


| Escritor: | Oscarhugo |
| Públicado: | 28/07/2008 |
El Hombre del Maletín Negro.
Allí estaba en el hermoso andén del Metro de Santiago, elegante de pie a cabeza; un traje oscuro, camisa impecable y una corbata de buen gusto. Unos 45 años, escaso cabello negro muy bien peinado, seguramente con fijador; su rostro impasible detrás de un par de lentes también elegantes, su pequeño bigote en un rostro que llamaba la atención de las damas, estaba cuidadosamente recortado. De su mano derecha colgaba un maletín negro ¿Un ejecutivo? Ancho de espaldas y pecho abombado mostraban que se dedicaba a alguna clase de ejercicio fuerte.
De frente a las vías esperaba el convoy, había poca gente a esa hora. Estaba demasiado ensimismado para percatarse que a dos o tres metros había un grupo de muchachas estudiantes unos 18 años muy hermosas; la más bella hablaba hasta por los codos, evidentemente tratando de llamar la atención. Cada cierto tiempo en su cotorreo, miraba al hombre abstraído y aparentemente era el único que no la miraba, pues los varones jóvenes o viejos no podían dejar de admirarla. Dentro de su madurez el individuo no era bello, tampoco feo, simplemente tenía un varonil atractivo.
El sonido del tren subterráneo arribando a la estación, sacó de su meditación al desconocido y volteó su cara para mirar el tren y se encontró de frente con los bellos ojos de la joven.
_¡Qué mirais voh, quebrado _ la agresión de la chica evidenciaba su vanidad herida por la indiferencia del hombre. La mirada de éste resbaló por la presencia de la belleza y con ágil paso entró al carro que se detuvo frente a ellos.
Las chicas tomaron a la hermosa damita, pero ella se soltó y las obligó a entrar en el mismo vagón, quedando a pocos metros del hombre que se apoyó en uno de los soportes del techo, siempre con su rostro impenetrable. La herida hembra comenzó a hablar prácticamente a gritos, sin groserías, pero ciertamente sus insultos iban dirigidos a él.
_¡Este mundo está plagado de individuos poco hombres! _ sus compañeras de uniforme de un colegio muy distinguido rieron de las ocurrencias de su jefa, que aparentemente en todo llevaba la batuta.
Él por primera vez la miró con curiosidad.
_¡Sí, a voh te hablo, no te gustan las mujeres!
El resto de los pasajeros, meros espectadores, nunca se meten aunque estén asaltando a otro.
El hombre dejó parsimoniosamente el maletín en el piso y de tres ágiles pasos estuvo junto a la chica. Su rostro no mostraba emoción alguna, con rapidez la abrazó de la cintura, le tomó el cabello por la nuca y obligó a levantar su hermosa carita, aproximando sus labios a los de ella.
-¡Nooo, por favor, señor! _horrorizada por la vergüenza que estaba pasando. El hombre la miró profundamente a sus ojos y ella se cubrió la cara con sus manos en gesto de imploración.
Nadie se movía, sus amigas la abandonaron y corrieron a un rincón; hombres y mujeres sonrieron cuando él la soltó bruscamente y dejó que corriera a agruparse con su compañeras, cual ovejitas ante el lobo.
El elegante caballero de rostro impertérrito tomó su negro maletín y se bajó en la estación a la cual arribaban ya. La gente comentaba y reía por la lección que acaba de recibir la chica, el desconocido iba subiendo en la escalera mecánica para perderse en el anonimato de la multitud.
Seguramente la señorita aprendió que no debía meterse en líos con desconocidos por muy bien vestidos que anduviera. Nunca se sabe si se trata de un loco o
de un padre que quiso enseñar a una muchacha que pudo ser su hija.
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