Historia de otro Moisés

 

Corría la más cruda época del invierno de Abril de 1940, y el río Putumayo casi me devora. ¿Cómo sucedió ésto? Tal vez la ignorancia del comportamiento de los ríos del suroeste de Colombia en estos tiempos, en que la cantidad de aguas que recogen, descuaja de la tierra grandes árboles, cosechas, vacunos, cerdos y gallinas, que luego bajan hacia el Amazonas con cierto rumor de silencio. En uno de esos días de frecuentes lluvias, un árbol gigante, de los arrastrados por la corriente, bajaba casi por el centro del río Putumayo, y al decir casi, debo aclarar que estaba más cerca de la orilla donde me encontraba situado, que de la otra. Para ese entonces, yo prestaba el servicio militar y me hallaba junto con el personal de la compañía a la hora del segundo baño del día (5:00 p.m), sobre la plataforma de tablas que había sido construida utilizando grandes canecas vacías por debajo para que flotara y de este modo, se pudieran recibir las embarcaciones que se comunicaban con el Amazonas y el Brasil, así como los aviones anfibios que traían encargos de nuestras familias y la correspondencia del interior.

 

De pronto, vi venir este madero que arrastraba la corriente y creí que podía nadar hacia él para manejarlo flotando hasta la otra orilla que en ese tramo distaba unos 500m. La idea era buscar un punto propicio, no muy profundo, para salir con él más abajo sin que fuera tan lejos. Inmediatamente, tuve la osadía de lanzarme tras el tronco. Nadé hasta alcanzarlo y al subirme en él, comencé a invadirme de un miedo muy intenso, pues no se hundió ni siquiera un poco ni registró mi peso sobre su volumen: Era un tronco macizo, perteneciente a un árbol como de veinte metros de largo, que hundido entre las aguas, era de engañoso tamaño y no revelaba su corpulencia. Era de esos que posiblemente había desarraigado el río en las riveras de la guarnición peruana de Guepí y digo que podía ser de allá, porque las tierras de ese sector son feraces y de mucha humedad para alimentar a los árboles de mayores dimensiones.

 

Mientras hacía lo posible para salir de mi confusión, el árbol apareció situado sobre el eje de la mayor corriente en un sector donde el río multiplicaba por dos su anchura.
Me sentía incapaz de actuar; era un ser diminuto frente a la grandeza del tronco y del río, y las condiciones para lanzarme a ganar cualquiera de las orillas a brazo limpio, eran las de la muerte. En medio de una valoración rápida de las circunstancias, llegué a pensar que iba a tener que pasar la noche aferrado a este húmedo madero flotante, y tal vez, viajar muchas millas en espera de que el río se angostara un poco para poder arrojarme a la aventura del salvamento. En tanto estas cavilaciones me llenaban la mente, mis compañeros de baño tal vez no habían observado la iniciación de la riesgosa empresa que había emprendido en un instante de repentina locura, sin imaginar lo que sucedería con posterioridad.

 

Sin embargo, me cuentan que a las seis y media de la tarde, hora en que formábamos para pasar al comedor, Narváez, un gran condiscípulo y amigo, habló en voz alta:- “Mi capitán, aquí hace falta un compañero que creo no regresó del río después del baño.” Ante este anuncio, gritó otro soldado: - “Se trata de Jiménez. Yo lo ví cuando se subió en un tronco que bajaba por el río y siguió acaballado en él, río abajo, pero me tuve que devolver para recibir el turno”. El capitán al oír ésto, ordenó que la canoa con motor fuera de borda, que permanecía disponible, saliera con tres colegas en mi rescate.

 

Yo llevaba más de dos horas en esta inusual navegación; me dolían las piernas por la baja temperatura del agua y en mi brazo izquierdo tenía una herida que me había hecho al agarrarme con fuerza de una de las ramas. La noche profundizaba en su oscuridad por las sombras de la selva y no me permitía ver más que la fosforescencia de enormes peces, o quien sabe qué animales, que viajaban conmigo y se cruzaban rítmicamente por debajo del tronco, incluso saltando hasta rozar mis pies.

 

El remanso de las aguas que parecían estancadas, pero que iban a gran velocidad, me contagió de su aparente calma y así pude esperar a ver qué sucedía, sin arrebatos de desconsuelo o derrota. Muchos minutos debieron pasar en la especie de sopor que me invadió; quizás, porque mi desconcierto ante lo que estaba sucediendo me hizo concluir en instantes, que no quedaba otro camino que aguardar y aguardar, hasta que llegara el alba para recibir la alegría de un nuevo día en que estuviera vivo.

 

Recuerdo que meditaba entre otras cosas, sobre lo que estarían haciendo mis compañeros de  cuartel. En primer lugar, suponía  que estarían felices y olvidados de mí, y en segundo, calculaba que sería la hora del descanso después de lavar la loza de la comida. Qué decepción imaginar que ninguno de ellos se hubiera dado cuenta de mi tragedia, y que eventualmente, sólo tarde en la noche cuando llamaran a lista o al día siguiente, notarían mi ausencia.

 

Esperaba y seguía a la expectativa sin saber de qué; claro que si hubiera podido conciliar el sueño, me habría llegado bien; pero no. Estaba agotado y ya había tragado mucha agua. El momento era más serio de lo que a simple vista se creería un juego, porque la combinación de desesperanza, la inmensidad del Putumayo, estar sólo y  sentir el espesor de la selva, me habrían encerrado en un desastroso fin si yo no hubiera tenido la capacidad para manejar mi impaciencia. Estaba en estas preocupaciones cuando percibí que por la margen derecha del río venía un bote.

 

Me crucé con éste en menos tiempo del que estimaba, pues la rapidez de su motor se sumó a la velocidad del río, disminuyendo así el rayito de luz, que como ligera esperanza cruzó la tela negra de la noche. No valieron mis gritos de auxilio, porque el ruido del  motor de la semiembarcación los ahogaba. No intenté el movimiento de los brazos porque era una señal perdida en medio de la escasa claridad y además, podía empeorar la situación si me soltaba del tronco. Los que venían en el bote subieron con trabajo por la resistencia del río hasta que los perdí de vista.

 

Los segundos eran largos y los minutos aún más. Así transcurrió un tiempo, no sabría decir cuánto fue. Con sorpresa después vi en el horizonte del sur una luz que zigzagueaba de orilla a orilla, como si alguien buscara algo. En ese minuto pensé que la lancha disponible del batallón estuviera viniendo por mí porque alguien les había informado sobre este incidente. Y en efecto, el ruido de una embarcación  con un olor que se me hacía familiar, continuaba raudo río abajo conservando el centro que era la misma dirección que yo llevaba. Lo más satisfactorio, era que no se desviaba hacia ninguna de las márgenes. Como tres minutos más tarde, desde la embarcación alguien me enfocó con una de esas lámparas de campamento.

 

En seguida, cuando se aproximaron, Gutiérrez, un soldado conocido, me votó un salvavidas que estaba atado a una cuerda y con la precaución de no golpearme, abordaron la pendejadita de árbol que me había sonsacado de la guarnición y me subieron en mi estado de moribundo al bote. Tras la emoción de mi hallazgo, me revisó un paramédico, y me interrogaron sobre cómo y porqué me había lanzado a ese monstruo de agua para ir tras de un tronco…algo que no supe explicar. De regreso a Caucayá, que así se llamaba el hoy Puerto Leguízamo, mis compañeros y superiores del escuadrón, celebraron el éxito de la misión de reencuentro.

 

Ofrecieron un gran refrigerio en las horas de la madrugada y una caja de botellas de vino brasileño (quinao) que bebimos hasta quedar dormidos en nuestras barracas como felices cocheros.    

 

 

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Comentarios:

Escrito por: agastin59       08/04/08 08:31
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gran relato mi hermana, escribes con gran lujo de detalles y la historia con su agua de rió rudo, te moja hasta el pecho.
eso tiene moraleja espero, que el tío este no se lance jamas por leña a un rio.
besitos
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