Ichzhat.

Categoría(s): Novela

            La música emborrachaba el ambiente y el licor se repartía entre los asistentes. La joven bailaba mojada en sudor con un vestido de chifón ceñido escandalosamente al cuerpo. Ella sabia que Caleb la miraba y sonriéndose se movía con mas erotismo rayando casi en lo obsceno: se tomaba el cabello bruscamente mientras se acariciaba su muslo subiéndose el vestido hasta el mismo limite entre lo sensual y lo sexual, luego, agachándose contorsionaba su vientre cual odalisca marroquí.

-         No deje que baile sola ministro. Le susurró ebrio el canciller a Caleb.

Él se levantó movido por el deseo de fundirse con la joven en un derroche de pasión y lujuria. Caminó dos pasos al centro del salón cuando el recuerdo de Anabel lo traspasó sin misericordia. Todo su cuerpo se paralizó mientras un frío temor recorría su cuerpo. Se volteó consternado y salió al pasillo principal.

-         No quiero estar un minuto mas aquí; pensó Caleb. Me incomodan las fiestas se mintió convencido.

Tomo un sorbo de güisqui y entró al despacho ministerial.

Su mente se debatía entre recordar a Anabel y sufrir, amargando su existencia hasta la muerte o vivir, atreviéndose a experimentar nuevamente las emociones y sentimientos del amor, apasionarse con un sueño y volver a acariciar la tibia piel de una mujer sin compararla con un fantasma perdido en su conciencia.

      Sin embargo, en ese momento solo quería salir de aquel bullicio y tras un cóctel somnífero, olvidar.

       Antes de partir, entró al salón del comedor, una enorme habitación que poseía siete gigantescos ventanales góticos que daban al río. En él había dejado los documentos que necesitaba llevar a Puerto Catasu a fin de autorizar el desembarco de la mercancía retenida. No había  trascurrido tres minutos cuando sintió abrirse la puerta.

-         ¿No le gustas mucho las fiestas ministro? Irrumpió la joven en la sala.

-         Terminó la fiesta para mí señorita. Comentó Caleb amargado.

-         No, aun se celebra el agasajo en su honor; aunque el agasajado no esté presente. Añadió sonriendo la joven.

-         No me mal interprete señorita, solo que no me siento bien y mañana temprano debo trabajar.

La joven se acercó de manera sigilosa e inquietante a Caleb. El calor era sofocante y él se había desabrochado la camisa dejando su pecho desnudo. La joven tomó su mano con suavidad y añadió:

-         Déjese querer ministro; yo no como; solo muerdo.

La joven acercó sus labios a los de Caleb mientras su respiración se agitaba. Él la miró, cerró sus ojos y la besó.

Se sintió liberado y fuerte; olvido sus traumas y conflictos y se sumergió en el cuerpo de la extraña.

Separando sus labios de la boca de la joven dirigió sus besos hacia el cuello y senos de ella mientras luchaba por arrancarle el brassier. La joven gemía de erotismo y victoria.

Sus manos le acariciaban la espalda y sus muslos y se deleitaba oliendo su cabello y el aroma que emana de la piel de una mujer enamorada. Entonces, regresaban sus labios a la sedienta boca de la muchacha y moviendo su lengua devoraba con gula el ser de ella.

El vestido de la muchacha destrozado, solo le cubría la cintura, sus senos tensos y desnudos se apretujaban al pecho de Caleb, sentada sobre el filo de la larga y victoriana mesa, sus piernas se enganchaban a las caderas del ministro mientras movía su vientre zigzagueante sobre la pelvis de Caleb.

Las espaldas de la joven daban hacia las ventanas y Caleb podía ver las luces de la ciudad sobre el río.

Solo fue un susurro, y una luz, pero los reflejos de Caleb respondieron.

Se agachó cuando los millones de cristales volaron sobre la sala traspasando el sudado cuerpo de la muchacha y señalando el principio de las hostilidades.

 

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