillados a camastros, vendados de manos y pies con fajas de epilépticos, dos niños y tres niñas de entre ocho y doce años gritaban, escupían e insultaban con gruesas palabrotas a las dulces enfermeras del convento que esgrimieron la atemorizante aguja sobre nosotros. Esa misma noche todas ellas, por pura casualidad, enfermaron de Tifoidea.

     A falta de novios, el dentista ha sido siempre para Eudelia su verdadero amor, un amor platónico. Pues la esperanza de tener alguna vez la dentadura de perlas de una actriz de cine, ejecutada a expensas de los nuevos métodos de corrección y estética dental, ha estado fuera de sus precarios recursos ganados como hacendosa de casas. Ha sido ese trabajo lo que la ha perdido. Desde hace mucho, Eudelia muestra un orgullo refinado, fraguado en las casas de las matronas adineradas en las que trabaja, mujeres de sociedad, sofisticadas y altivas, que le regalan sobrantes de tela, zapatos viejos, pedrerías rotas, perfumes sabríos y pasamanterías manchadas y que ella se da a la tarea concienzuda de zurcir, brillar, componer, sonsacar y acometer con clorox y amonia y luego lucir sobre ella como si fueran nuevos. Y esto a pesar de que el dinero no está nunca en sus manos sino para pagar las cuentas de aquel préstamo que tomó hace veinte años y que renueva cada tres y para abonar al servicio de luz y de agua hasta el viernes bendito en que se pegue en la Loto. Su carácter es resuelto, pero siempre imbuido por la desazón interna de calcular hoy como hará para comer mañana. Mi madre, quien termina dándole de comer cuando el vacío de sus tripas puede más que su dilapidado orgullo, no tiene reparos en reprocharle: "¡Es que te crees que cagas más arriba del culo, hombre!". Y Eudelia dice que sí con la fibras del bacalao en la boca, la cuchara en el aire y el espíritu humilde de la gente de caserío.

     Ya lista para enfrentarse al dentista carnicero que habría de acabar con su medrosa dentadura, Eudelia se despidió. Quiso antes cepillarse los diente para sentir en la boca la espuma del fluoruro y quizás para vengarse de las amibas, protozoarios y cerenterados que anidaban en ella. Yo la observé desde atrás del espejo, solidario, pero no pude evitar taparme los ojos cuando los hilos de sangre que surgieron como ríos de tinta roja al primer abrojo de cerdas le imprimieron una estampa de boxeador derrotado. Entonces sonrió por última vez con una felicidad muy suya, aceptando su inexorable destino de mellada. Yo bendije sus dientes por la soberbia de haber durado tanto en su boca, por haber sido tan machos, ¡carajo!; unos dientes que habrían de ser esa tarde arrancados con alicates de mecánico y arrojados en un basurero donde permanecerían sonriendo a la nada hasta que los arqueólogos del próximo milenio los rescaten del cieno fosilizado y —acaso confundidos con aquella dentadura humana y salvaje— exclamen al mundo haber por fin encontrado el eslabón perdido entre el hombre y la bestia.

     Esta mañana, durante esa conversación con mi hermana, sentí que había hecho lo correcto, que era un hombre de bien, destinado a iluminar el alma de mis prójimos. Magnánimo ante su dolor y con lágrimas en los ojos, le pedí su permiso para escribir un artículo simpático en el que pensaba exponer con seriedad sus vicisitudes dentales. Ella, que todavía no comprende lo desgraciado que somos los escritores a la hora de escamotearle a la realidad tramas para nuestros enredos literarios, enmudeció ante mi nobleza.

     —¡Gracias hermanito!—exclamó compungida.

     Y, sonriendo, me volvió a abrazar.

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Comentarios:

Escrito por: DILCIA       05/10/07 21:01
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Yo lo había comentado, pero, este cuento me gustó mucho la primera vez que lo leí, más que decir un buen relato, es humano, cariñoso, está lleno de emoción.
Escrito por: ricardo48       03/10/07 16:29
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Me encantan las historias tragicómicas y cuando están bien narradas las disfruto más. Buen trabajo un abrazo
Escrito por: minerva       28/09/07 01:19
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Es difícil encontrar una historia en el que todos tus sentimientos se mezclen al mismo tiempo, compasión, furia, risa etc. me hizo reir mucho, me hizo llorar, que tan frágil es la vida, igual si te falta un diente, igual si te falta un pié, esa caricia de hermano en momentos de dolor.
Me reí tanto porque pude ver la cara de los arqueólogos del próximo milenio, ya veo la dentadura cuidadosamente extraida y pulida colocada en un museo. jajajaja
que divertida y profunda manera de escribir. En las escala del uno al diez, me aceptas un diez?.
Escrito por: guadalupe40       22/09/07 03:35
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Perdón, totalmente de acuerdo con vos que el que escribe no escamotea los echos cotidianos aunque nos duelan para sus enredos literarios....Guadalupe
Escrito por: guadalupe40       22/09/07 03:29
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Bueno y simpático! aunque no creas que está exento de ternura y dolorosa realidad, la hermana que por ser "mellada" no puede lucir su simple belleza adornada con cierto refinamiento "copiado" a sus patronas...Guadalupe
Escrito por: Aurelio       20/09/07 22:48
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Me agradó lo del "eslabón perdido", muy original... buen relato, uno de tus mejores, sin duda.
Escrito por: accetta       17/09/07 16:16
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Me resultó un relato fuerte y con restos de un pasado heredado sin culpas. La protagonista busca su imágen en el ideal que aspira todo ser: habilitar la mordida de los frutos que de la vida; es justo su deseo y lo fraternal de su hermano nos hace creer nuevamente en lazos de profunda importancia. Un relato importante. Saludos en poesía.
Escrito por: Ysa_himura       16/09/07 21:28
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La ironía y la exageración en estado puro. Me hizo mucha gracia lo del hueso derretido; y las amibas y protozoarios... por Dios!

PD: que sabe Dios cuantas morsas o cuantos elefantes habían- le faltan los acentos..
Escrito por: Abedul       15/08/07 03:58
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Me encanta tu narrativa, me gusta particularmente cuando no hay estilo definido, cuando sorprendes por la grandeza o la trivialidad. Me gusta que me sorprendan las historias que no pueda anticiparmeles.
un abrazo
Paula.
Escrito por: Piegrande2       12/08/07 17:49
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Extraño para tu estilo, creo yo...más del estilo de mono, pero con mucho más cuidado. No me gustó tanto como otras obras tuyas, pero lo que si es movilizador: ya mismo me voy a lavar los dientes de nuevo!
Escrito por: elizabethtorr       02/08/07 07:06
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este es el cuento que encontré genial. Te inicio a fin voy a leer otros para conocer tu estilo. Yo tb leo y sé apreciar lo bueno. No es sólo mantener el interés del lector es que tu estilo y lenguaje son bien cuidados, se ve conoces lo que haces. Fue un agrado leerte.

Elitorr
Escrito por: EITILEDA       28/07/07 16:21
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distinto, como que no tiene un conflicto en si mismo, es extraña, original, y un final fuera de lo esperable, no llega a ser un buen final, solo desarolla una tematica en una forma muy al pasar, pero puede ser que no entienda el recurso, el cuento no me llega, como agragado subjetivo, pero esta objetivamente bien escrito, te atrapa, es llevadero, no se traba en ningun momento, es fluido, etc... se feliz
Escrito por: DILCIA       22/07/07 22:58
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Buen relato.
Escrito por: CARICIA       21/07/07 18:27
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HOLA EDWIN:

QUE LINDO RELATO, DESCARNADO, LIMPIO, CASI DOLOROSO... MUY PADRE SE PUEDE SENTIR EL CARIÑO HACIA ESA HERMANA "MELLADA", EN MOMENTOS GRACIOSO PERO SIEMPRE, SIEMPRE GRANDIOSO.
PD. QUE BUENO QUE ESTA SI LA PUDIMOS LEER...
Páginas: 1

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