In Memoriam de Arita


   
    
In Memoriam
De
Lidia Araceli Tupiño Galván
Hoy deseo estar sólo  y  con nadie quisiera hablar,
sólo quiero estar preso en la red de mi propio silencio,
sentarme  frente al mar con la mirada fija en mis recuerdos,
ó tal vez puesta tras un barco perdiéndose en alta mar;
esperar la noche y echarme luego sobre la fría arena,
para contemplar el cielo y observar las estrellas,
hasta quedarme dormido en  un sueño profundo y no despertar.
Por que me duele el alma  y se me hace lento el respirar,
 por  que el  ambiente esta cargado con perfume de flores,
de flores con perfumes  y aromas que nos manda la muerte 
y por que esta mañana  tuve un triste despertar,
un triste y doloroso despertar,
al enterarme que un ser a quien yo quería,
partió a  la eternidad;
“Lidia Araceli”,
Arita querida, amiga mía,
una mujer de tierna y  dulce mirada,
querida por todos los que la conocimos.
Se apagó su voz el sábado 23 de setiembre último,
y un viento de primavera para siempre se la llevó,
dejándonos muy consternados  y desolados,
sumergidos en la más profunda de las tristezas,
y sin poder comprender,
por que se tuvo que ir tan joven,
teniendo aún tanto por quién vivir.
  Madre ejemplar,
 amiga y compañera de Beni,
su hijo, en quien quedó,
 un pedacito de ella.
 
II
    En estas horas  de aciago dolor,
evoco con  nostalgia y ternura,
los momentos gratos y felices,
 que a su lado me toco vivir,
 mis recuerdos de juventud:
“Una  noche de encanto, belleza y fantasía”,
como arrancada de los cuentos de hadas.
         Un 31 de diciembre en Puquio,
antes que dieran las doce,
fui por ella a su casa,
 para ir a la fiesta de fin de año.
Vestida de blanco inmaculado para la ocasión,
 dejaba caer sobre su espalda,
una hermosa cabellera larga y rubia,
relucientes como espigas de oro,
 que  brillan y abundan en los prados,
y aquel fino lazo de terciopelo azul,
que hacia  resaltar aún más su hermosura.
Fue entre todas: La más bella, estuvo divina,
toda   una princesa, un encanto de mujer.
Después de bailar con ella toda la noche,
dejamos  la casa parroquial ya de madrugada,
 y en el trayecto a su casa,
comentábamos alegremente,
algunos pasajes de la fiesta.
Nos sentamos luego frente a  su balcón,
 para seguir platicando,
y cuando ya pintaba el alba,
una estrella fugaz surcó raudamente el cielo,
mientras mis cuitas yo le contaba,
y ella con atención me escuchaba,
pide un deseo antes que se pierda,
me dijo muy queda al oído,
  así lo hice sin perderla de vista.
Hay tantas cosas más
 que  me recuerdan el pasado,
que será imposible borrarlos de mi memoria,
recuerdos que eran nuestros,
  y que hoy serán sólo míos,
por siempre sólo míos,
 y se quedaran fundidos  dentro de mí piel,
con la firme promesa
 de que jamás se apagará en mí,
la luz de su mirada.
 
III 
 
Al  escribir estas breves pero sentidas líneas,
se me anuda la garganta,
y mis ojos descargan su pena en llanto,
la muerte de ella me entristece,
y un gran dolor me embarga,
por su inesperada y repentina  partida.
Por que la muerte, es imprevisible, cruel y tirana,
y no nos da concesiones para despedirnos.
Sólo me queda el consuelo de haberla llamado,
para saludarla, en la víspera de  su último cumpleaños,
como lo hacia siempre, cada 3 de agosto,
y como llamo siempre a las personas que más quiero.
Nunca supe, ni tampoco le pregunte su edad,
solo sabia  que era menor que yo,
hablamos de todo y  reímos,
sin pensar que sería ésta,
la última vez que oiría su voz.
Como me duele el no haber  ido a verla,
visitame  no seas ingrato,
fue una de las últimas palabras que la escuche decir,
le acepté la invitación, pero le dije que lo haría,
luego de mi retorno de un viaje que por esos días realizaría,
y que  me esperaría una de esas tardes de agosto,
para tomarnos un café y el vino que le ofrecí llevar,
puesto que antes la visitaba con más frecuencia.
Así de esta manera nos despedimos,
la mañana del 1 de agosto.
Espero sepa perdonarme 
por no haber estado a su lado,
el día de su entierro  
para llevarle flores,
y para darle mi último adiós.
                                                                                                      
IV 
   
                                                                                                       Arita; físicamente,
                                                                                       ya no estarás entre nosotros,
pero espiritualmente vivirás eternamente,
en nuestros corazones.
Vivirás ahora en un mundo mejor,
que el que dejaste,
donde todo es diferente.
Donde encontrarás: Paz, amor y vida eterna,
estarás rodeada de ángeles y donde,
podrás reencontrarte además,
con tu hermana Ada  y con tu papá,
quienes se alegraran al volverte a ver.
Tú ya descansas en paz,
mientras nosotros  tratamos de reconfortarnos,
   del dolor que nos causo tu partida,
y en mis oraciones mientras viva,
estarás siempre tú.
Y te digo Arita querida, amiga mía :
"Que es tan corta la vida,
como eterna es la muerte,
que  tal vez,
 algún día no muy lejano,
en el mas allá,
en alguna estrella, 
te vuelva a encontrar".
 
V
 
Mientras lloramos su partida,
doblan las campanas en señal de duelo,
por  Arita, que se fue para el cielo,
que llueva a cántaros pétalos de rosas,
para hacerle llegar entre nubes tempestuosas,
una inmensa alfombra  de rosas rojas,
y que un coro celestial de ángeles y querubines,
a su paso la deleiten con dulces melodías,
mientras mil palomas blancas,
blancas  como  sus penas,
la acompañen en su viaje al infinito.
 
 
Que Dios  la tenga en su gloria,
al lado de María la virgen,
y  la colmen de paz, amor  y bendiciones.
 
 
Ah! primavera que llegaste sin pausa, ni prisa,
eres como un eco de muerte, que  nunca avisa,
   llegaste solo para causarnos; tristeza, llanto y dolor,
llevandote  del jardín, a la mas bella flor!
  
Arita querida, descansa en paz
 
Iván Madueño Luján
                         
Lima 23 de octubre del 2006
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