¡Abrázame!
Era mi hermana Eudelia. La abracé, alarmado por un lloro largo que me hizo imaginar una desgracia de proporciones sangrientas. Pero ella me aclaró:
Son mis dientes. El dentista me dijo que me los tenía que sacar... ¡todos!y desatando inconsolables lágrimas sobre mi espalda, exclamó:¡No quiero ser mellada! ¡No quiero ser mellada!
No era ninguna sorpresa para los que la conocíamos desde niños, pues la gengivitis de sus encías había desbastado los huesos de la mandíbula de mi bella hermana, y las caries socavado sus dientes, de manera que hoy su sonrisa es un disparate de caninos de drácula y premolares de conejo montés. Según la tajante estipulación del periodoncista, el milagro de volver a endurecer los huesos y soldar las encías sólo se consigue mediante el injerto de hueso derretido, procedimiento imposible en una pobre mujer con dinero apenas para costearse la baratija de una caja dental.
Intenté animarla. Le recordé que nuestras hermanas mayores, Eloina y Virginia, son melladas conformes que se han sobrepuesto a la vanidad femenina a instancias del uso simple de dientes de artificio, tan indetectables que ellas se divierten removiendo con un marullo de lengua el segmento empotrado y exhiben en plena fiesta de cumpleaños una morisqueta de calavera que pone a correr hasta a los que no son niños. Al escucharme, Eudelia dejó de llorar y se echó a gritar, golpeando con los puños las paredes de la casa. Comprensivo, la tomé de las manos. Le dije que las modernas cajas dentales son lo último en tecnología, que sabe Dios cuántas morsas o cuántos elefantes habían tenido que matar para confeccionarle sus nuevos y deslumbrantes dientes de marfil. Ella entonces dejó de llorar y hasta rió con la descalabrada sonrisa de sus dientes virados.
La culpa de su mala salud dental había sido de nuestros padres, dos jíbaros de tierra adentro que treinta años antes emigraron desde un pueblo perdido de la cordillera, junto a cinco chamacos desnutridos, maltratados por las inclemencias de la vida montuna y alejados de los beneficios de la civilización. Faltos de vitaminas, una flaquencia tísica adormilaba nuestros juegos de niños. El doctor de la escuela que nos examinó con lupas de veterinario exigió, horrorizado, que nos encarcelaran, advirtiendo que éramos portadores de un virus desconocido por la ciencia y cuya propagación podía dar fin a la especie humana. Todos los que lo oyeron pensaron que se había vuelto loco y la policía tuvo que amaniatarlo para que se callara la boca. Por si las dudas, se ordenó inyectarnos penicilina. Aquello fue como en los exorcismos de una película de posesión demoniaca: atornillados a camastros, vendados de manos y pies con fajas de epilépticos, dos niños y tres niñas de entre ocho y doce años gritaban, escupían e insultaban con gruesas palabrotas a las dulces enfermeras del convento que esgrimieron la atemorizante aguja sobre nosotros. Esa misma noche todas ellas, por pura casualidad, enfermaron de Tifoidea.
A falta de novios, el dentista ha sido siempre para Eudelia su verdadero amor, un amor platónico. Pues la esperanza de tener alguna vez la dentadura de perlas de una actriz de cine, ejecutada a expensas de los nuevos métodos de corrección y estética dental, ha estado fuera de sus precarios recursos ganados como hacendosa de casas. Ha sido ese trabajo lo que la ha perdido. Desde hace mucho, Eudelia muestra un orgullo refinado, fraguado en las casas de las matronas adineradas en las que trabaja, mujeres de sociedad, sofisticadas y altivas, que le regalan sobrantes de tela, zapatos viejos, pedrerías rotas, perfumes sabríos y pasamanterías manchadas y que ella se da a la tarea concienzuda de zurcir, brillar, componer, sonsacar y acometer con clorox y amonia y luego lucir sobre ella como si fueran nuevos. Y esto a pesar de que el dinero no está nunca en sus manos sino para pagar las cuentas de aquel préstamo que tomó hace veinte años y que renueva cada tres y para abonar al servicio de luz y de agua hasta el viernes bendito en que se pegue en la Loto. Su carácter es resuelto, pero siempre imbuido por la desazón interna de calcular hoy como hará para comer mañana. Mi madre, quien termina dándole de comer cuando el vacío de sus tripas puede más que su dilapidado orgullo, no tiene reparos en reprocharle: "¡Es que te crees que cagas más arriba del culo, hombre!". Y Eudelia dice que sí con la fibras del bacalao en la boca, la cuchara en el aire y el espíritu humilde de la gente de caserío.
Ya lista para enfrentarse al dentista carnicero que habría de acabar con su medrosa dentadura, Eudelia se despidió. Quiso antes cepillarse los diente para sentir en la boca la espuma del fluoruro y quizás para vengarse de las amibas, protozoarios y cerenterados que anidaban en ella. Yo la observé desde atrás del espejo, solidario, pero no pude evitar taparme los ojos cuando los hilos de sangre que surgieron como ríos de tinta roja al primer abrojo de cerdas le imprimieron una estampa de boxeador derrotado. Entonces sonrió por última vez con una felicidad muy suya, aceptando su inexorable destino de mellada. Yo bendije sus dientes por la soberbia de haber durado tanto en su boca, por haber sido tan machos, ¡carajo!; unos dientes que habrían de ser esa tarde arrancados con alicates de mecánico y arrojados en un basurero donde permanecerían sonriendo a la nada hasta que los arqueólogos del próximo milenio los rescaten del cieno fosilizado y acaso confundidos con aquella dentadura humana y salvaje exclamen al mundo haber por fin encontrado el eslabón perdido entre el hombre y la bestia.
Esta mañana, durante esa conversación con mi hermana, sentí que había hecho lo correcto, que era un hombre de bien, destinado a iluminar el alma de mis prójimos. Magnánimo ante su dolor y con lágrimas en los ojos, le pedí su permiso para escribir un artículo simpático en el que pensaba exponer con seriedad sus vicisitudes dentales. Ella, que todavía no comprende lo desgraciado que somos los escritores a la hora de escamotearle a la realidad tramas para nuestros enredos literarios, enmudeció ante mi nobleza.
¡Gracias hermanito!exclamó compungida.
Y, sonriendo, me volvió a abrazar.
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