Hola Buenos Aires



Antes de saltar de la cama para dirigirse al baño, una vez despierta y con la luz del día en su rostro, Lucía pensó en su herida. La cicatriz había cerrado dolorosamente en los últimos días, pero pese a que ya había dejado a sentir dolor alguno, le incomodaba la idea del vestigio de un accidente absurdo en la tersura de su piel. Su rostro era hermoso, pequeño y bañado por esa cascada de cabello negro que ondeaba el borde de sus hombros como una noche perfumada. Tenía los ojos grandes, la nariz bien formada y pequeña, como un botón, y los labios lineados en una expresión dulce. Pero esa cicatriz en el pómulo izquierdo le dejaba la extraña sensación de ser una mujer fea, pese a que el espejo de su tocador le revelaba lo contrario.
   Con cierto abatimiento, se levantó de la cama y se dirigió a su equipo de sonido. Puso un disco de Ismael Serrano y abrió las cortinas de su ventana, pero apenas. El aire era fresco, cálido, pero había un malestar en su cuerpo que no le permitía el disfrute de su clima favorito. El otoño en su calle dejaba la sensación de una poesía nostálgica. Los árboles canosos, las hojarascas danzando en el pavimento, la ciudad plomiza, el cielo de cemento y el frío que entumecía el movimiento (frenético en otras épocas) de la ciudad y sus gentes. Era una mujer de evocaciones constantes, que se sumergía en el papel y escribía con un impulso espontáneo, preocupada por registrar en sus cuadernos de estudiante su cotidiana lucha para no desmayar en el camino. La vida le exigía estudios, triunfos, pero con una sensación de dolor que sentía no se podía hacer mucho, pensaba. Pese a eso, era una mujer de disfrutes y luchas constantes.
   Bajo la ducha, mientras repasaba el jabón de tocador en su cuerpo delgado, sometida a una práctica diaria, Lucía pensaba que la cicatriz en su rostro, si bien la desposeía de un poco de su belleza porteña, no era como para sentir el mundo sobre su espalda. Algunas veces había sentido el miedo a frecuentar a las personas de la calle, tenía miedo y entonces buscaba el refugio en sus páginas de colores, donde escribía con una pluma de sabiduría. Era tierna, dulce, hermosa, con una sensibilidad e inteligencia que desbordaba de su voz cuando tenía que decir a alguien que lo amaba. En sus páginas trazaba historias y reflexiones que no dejaba de revisar, como una madre autómata cuando revisa el cuerpo de un recién nacido para ver si nació completo. De esa manera se expresaba mejor, escribiendo. La hacía frágil frente a las personas, frente al contacto con el universo que la rodeaba. Como una paloma impetuosa, su pequeña y blanca mano procuraba escribir sin descanso sensaciones que poblaban pronto la hoja en blanco de personajes en acontecimientos sencillos pero hermosos. Allí estaba su mundo de exploraciones íntimas. 
   Salió de la ducha un poco más relajada. Se vistió con calma, mientras seguía sonando Ismael Serrano en el equipo. La nostalgia de la música del trovador español desencadenaba en su espíritu una intensidad por evocar pasajes nostálgicos, con cierto romanticismo, esperando al amor de su vida. Sentía deseo de amar, de besar intensamente y de ser besada, entregarse sin medidas por ese amor que lo esperaba en algún lugar de la tierra. Y así lo sabía exponer en sus poemas largos, o en cuentos que tenían la frescura y espontaneidad del arte de Benedetti.
   Una vez frente al espejo, intentó un peinado de ondas y flequillos. Dejó al descubierto su pequeña cicatriz, como no lo había hecho antes, y salió hacia la universidad. Esta vez la profesora había prometido una clase sobre la Corriente libertadora del sur y estaba ansiosa por recibir con una sonrisa al mundo que a diario la rodeaba. Toda Buenos Aires recibiría su vitalidad oculta en su espíritu, hasta ese momento marchito, y no dejaría de gozar con esa ciudad luminosa y poética que la acogía como en un sueño hermoso. Purgar la dulce condena de una existencia en una ciudad otoñal. Ya no sentía  tristeza alguna. Estaba segura que encontraría pronto el amor con certeza para así desbordar todo su deseo y entusiasmo en unos brazos que la protegerían del mundo, para no sentirse más un bichito bolita y poder ser feliz por siempre. O por lo menos intentarlo.

Lima, 28 de marzo del 2008
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