historia de una tortuga que llego a ser feliz



Capítulo 1

Había una vez, hace mucho tiempo, una isla en la cual se desarrollaban las existencias de tres seres vivientes: Amalia, la tortuga; Gabriela, la gaviota y Octavio, el delfín.
Amalia era una tortuga, de unos veinte años de edad, era la única ciudadana regular de aquel trozo de tierra en medio del mar. Vivía sola y su mirada meditabunda y pérdida cada atardecer en el crepúsculo de occidente hacía comprender fácilmente a todo ser que llegaba a esa isla la infinita soledad que albergaba la tortuga dentro de su caparazón.

Pero no siempre estuvo sola nuestra amiga tortuga. Dos décadas atrás, de varios centenares de huevos dejados incubando por su madre en las playas vidriosas de aquella isla tropical nacieron decenas y decenas de pequeñas tortugas marinas, todas ellas iguales y felices, las cuales apenas contemplaron el brillo de la luna en el infinito celeste, se lanzaron raudamente  al azul eterno del mar cristalino a compartir su existencia. Pero Amalia, nuestra Amalia, no lo hizo, tenía un miedo congénito al mar y sus peligros, tenía temor a ser lanzada por las olas sobre una roca o a que probablemente un hambriento tiburón la devorara. De nada sirvieron las llamadas y pedidos de sus compañeras de cuna, ella, esa noche de su vida, decidió quedarse a vivir en tierra firme hasta que llegado un día, en que su cuerpo se hubiese desarrollado, estando grande y fuerte, de seguro se lanzaría a la aventura del mar.

Así transcurrieron días, semanas, meses y años, con Amalia alimentándose de hojas de palmeras pigmeas y bebiendo agua dulce de una fuente que había en el centro de la isla. A veces acompañada de visitas intrascendentes y otras veces existiendo en la más absoluta soledad.




Capitulo 2


Un día de aquel verano un extraño visitante llegó a la isla.
-         Hola, soy Gabriela – dijo la gaviota.
Amalia, cabizbaja, contemplaba en ese momento la arena. Había escuchado bien el saludo de Gabriela pero no deseaba responderle, en realidad no quería hablarle; se sentía triste y humillada, vieja, sola, vacía; era uno de esos días en que no tenía ganas para nada, ni siquiera para vivir. Hacía varios años que se sentía así, sabía que en un par de semanas se le pasaría, volvería a tener esperanzas y eso a la vez la hacía sentir peor.

“Para qué seguir viviendo si nadie me quiere.
No sirvo para nada.
Mejor sería morir.
A nadie le dolería mi ausencia”.

Escribió en una piedra de la playa.


Gabriela que había estado observándola volvió a decirle:
-         Hola, soy Gabriela, la gaviota.
Pero Amalia continuó en silencio.
Así, Gabriela desplegó sus alas, las agitó con la brisa de esa mañana y descendiendo desde la copa del árbol donde se hallaba parada empezó a picotear el caparazón de la tortuga callada. Amalia giró la cabeza hacía su atacante, quiso enojarse y no pudo; el paso que dio al costado de nada le sirvió y no le servirían mas pasos de nada ya que Gabriela al parecer iba a seguir tocando su caparazón al ritmo de una danza hasta que ésta le hablara.
-         Deberías alegrarte,  te he tocado una bonita marcha – dijo la gaviota.
Aún así, Amalia seguía ensimismada.
Como las cosas seguían igual, Gabriela extendió nuevamente sus alas, dio uno, dos, tres pasos y comenzó a elevarse. Hizo malabares en el aire, subió hasta la altura de las nubes y cayó en picada cerca de la costa de la isla, luego dio vueltas en círculo hasta crear un pequeño remolino sobre las aguas y elevarse nuevamente hacia las alturas. Continuó esa mañana fresca realizando otras acciones y malabares aéreos hasta que decidió volver a la playa, un poco hambrienta y otro poco curiosa con el fin de ver a la “tortuga deprimida”, como empezó a llamarla.
-         ¡Deberías ser como yo! – exclamó con voz fuerte y luego riéndose – deberías reírte de la vida, divertirte, arriesgarte, nadar por los siete mares, evadir orcas y tiburones, tener muchos hijos y olvidarte de ellos...
Y toda esa tarde continuó hablándole, Gabriela a Amalia, toda esa noche y los días siguientes, parecía que nadie podía detener a la gaviota cuando comenzaba a hablar. Durante las horas nocturnas apenas si parpadeaba un poco Gabriela, le agradaba cuando no hablaba volar alto y caer constantemente en picada, luego pescar cuatro o cinco sardinas, devorar una y dejar las restantes malograrse con el sol en la playa. Era un ser desconcertante para Amalia y a la vez atrayente, llena de energía, sumamente poderosa, una gaviota que sabía vivir la vida y que según había narrado, águilas y gavilanes enfrentó y de cada combate triunfante salió; un ave que cada seis meses tenía una nueva pareja, empollaba cuatro huevos para luego dejar a los polluelos recién nacidos al cuidado del desconcertado padre mientras ella volaba en busca de nuevas aventuras. Gabriela, era una gaviota que en los puestos al anochecer bebía pisco con los marineros y aquella que en más de una oportunidad se había roto un ala volando intoxicada por el alcohol en el amanecer. Pero eso a ella era lo que menos le importaba, era una “Gaviota de Mundo”, que en sus tres años de vida había visto más islas y ciudades que cualquier otra, a lo largo de toda su existencia.
Pasó el tiempo y en algún momento de sus ensimismados discursos, llenos muchas veces de recuerdos dudosos y proyectos imposibles como el de crear la Ciudad Gaviota, Amalia fijó en sus pensamientos unas palabras pronunciadas por
Gabriela para luego redactarlas sobre una piedra


“La vida es para disfrutarla.
No hay empresa imposible,

Sólamente mentes resignadas

Al fracaso y a la mediocridad”

Y ello debía de ser cierto se dijo así misma Amalia mientras la gaviota volaba a lo lejos junto a la turbina de un avión.
-         Yo quisiera ser tan feliz como Gabriela, poder nadar en el mar, acompañar a los barcos mercantes en sus viajes, reposar en otras playas, gozar del cariño de muchas tortugas, tener muchos hijos y nadar, sí, nadar libremente, sería lindo, sí, sería maravilloso degustar el peligro y hacer aquello que deseara hacer; ¡Sí!, voy a ser libre como Gabriela, voy a dejar esta isla e iré por el mundo en busca de aventuras – se dijo optimista la tortuga .
Luego escribió en una piedra roja:

“El miedo y la soledad son los padres de la depresión.
La aventura y la libertad son los padres de la felicidad”.













Capítulo 3


Esa misma tarde, mientras el sol descendía en el occidente, Amalia guardó las piedras en el interior de su caparazón, las guardó del mismo modo que había guardado ya mucho tiempo antes páginas de una vida llena de tristezas y desconsuelos, que felizmente – según ella – habían acabado.
Tan pronto estuvo lista se lanzó al inmenso mar, con los ojos cerrados y temblorosa. Se sintió extraña al inicio, tenía la sensación de “pesar menos”; podía moverse a sus anchas, con el movimiento de patas y cola subía y bajaba, podía movilizarse de derecha a izquierda, podía hacer todo lo que quisiera. Así, aprendió prontamente a hacer figuras en el agua y luego alegremente exclamó  “Si yo hubiera conocido esto antes, de seguro no hubiera pasado tanto tiempo en esa isla llena de soledad”, y luego continuó nadando.
Amalia creía en ese momento que “su soledad” en la isla dependía del hecho que no estuviera alguien con ella, de que nadie compartiera día tras día su existencia y de que nadie le dijera una frase de cariño y; como su isla estaba aislada de todo continente, de seguro su soledad iba a ser eterna.
En ese momento no confiaba en nadie, en esos veinte años de existencia había ofrecido su amistad y cariño a muchas otras criaturas que pasaron por ahí pero todas habían partido y ella había aprendido algo que un día escribió en una piedra verde  que decía:

“Es un tonto el que da su amistad
ya que tarde o temprano le pagarán mal”.

Y eso era cierto para ella, ya que apenas se encariñaba de un pelícano, una ballena o un lobo marino, pronto éstos se alejaban y la dejaban más sola que nunca.
Por ello, aquel día que Gabriela llegó a la isla, la tortuga no deseaba responderle el saludo y menos hablarle, no quería encariñarse con ella ya que comprendía que el destino de aquella gaviota era irse un día, irse de la isla y de ella. Amalia no deseaba que la lastimaran de nuevo, se sentía muy mal para que una vez mas alguien le rompiera el corazón.
Pero ahora ella nadaba libremente, al igual como volaba Gabriela allá afuera.
Mientras nadaba, la tortuga contemplaba los cardúmenes avanzando en toda dirección inimaginable, veía parejas de peces abrazados y mamíferos acuáticos yendo unidos de la aleta conjugando miradas de amor. Se sentía más sola que nunca, así que tomó una piedra gris del fondo marino y sobre ella escribió

“Qué horrible se siente
estar acompañada de tanta gente
y sentirse tan sola”

Luego guardó la piedra en su caparazón y siguió “nadando como perdida”
Su mente divagaba entre sus miedos al mar, a la muerte, a la soledad y a que la dañen y también pensaba en cómo aquellas fobias la fueron aislando y por consiguiente llevando a una profunda depresión.
En ese preciso momento , luego de suspirar tristemente, de pronto sintió un miedo terrible, indescriptible y es que un tiburón estaba cerca de ella; quiso nadar más rápido pero no era suficiente, el depredador estaba prácticamente sobre ella. Entonces cerró los ojos. Se sentía morir. Finalmente dijo “Este es mi fin”.










Capítulo 4


Horas más tarde Amalia despertó en el fondo marino, encima de una selva de coral.
-         ¿Éste es el cielo? – se preguntó.
-         ¡No!, no es el cielo – le contestó un viejo delfín y luego prosiguió – me llamo Octavio ¿Y tú?
-         Am...Am... Amalia – dubitativamente contestó ella.
-         Casi te come el tiburón, deberías de tener más cuidado – le llamó severamente la atención.
En ese momento Amalia se hallaba confundida, no entendía lo que había pasado. Estaba viva, sí, pero por qué, quién y por qué la salvarían a ella, qué paso con el tiburón y quién era éste, cómo se llama, a sí, Octavio, que se atrevía a llamarle la atención. ¡No!, nadie tenía ese derecho y se lo iba a hacer saber.
Pero Octavio se le adelantó.
-         Debes cuidarte tortuguita, no es bueno nadar por espacios abiertos en lugares como éstos – le dijo suavemente.
-         Pero ¿Quién eres tú para decirme todo esto? – exclamó violentamente Amalia para luego continuar – nadie me ha tratado así  y ¡Dónde está ese tiburón que va a ver con quién se ha metido!
Todo quedó en silencio entonces, ella jadeaba un poco; Octavio la miró, se le aproximó y narró lo sucedido.
Él, junto a un grupo de delfines habían estado nadando por esa zona del mar cuando vieron que el tiburón se acercaba a ella y al notar su falta de reacción ante el inminente ataque, todos a la vez se precipitaron sobre el escualo golpeándolo con sus narices y aletas dorsales hasta que éste se vio obligado a retirarse. Después que el depredador partió, volvieron sobre sus espaldas y la contemplaron cayendo hacia la alba selva de coral.
Amalia escupió  entonces el suelo marino, se mostraba amenazante y a la vez se sentía humillada, quiso decir algo pero la lengua se le trabó. Miró fijamente a los ojos de Octavio, sintió resbalar una lágrima de impotencia por su rostro y partió. Partió sin rumbo, sin razones para encontrar un camino que siempre le fue esquivo. Su mente divagaba entre los discursos de libertad de Gabriela y el momento último en que le salvaron la vida.
Mientras nadaba el disgusto se fue disipando y la frustración inundaba su cuerpo, sentía que nada tenía sentido nuevamente y en una piedra anaranjada que caía desde la superficie del mar escribió

“Qué difícil es coger una mano amiga
cuando el odio y la frustración inundan tu vida”

Y es que... aunque sentía que odiaba a Octavio, a la vez deseaba que éste la ayudara, parecía bueno, pero no podía regresar, había decidido partir, escapar de él y aún así volviera – ella pensaba – “No me perdonaría”, además le he gritado y tratado mal – recordaba -.

Pronto en su viaje encontró navegando a la distancia sobre su caparazón a un barco mercante, era como lo que había soñado tantas veces, nadar junto a esos macizos metálicos y estaba ahí, “De seguro acompañándolo me sentiré mejor” – pensaba -.
Así fue navegando pegada a la nave marina, primero a su derecha, luego a la izquierda y al final en círculos; hasta que se cansó de ello. Necesitaba “aventura”, de modo que revisando el coloso halló algo sorprendente: Una turbina de hélice. Se acercó a ella y sintió las burbujas de aire golpeando su rostro, su pecho y su cola. Sintió cosquillas y la fuerza de la hélice que en un primer momento la alejó ahora la atraía a su centro, a sus aspas y otra vez, estando frente a la muerte sólo atinó a cerrar los ojos hasta que el golpe de una de las aspas la lanzó lejos y ella inconsciente y herida fue barrida por las olas del mar a las playas vidriosas de su isla



Capítulo 5


Al despertarse en la mañana siguiente con los picotazos de Gabriela en una de sus patas, se contempló viva en su isla y con un gran dolor de espalda, con el caparazón rajado y con la desidia por la vida que hacía tantas lunas que la acompañaba.
-         Hay amiga tortuga “Creo que nunca saldrás de esta isla” – comentó la gaviota casi riéndose.
Mientras el ave se reía, Amalia apagaba sus ojos con el fin de sentirse lejos de ese lugar.
Gabriela, no satisfecha con lo que había hecho voló hacia la “tortuga deprimida” y le gritó “Eres una perdedora, una fracasada, nunca serás como yo” y dicho ello, se fue volando y alejándose de la isla.
Amalia entristeció, sus ojos se mojaron y sintiendo la depresión ahogando su garganta se consolaba diciendo “Por qué no me lancé al mar ese primer día de mi vida, por qué no dejé que una ola me lanzará sobre una roca de la playa y así hubiera muerto; por qué me salvaron de morir ante el ataque del tiburón aquellos delfines  y por qué no acabó por matarme esa turbina de barco. Por qué tengo que vivir esta vida, por qué existir si uno se siente triste, por qué hacer algo si no valgo nada, por qué comer si mi vida no le importa a nadie y por qué respirar, por qué pensar”.
De este modo pasó la tortuga horas y días sin moverse. Había decidido morir de hambre, de sed, de olvido, de lo que sea. Ya no iba a hacer nada más por ella. Todo estaba decidido.
Augurando su próximo fin guardó una roca azul en su caparazón sobre la cual antes había escrito

“Lo único bueno en la vida de un deprimido
es morir de olvido y de soledad”


Capítulo 6


Una semana después de los eventos antes señalados, Octavio llegó a la isla de Amalia y aleteando sobre la arena vidriosa reconoció a la tortuga testadura que había ayudado a salvar hace poco. Al verla recostada e inmóvil sobre un banco de arena bajo la inclemencia del sol comprendió de inmediato el sufrimiento que debía de estar atravesando. Luego, avanzando a saltos sobre la escultural playa le llevó agua y unas hojas pequeñas para que se alimentara pero Amalia lo rechazó.
-         ¡No va a hablar con nadie, delfín! – le gritó a Octavio una gaviota desde los aires.
Pero él no le hizo caso y trato de ayudarla.
-         No te va a hacer caso, por gusto lo haces – volvió a proferir el ave y luego añadió – es una tortuga enferma y depresiva; ya le he hablado por días y es por gusto, solamente quiere morir y respeta por favor su decisión.
Pero Octavio no se lo iba a permitir, no iba a dejar que un ser más de la creación fuera víctima de ese mal llamado depresión, no señor, no lo iba a permitir.
Y mientras buscaba la mejor manera de ayudarle, el delfín iba recordando fragmentos de su vida, “aquellos años en que vivía feliz con sus padres y que nadaban por el Océano Pacífico; el tiempo de la separación familiar y su posterior boda con Anastasia,  su única compañera en la vida; el nacimiento y la educación de sus dos hijos y la posterior partida de éstos para formar su familia; y como se quedó solo con su amada Anastasia hasta el día en que ésta partió de este mundo a la eternidad”. Mientras evocaba esas imágenes, sus labios por momentos esbozaban una sonrisa cálida y sus mejillas se llenaban de rubor, pero hacía el final del relato una lágrima negra resbaló por su rostro y cayó cerca del corazón de Amalia.
Ésta, al sentir esa gota de tristeza en su cuerpo volteó hacia el viejo delfín y con palabras meditabundas le dijo:
-         ¿Qué te sucede?, ¿Por qué estás llorando?
Octavio confundido la miró, respiró profundo y empezó a narrarle su vida y cómo con el paso del tiempo llegó a tener un cuadro depresivo tan intenso como lo tenía la tortuga, luego de la muerte de Anastasia.
-         No te puedo creer – dijo ella y completando la idea comentó – lucías tan feliz y optimista el día que me salvaste de ese tiburón que se me hace imposible creer que hayas sentido o que sientas lo que siento yo.
Entonces, Octavio que ya se sentía mejor le dijo a Amalia:
-         ¡Sí, todo es cierto! Y hay más aún.
-         ¿Qué, hay más? – exclamó la tortuga con curiosidad.
-         Hay más – dijo él e hizo una pausa, tomó lentamente aire y luego prosiguió – yo deseaba morir, deseaba seguir los pasos de mi Anastasia, no me importaba nada en este mundo, soy viejo y creía que a nadie le importaba, - masculló un poco, tragó saliva y continuó relatando – no veía una razón para vivir, mis hijos ya habían hecho su vida y yo, en soledad, sólo deseaba morir...
Una alegre brisa que golpeó la isla y con ella a Amalia y Octavio detuvo el relato. Ambos se miraron, Amalia deseaba decirle que lo comprendía y Octavio sentía que su desahogo había limpiado en su ser los últimos vestigios de dolor por Anastasia y antes de que pudiera finalizar su historia la tortuga le interrogó así:
-         Pero, si ibas a morir ¿Qué haces aquí?
-         - Estoy aquí para ayudarte; todo lo que me sucedió me tuvo al borde de la muerte, desmotivado, lloroso, con la autoestima por el suelo, sin sueño, sin apetito, sin nada; pero felizmente poco antes de viajar a la ciudad de tiburones un delfín más viejo que yo me enseñó “el secreto de la vida” y me ayudó a salir de esa enfermedad horrible llamada depresión, y le prometí y me prometí a mí mismo ayudar a todo aquel que hubiera caído en sus redes. Por eso estoy aquí.




Capítulo 7


El relato de Octavio motivó a Amalia pero de un modo distinto a la motivación que sintió unas semanas con el monólogo aventurero de Gabriela, ahora era verdad que se sentía optimista pero a la vez creía que tenía mucho que aprender, sí, tenía que aprender a valorar la vida, a valorar su vida y valorar toda la creación que le rodeaba y en ese estado le dijo a Octavio:
-         Creo que debo aprender a ser feliz.
Esa era la verdad. Entonces Octavio le contó a la tortuga que en casi la totalidad de veces, cuando un ser ha vivido mucho tiempo inmerso bajo el manto de la depresión como que se olvida de reír, de mostrar un rostro de felicidad, de mirar el futuro con optimismo y hasta se olvida uno de sentir satisfacción; todo eso se nos olvida y como que debemos Amalia aprender de nuevo a vivirlo y sentirlo.
-         Casi todos – dijo la tortuga.
-         Sí, casi todos – refutó el delfín y continuó – casi todos los que caemos en ese estado olvidamos ello y por consiguiente necesitamos ayuda para aprender  a sentir de nuevo todas aquellas cosas y emociones que nos devuelvan la felicidad.
-         Y ¿Quiénes tienen la opción de no seguir ese camino?
-         Unos pocos Amalia, unos pocos que tienen una gran fuerza interior; yo no los conozco pero me han hablado que esos seres existen pero son muy pocos.
Amalia bebió un poco de agua, comió unas hojas y luego de contemplar durante algunos minutos cómo el sol descendía y pintaba el occidente, preguntó a Octavio:
-         Y ¿Alguien puede nacer con depresión?
-         Quizá
-         Si eso es cierto, entonces ese ser nunca podrá ser feliz ya que nunca podrá recordar si fue feliz, ya que aprendemos lo que un día vivimos ¿Verdad?
-         No, Amalia, aún naciendo deprimidos, tenemos en nuestro interior la maravilla de sentir en felicidad, lo único que necesitamos es recordar que tenemos algo maravilloso en nuestro ser y aprender a expresarlo en cada momento de nuestras vidas.
Dichas así las cosas, la tortuga cogió una piedra carmesí y escribió:

“Para salir de la depresión
uno debe cambiar de actitud”.

























Capítulo 8


Luego de una noche de descanso reparador comenzaron las clases al día siguiente.
Amalia sentía que había hallado una luz en su vida y creía que esa podía ser su última esperanza para ser feliz y para lograr su objetivo pondría todo de su parte para salir de ese marasmo donde se hallaba sumergida.
Desde un árbol, en la rama más alta, Gabriela observaba lo que iba sucediendo.
Octavio dijo entonces

“La evolución de un ser viviente, de la depresión a la alegría, se parece al camino que emplea uno al subir a una pirámide, en donde la soledad y la tristeza nefasta se hallan en la base y la felicidad contínua en la cima”


-         ¿Cómo es eso? – dijo Amalia confundida.
Octavio sonrió y le contestó:
-         Tranquila pequeña. Todo a su tiempo.
Luego continuó la clase.

“Todo ser viviente nace con tres esencias en su ser: pensamientos, sentimientos e instintos; los cuales se hallan mezclados entre sí. Todos éstos, forman los tres bloques de la base de nuestra pirámide”


entonces, cogiendo una piedra pómez entre sus aletas, dibujó en una piedra pulida de la playa

 

pensamientos

instintos

sentimientos







Y culminada esa labor exclamó:

“Pero como todo en la vida, estas tres bases de la pirámide son ambivalentes. Así, hay pensamientos buenos y malos, hay sentimientos nobles y destructores, y también hay instintos de vida e instintos de muerte.
Durante la existencia de todo ser vivo pueden pasar dos cosas:
PRIMERO: Que no reconozca que tiene pensamientos, sentimientos e instintos  favorables y desfavorables  y que por consiguiente viva en un “estado de confusión continua” o
SEGUNDO: Reconozca estas tres esencias en su vida – tanto positivas como negativas y que por consiguiente alcance el equilibrio”.

 Amalia preguntó:
-         ¿Qué significa vivir en un estado de confusión continua?
-         Significa vivir en constante pelea, en no sentirse bien con uno mismo; hacer todo lo que uno quiere sin valorar riesgos ni beneficios – le respondió el delfín.
-         Pero... ¿Cómo es ello?
-         Bien, te lo demostraré con un ejemplo – y luego continuó-

“Todo ser vivo, Amalia, piensa y en ese proceso de pensar puede formular pensamientos buenos y pensamientos malos. Si piensas “No debo robar” de seguro te irá bien, pero a la vez puede sentir y uno de los sentimientos es odiar y por ello puede señalar “odio a tal persona y desearía robarle tal cosa”.

Comprende querida Tortuga, puedes tener pensamientos nobles pero tus sentimientos negativos te pueden llevar a elaborar conceptos opuestos a los que inicialmente propusiste. Ahora qué determina que puedas hacer lo primero o lo segundo. Bueno, es el instinto el que actúa. Si tu instinto es valorar la vida elegirás de seguro la primera opción pero si prima en ti el instinto de destrucción actuarás del segundo modo. Así de fácil se dan las respuestas en el ser humano. Unas veces racionales, en base a lo que piensas y otras emotivas, en relación a tu sentir.

También puede suceder de modo contrario, como por ejemplo cuando luego de entrevistarte con un ser vivo, piensas “es una mala persona, es vanidosa y por consiguiente debo alejarme de ella” y a la vez sientes “que deberías acompañarla en cada momento porque algo fuerte te atrae hacia ella, como si fuese un sentimiento de dependencia”.

Entonces, debes tomar una decisión.

Pero quiero decirte algo, el instinto es oscilante en un ser que tiene estas bases, a veces te lleva a hacer lo correcto y otras veces a equivocarte. Si actúas así de modo regular sufrirás ya que te dirás a ti mismo “Por qué algunas veces hago el bien y otras veces el mal”. Y no comprenderás.


Amalia pensó en lo que acababa de decir Octavio y se apenó. Ella vivía de esa manera, confundida, haciendo a veces lo correcto y otras veces lo incorrecto. De seguro que confundía las cosas. Entonces entristeció, “el delfín tiene razón” pensó en su mente.
Mientras el rostro de la tortuga empalidecía, Gabriela gritó desde lo más alto:
-         No valorar riesgo ni beneficio es bueno, es la base libertad. Yo siempre he vivido bajo esos principios y soy muy feliz. Hago lo que quiero y no debo de dar cuentas a nadie de mi actuar. Todo lo que estás diciendo delfín son puras tonterías.
Saltó de una rama a otra del mismo árbol donde se hallaba posada y continuó:
-         Yo mato los peces para comer y eso no tiene nada de malo, de algo debo alimentarme. ¿A veces robo alcohol en un puerto? Si no hago daño a nadie, no tiene nada de malo. Tengo varias parejas, luego las abandono y me siento libre de ataduras, me siento feliz. Todo está bien.
Octavio guardó silencio mientras la gaviota hablaba.
Una vez que cesaron los graznidos en las alturas se dirigió a Amalia y le dijo:
-         Está confundida. El hecho de confundir las ideas con los sentimientos habla claramente de que vive en un estado de confusión continua. Cuando uno se halla en esa situación suele confundir los conceptos de libertad con libertinaje y de derecho de vida con abuso. Alimentarse no tiene nada de malo pero el hecho de matar sardinas y  dejarlas malográndose en la playa no es correcto, es un acto de maldad de esa ave. Uno no debe matar por gusto sino por necesidad. Respecto al acto de beber e intoxicarse con el alcohol, el hecho de su consumo configura un acto de riesgo el cual tarde o temprano generará un mal en su ser, ya sea un castigo por el robo o un accidente en estado de intoxicación alcohólica. Y respecto al comentario de tener parejas y abandonarlas, bueno, cada quien decide con quién estar pero yo te digo, define tus relaciones sentimentales sino estarás como un barco a la deriva de aquí para allá, hoy con una pareja,  mañana con otra y finalmente pasada mañana en la más absoluta soledad.
Dicho razonamiento conllevó en Amalia un ferviente deseo de cambio. Octavio tenía razón, lo sabía y lo sentía. Deseaba reconocer sus pensamientos, sentimientos e instintos, tanto favorables como desfavorables y alcanzar “un equilibrio”. En ese estado de decisión escribió en una piedra celeste:

“Sólo conociéndote a ti mismo
podrás saber realmente lo que te pasa”

Guardó la piedra en su caparazón como tenía costumbre de hacerlo. Dirigió una mirada de esperanza a Octavio y éste comprendiendo lo que pasaba en su interior le susurró:

-         Vamos a poner en orden tu casa tortuguita. Vamos a comenzar ahora mismo. Vas a coger una piedra blanca de la playa y escribirás en esta loza de piedra todos tus pensamientos, sentimientos e instintos buenos y en esta otra con una piedra negra escribirás todas tus esencias malas. Cuando finalices tu tarea la analizaremos.



Capítulo 9


Diez días después Amalia había culminado su labor. Caminó por la orilla de la playa buscando a Octavio. Recorrió casi toda la ribera sin resultado favorable. Algo desesperanzada volvió al lugar donde había iniciado la marcha. Cuando llegó frente a las dos imponentes lozas escuchó una voz desde el mar que le decía:
-         Veo que la loza de la izquierda, la que contiene tus esencias negativas a sido bien detallada por tu persona, Amalia; pero aprecio que la loza con escritura blanca tiene muy pocos conceptos.
-         Es que yo soy así – temerosa y farfullando se expresó Amalia.
Luego se apoyó en el tronco de un árbol y suspiró.
Octavio se acercó a ella y le contó una historia.

“Amiga mía, cuando nuestro cuerpo está lleno de eso a lo que hemos venido llamando depresión, de modo general tenemos la capacidad de poder apreciar todo lo malo y negativo que somos, nos infravaloramos, nos culpamos y sufrimos. En ese estado es difícil valorar nuestras potencialidades y todos los pensamientos y sentimientos nobles que tenemos. El instinto de muerte prima y la vida parece extinguirse con cada minuto que pasa.
Cuando uno está deprimido, Amalia, aprecia sus tres esencias desfavorables como un edificio de mil pisos y sus pensamientos, sentimientos e instintos buenos los grafica como una insignificante caja de fósforos”.

La tortuga asintió. Octavio le sonrió y continuando su historia comentó:

“Nuestro interior es dual. Del mismo modo que la noche y el día duran por igual, unas veces un poco más el uno u el otro de acuerdo a la estación, de igual modo nuestras tres esencias positivas y negativas alcanzan un equilibrio ideal. La mitad tuya es positiva y la otra mitad es negativa”.

Y dichas así las cosas sentenció:
-         Amalia, volverás a hacer la tarea que te encargué. Deberás escribir en base a la verdad todo lo bueno y lo malo que tienes y cuando hagas ello las columnas de pensamientos buenos serán iguales a las columnas de pensamientos malos y de modo recíproco ello se repetirá con los sentimientos y los instintos en cada una de las lozas.
-         Pero, ¿Cómo voy a lograr ello? – replicó angustiada.
-         Analizándote ciertamente. Nada más. No es una tarea fácil, tampoco es difícil. Debes aprender a valorarte tal y como eres, con todas tus potencialidades y todos tus defectos. Piensa y siente. Ese es el secreto. Si lo haces así lo harás bien.

Entonces Amalia redactó sobre una piedra lila que se hallaba en frente de ella:

“La depresión acrecienta nuestros males
y nos hace menospreciar nuestros bienes”

Luego, como siempre, la guardó.




 









Capítulo 10


Veinte días más tarde Amalia finalizaba nuevamente su labor. Si antes redactar sus esencias le pareció una tarea aburrida y sin sentido, durante esta segunda fase de su búsqueda interior las cosas cambiaron, con cada nuevo amanecer el optimismo crecía en su caparazón y en su corazón, tenía fe. Logró interiorizar de buena manera los consejos de Octavio y ahora creía que la labor había sido ejecutada a la perfección. Las dos columnas de esencias eran de igual altitud y cada una de las esencias guardaba equidad con las otras dos. El equilibrio – pensó-.
El sol descendía en el occidente y el cielo se pintaba poco a poco de mil y un colores. Se sentía paz en aquella playa de aquella isla perdida. Amalia se sentía feliz por lo que había hecho y minutos después se sintió más feliz cuando escuchó a Octavio comentar desde la ribera así:
-         Me alegra mucho todo el trabajo que has llevado a cabo, sobretodo la perseverancia en la ejecución de tu tarea. Si sigues así la recompensa será alcanzada pronto. Me refiero a la felicidad.
Dichas palabras de aliento reconfortaron el alma cansada de Amalia. Ella se sentía distinta. “Ya no soy la misma” pensaba. Sabía que tenía muchas cosas buenas por qué vivir. Se sentía como un ser maravilloso y realmente lo era, tenía una esencia favorable única.
Mirando la esperanza en sus ojos Octavio le dijo:
-         Amiga mía, obrando así has logrado cambiar la visión de tu vida y sabes por qué.
-         ¿Por qué?
-         Por qué has aprendido a usar los binoculares de la vida.
-         Los binoculares de qué – refutó extrañada.
El delfín sonrió. Luego comentó:

“A lo largo de la vida cada criatura ve las cosas de dos modos: GRANDES o pequeñas. Inicialmente no hay otra forma de verlas.
Cuando uno va por el camino de la vida, va usando unos binoculares innatos los cuales, en unas oportunidades te permiten apreciar los problemas y las experiencias de modo muy insignificante (pequeño) o muy trascendente (grande). Eso se da en relación a si usas la parte de los lentes amplios cerca de tus ojos o la de los lentes minúsculos en tu mirada en el segundo caso”.

Luego dibujó en la arena este gráfico.

Mirando así, “todo se verá pequeño”











Mirando así: “todo se verá más grande”






“Amalia, cuando uno sufre de depresión, tiende a ver sus problemas, penas y desdichas de modo inmenso; y cuando ve sus alegrías, virtudes y dichas las aprecia de un modo insignificante”.

Ante la mirada atenta de la tortuga, respiró profundo y prosiguió:

“Con la tarea que has culminado, has logrado balancear tus pensamientos, sentimientos e instintos, tanto positivos como negativos. Has logrado conocerte y con ello has logrado avanzar un piso en la pirámide evolutiva de tu vida interior. Haz llegado “al autoconocimiento”.

Dicho ello, el delfín dibujó en la arena:

 

_

pensamientos

sentimientos

instintos

conocimiento

personal






 





Cuando estaba por finalizar el gráfico, Amalia exclamó:
-         ¡Y con eso ya estaré bien!
-         No – dijo suavemente el delfín.
La tortuga bajó la mirada y Octavio tratando de aliviarle la pena comentó:
-         No, pero es el primer paso. Faltan tres más.
Amalia entonces guardó en su caparazón una piedra rosa en la cual segundos antes había escrito:

“El camino en el aprendizaje de la felicidad
es duro y largo.
No es fácil. Se requiere fuerza y trabajo constante

Para lograr terminarlo”

 





Capítulo 11


A la mañana siguiente instructor y alumna retomaron las clases.
Gabriela se hallaba lejos, volando en las alturas, haciendo piruetas, pescando por gusto y lanzándose en picadas cada vez más peligrosas y atrevidas.
Por momentos Amalia la observaba. Al notar la distracción de la tortuga, Octavio exclamó:
-         Si deseas, ve y sé como la gaviota.
Ella por un momento continuó mirando al cielo, no habló nada. Luego movió la cabeza en ademán negativo y respondió:
-         ¡No!. Quiero la felicidad verdadera, no la efímera, la falsa, la que está en los juegos, en el libertinaje, en el alcohol o en la soledad perpetua.
Octavio sonrió. Todo estaba bien. La brisa llevaba suavidad al rostro del maestro y alumna. Luego él prosiguió:

“Amalia, ha llegado la hora de avanzar al siguiente nivel evolutivo pero tengo que advertirte algo: No será fácil.

Tengo que decirte algo más: Ahora el reto será doble. Podrás ir avanzando en el sendero de la superación, podrás llegar más alto en los pisos evolutivos del desarrollo de cada ser, pero recuerda querida tortuga, si te descuidas, puedes caer y caer hasta los niveles de la base de la pirámide evolutiva. Mientras más alto estés más dura será la caída. Debes cuidar tu aprendizaje y especialmente, debes de cuidarte  más”.


Octavio hizo una pausa, respiró lento y pausado, sumergió su cabeza en el agua marina de la playa y luego continuó:

“Ahora, debes aceptarte tal y como eres, con tus defectos y tus virtudes, con tus lado positivo y tu lado negativo, en fin, con tus pensamientos, sentimientos e instintos buenos y malos; pero eso no es todo, además deberás proponerte cambiar y alcanzar ese cambio. Deberás acrecentar tus dones y  deberás lograr poco a poco que tus pensamientos y sentimientos negativos se manifiesten menos y que tu instinto de vida predomine largamente sobre tu instinto de destrucción.

Todo ello lo lograrás poniendo en práctica tus virtudes personales, los buenos actos de tu formación diaria, tus sueños, tus anhelos, en fin, todo aquello que vive y late en tu interior que hará de ti, un ser viviente pleno y lleno de satisfacciones.

Pero te recuerdo: No será fácil. Tus hábitos y costumbres negativas buscarán realizarse y tú deberás de lograr que queden en el olvido.

Toma nota Amalia, porque de ahora en adelante no sólo pensarás sino que también actuarás diferente. Te levantarás cada mañana temprano, poco antes de que salga el sol, programarás tus actividades de vigilia y cada vez que generes un bien a tu ser o a otro habitante de la isla lo habrás de anotar en esta tercera loza con esta piedra roja. Cuando sientas que el cansancio, la fatiga y el desencanto quieran presentarse en tu vida, cuando notes la presencia de ideas negativas en tu mente y sentimientos de desesperanza en tu pecho, lo único que tendrás que hacer, es venir corriendo a tu loza de logros personales, repasar tus triunfos y las muestras de generosidad de tus acciones diarias y poco a poco recuperarás la esperanza y la fe en tu vida y en este camino de superación.
Y no solamente harás ello, también escribirás en una cuarta loza todo lo bueno que ha pasado en tu vida y cuando los sentimientos de depresión toquen tu corazón, te acercarás y evocarás cada uno de aquellos momentos de felicidad en la isla.
Haciendo todo ello de seguro cambiarás. De seguro que volverás a ser tú y no serás la proyección que el mundo quiere de Amalia.
Te observaré a diario. Cuando comprenda que has alcanzado tu proceso de cambio interior volveré a estar delante tuyo”.

Y dicho ello se zambulló en el mar.
Amalia frotó sus patas delanteras. Rezó. Luego escribió en una piedra amatista:

“Sólo el perdón y la aceptación de nuestra vida
nos dará un día aquella alegría que soñamos tener”
Capítulo 12

Muchos meses transcurrieron desde aquel último encuentro entre Octavio y Amalia.
La tortuga durante ese tiempo poco a poco fue cambiando su rutina. Dejó de levantarse a las diez de la mañana, ahora lo hacía minutos antes de las seis. Había dejado de vivir a la intemperie, ahora se cobijaba en una casa de troncos que ella hábilmente había construido. Limpió de deshechos orgánicos la isla, cercó el pequeño río que descendía serpenteante al mar, dejó de hablar con Gabriela y se dedicó a ayudar  y rezar.
Con el paso de los días la redacción de aquellas dos lozas dejadas por el delfín fue realizándose de modo pleno. Cuando la tortuga se hallaba triste o desesperanzada leía lo que había escrito, lo que había hecho, lo que había vivido plenamente y poco a poco empezó a notar que se sentía mejor y no sólo mejor sino que su tristeza y su falta de esperanza menguaban cada vez más rápido.
Se sentía bien aunque se hallaba sola. Extrañaba a Octavio. A veces lloraba por ello. Tenía miedo que no volviera pero a la vez sentía que él estaba cerca  y que compartía todo aquello que iba realizando.
Se sentía cada día más segura. Además de las lozas de piedra que se fueron llenando poco a poco de noticias alegres, escribió varios mensajes en muchas piedras que encontraba en su camino por la isla y luego, como era su buena costumbre, las guardaba en el interior de su caparazón. Algunos de aquellos mensajes también le generaban felicidad y fortaleza.
En algunas de esas tantas piedras escribió:

“Yo lo puedo hacer.
De mí depende triunfar o fracasar.
No voy a perder”.

“Si pienso en tristeza triste estaré.
Si pienso en alegría, alegre viviré”.

“El cansancio y la melancolía
son como la suciedad y el desorden en una casa.
A diario las debemos de erradicar”.

“El trabajo constante y el ejercicio
llenan mi cuerpo de optimismo y vitalidad”
























Capítulo 13


Pasaron seis meses de profundos cambios en la vida de Amalia hasta que en una mañana, luego de arreglar la reja de madera de su casa, la tortuga escuchó desde la distancia:
-         Hola Amalia
-         Hola – respondió ella llena de un gozo descomunal.
Luego hubo silencio. No era necesario que se dijera nada. La labor se había cumplido y Amalia se sentía en paz y en soledad. Octavio lo comprendía también, había visto desde la lejanía ese brillo de tranquilidad en los ojos de Amalia, por eso volvió.
-         Gracias por venir – exclamó suavemente.
-         Lo has logrado – le dijo el delfín y luego continuó -  ahora eres feliz en soledad. Sólo te falta ser feliz en compañía.
No había más qué decir. Ambos se abrazaron y empezaron a contarse como viejos amigos los acontecimientos que fueron llenando sus vidas en aquellos meses.
Cuando llegó el atardecer Octavio le contó a Amalia este relato:

“He notado que desde hace mucho tiempo no hablas con Gabriela y que tampoco muestras entusiasmo por entablar relaciones amicales con otros seres que habitan temporalmente la isla. Eso esta bien por un tiempo pero no para una vida. Es bueno retirarse del mundo durante un tiempo para hallarse uno mismo pero no podemos retirarnos del mundo para siempre. Han llegado los días en que tu ser brilla desde la lejanía. Tienes la felicidad en tu interior, nunca la pierdas. Ahora debes compartir esa felicidad con el mundo. Vivirás otra vida y será más plena”.

Amalia quiso interrumpir en ese momento al delfín, deseaba decirle la razón por la cual había dejado de hablar con Gabriela y las causas que motivaron ese encierro, pero él haciendo una sencilla seña le hizo entender que no debía de hablar, que no era el momento y luego continuó:

 

“No necesitas explicar nada. Sólo escucha. Sólo alimenta tu existencia. Aquel que ignora la alegría en su interior ignorará también la alegría en el exterior suyo y en el exterior de los demás. Aquella tortuga que no conozca cuál hoja es la buena y aquella que tiene veneno no podrá enseñarle a otra tortuga a elegir la hoja que la alimente.
Sólo el que conoce su interior conocerá el exterior de los demás. Por eso sabía cuando estarías preparada para esta nueva fase en tu desarrollo de vida Amalia.
Ahora estás en condiciones de elevarte al nivel evolutivo siguiente, aquel en el cual conocerás el mundo que te rodea, de modo pleno y verdadero”.

Y dicho ello dibujó en la arena lo siguiente:

 

_

Conocimiento personal

_

pensamientos

instintos

sentimientos

 

_

_

Acepto y cambio
personal
  Conocer
el mundo













-         ¡Tienes razón! – exclamó ella y luego completó la idea – debo de conocer a los demás del mismo modo que me conozco a mí. Todo será diferente. Ya no me equivocaré.
Apenas dijo ello, recogió una piedra lapislázuli de la arena y escribió:


“Para conocer a los demás miembros de tu sociedad
primero debes de conocerte en soledad”

Desde ese momento la vida de Amalia cambió. Ahora disfrutaba del diálogo que entablaba con cada nuevo ser que llegaba a la isla. Se volvió aprehensiva en su arte de escuchar, se fijaba más en los detalles del rostro de su interlocutor, sentía el latido del pulso en el cuello de sus nuevas amistades y con el pasar de las semanas y los meses aquellos sentimientos de tristeza, ansiedad e irritabilidad que extrapolaba su ser durante muchos años se trastocaron en muestras de seguridad, comprensión y afectividad, por cada uno de aquellos seres que habitan a su alrededor.
Llegó a conocer profundamente a Octavio y a Gabriela. Muchas veces en aquellos meses de aprendizaje decidió por alejarse de las malas influencias y en concentrar su tiempo en aquellos seres más inocentes y con deseos de dar. Octavio la contemplaba y asentía lo que hacía. Eran buenos tiempos.
















Capítulo 14


El conocimiento que adquirió Amalia a lo largo de aquellos dos años la volvió en parte confiada y amistosa. Su mundo se fue simplificando de tal modo que un día se dijo asi misma “me gustaría salir de la isla”.
Una tarde ya entrado el otoño en el mar le contó sus planes a Octavio.
-         Deseo viajar por el mar – le dijo.
Octavio entonces deslizó una de sus aletas por encima de la última ola que llegó a la playa y seriamente la requirió:

“Sí, ya es tiempo de partir. Tú te irás buscando un sueño, yo me iré habiendo hecho realidad un sueño. Sólo quiero darte estas dos ideas finales. Para lograr la plena realización en tu vida debes llegar si asi lo deseas a la cima de la pirámide existencial, si puedes, no la dejes trunca. Para lograrlo debes hacer lo más difícil, lo que pocos se atreven, lo que tal vez tú te atreverás:


ACEPTAR EL MUNDO QUE TE RODEA

Y TRATAR DE CAMBIARLO






-         Eso es imposible Octavio – exclamó.

“No lo es. Pocos llegan a la cima Amalia, pocos. Sólo seres maravillosos han coronado la pirámide existencial y ahora son modelos para el mundo. Estar en la cima querida tortuga, significa realmente amar a cada ser del mundo y aceptarlo tal como es. Si una persona llegó a un lugar, si tú te propones hacerlo y esta en tus capacidades también lo harás.; tan solo que esto no se trata de llegar a un lugar, se trata de vivir y tú tienes la capacidad de vivir plenamente.

Comprométete con tu vida Amalia, da todo de ti, verás que todo cambiará, más todavía”.

 

-         Creo entender lo que me dices, será difícil pero lo tengo que hacer, está en mí.

Y dicho ello cogió una piedra ámbar de la costa, sonrió y luego escribió:

 

“Sólo aceptando a cada ser que vive en este planeta
te acabarás aceptando a ti misma.

Esa es la felicidad que el alma llenará”.


Luego miró al poniente. Sabía que no debía llevar nada en el viaje que iba a iniciar. “El mismo mar me dará el sustento necesario para existir” pensaba.
El divagar de su mente y los sueños que brotaban aceleradamente en su ser se vieron interrumpidos por la voz de Octavio que decía:

“Amalia, falta algo más. A lo largo de estos años te he hablado con el único fin de que puedas lograr ser la tortuga que eres ahora. De seguro que has sufrido muchas veces y en otras oportunidades has creído que las tareas que te encomendaba eran difíciles. Querida tortuga, en el mundo del iluminado no hay nada fácil, no hay nada difícil, sólo hay labor por hacer. El día que te quites la venda que cubre tus ojos y te dice “esto es fácil, esto es difícil”, ese día alcanzarás tu libertad. Haz lo que tengas que hacer, nada más. La vida es para vivirla y para proyectar la luz de tu ser a todos aquellos que te rodean y que buscan el bien”.


La tortuga entendió en lo más profundo de su cuerpo lo que había dicho aquel sabio delfín y con el objetivo de eternizar ese momento de su vida, eligió una piedra amarilla que se hallaba a algunos metros de ella y sobre ésta escribió:

“Lo más difícil para culminar una tarea
es vencer nuestra creencia que es difícil”.


Capítulo 15


-         Bien, muy bien – le dijo cariñosamente Octavio a Amalia.

-         Ya lo sé, es hora de partir ¿Verdad?
-         Sí.
No había nada más que decir. Octavio abrazó a Amalia como a una hija. Derramó algunas lágrimas sobre el caparazón de la tortuga iluminada y antes de que pudiera hablar algo más Amalia dijo:
-         Gracias. Quiero darte las gracias por haberme enseñado a ser feliz, Octavio...
-         No tienes de qué, quien cumplió todas las tareas fuiste tú, entonces aprendiste por ti misma a ser feliz, yo sólo dije algunas pocas cosas que aprendí.
-         Aún así, gracias por tu orientación. Quisiera antes de despedirme regalarte mi colección de piedras de colores con mensajes. Ellas también me enseñaron a ser feliz.
-         No, no puedo aceptarlas, son parte de tu vida. Mas bien, llevémoslas a la costa, separémoslas en dos grupos, aquellas que te dan mensajes de fortaleza por un lado y en el otro aquellas que generan sentimientos de desesperanza, alineémoslas luego delante de tus dos primeras lozas y escribamos delante de ellas “mensajes para triunfar y ser feliz” en el lado de la letra blanca y “mensajes para perderse y para entristecer” en el lado de escritura negra.
Amalia consintió la propuesta y ambos la llevaron a la práctica.

Luego cada uno se lanzó al mar de modo independiente y siguieron caminos separados.




EPILOGO


Yo acompañe unos años más a Amalia. Fui testigo de su cambio y del modo como llegó a unirse a un grupo de tortugas. De cómo llegó a ser su líder. De cómo tuvo por fin la familia que siempre soñó.

Fui testigo del modo que ayudó a muchos seres vivientes en este planeta y cómo cada día está más cerca de aquella cima llamada felicidad. Vive su vida a plenitud y siempre da más.

Yo fui uno de aquellos seres a quien esta terca tortuga, llamada Amalia, ayudó. Le costó muchos años pero lo logró.

Y cada año, por esta época, llegamos juntas a nuestra isla a ver las dos lozas de piedra que se hallan en su costa y aprendemos cada vez más de aquellas piedras de colores que se hallan al pie de las lozas escritas en blanco y negro.

Sólo me queda decirle gracias, gracias por ayudarme a ser diferente, a ser responsable con mi vida y ayudarme a creer en mi.
Y gracias además por entusiasmarme a escribir este libro.

Nos vemos y que tengas un día lleno de felicidad.

Gabriela.

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