
HISTORIA DE MIEDO
A veces me ha rondado por la cabeza la idea de que me encantaría ser capaz de escribir una historia de miedo, pero con una condición: tendría que ser de tanto, tanto miedo, que consiguiera llegar a aterrorizarme de tal forma que el mismísimo pánico no me permitiese terminarla. Hasta que una tarde tuve un impulso. Antes de sentarme delante del ordenador, creé un ambiente. Cerré las persianas de manera que la habitación quedara en penumbra. Encendí una vela y la coloqué en una esquina estratégica para que la llama recreara imágenes fantasmagóricas en la pared. Encendí el ordenador y empecé a teclear
* * *
Todo comenzó cuando sonó el timbre del teléfono y, al descolgar, oí la voz alterada de Mario, mi cuñado. La voz era feliz, exultante, y me comunicaba a gritos que su dueño acababa de tener un hijo. La voz decía que tenía que ir enseguida al hospital, que no debía perder un minuto en conocer al niño que acababa de nacer, que era precioso, un regalo para la vista. Mi voz se contagió por tanto entusiasmo y, jubilosa, gritó que sí, que no faltaba más, que su dueña, la tía del niño, salía ahora mismo para allá.
Me entró una prisa un tanto exagerada por llegar cuanto antes. Tardé mucho en coger un taxi, pero una vez dentro de él y a pesar del gran atasco, conseguí llegar. Al abrir la puerta de la habitación, mi cuñado se levantó de su asiento con el índice apoyado en los labios pidiéndome silencio. Mi hermana estaba muy cansada y hacía un instante que había conseguido dormirse. Yo no dije una palabra y él me cogió por el codo y me llevó hasta la cunita del niño. Verdaderamente era un regalo para la vista, tal y como me había dicho. El bebé estaba rosadito y con unos ojos muy espabilados, teniendo en cuenta que se trataba de un recién nacido. Bueno, ¿qué te parece?. Es precioso, tenías razón. Raquel ¿has comido?. Sí, acababa de hacerlo justo cuando llamaste. ¿Te importa que baje a la cafetería?, hace horas que no como nada. No, por supuesto, puedes bajar tranquilamente, yo me quedo aquí cuidando de los dos. Cuando se cerró la puerta, me coloqué delante de la cunita del niño para poder disfrutarlo mejor. Me puse a hacerle cucamonas debajo de la barbilla y, así, como por accidente, el bebé apoyó su manita en la mía y, con sorpresa, vi cómo se ponía a juguetear con ella. Le dejé hacer y así estuvo un rato hasta que enroscó sus deditos alrededor de uno mío y empezó a apretar con fuerza. El desconcierto me hizo sonreír; era evidente que aquello no era normal pero, ya se sabe, es del dominio público que hoy en día los niños nacen muy espabilados. De pronto mi sonrisa se heló. Me estaba estrangulando el dedo con una fuerza exagerada. Me puse nerviosa y traté de desenroscar sus dedos del mío, que ya se estaba poniendo morado. Esto puede sonar un poco ridículo pero, cuando conseguí desembarazarme de él, creí notar un guiño burlón en su precioso ojo azul derecho. Después, hizo algo así como una mueca de complicidad y cerró los párpados. Extrañada, me senté en un pequeño sofá y cerré los míos sin atreverme a mover ni un solo músculo. Debía parecer tan inerte que, cuando llegó mi cuñado, pensó que estaba dormida. ¡Vaya!, menuda cuidadora estás hecha, casi te tienen que cuidar ellos a ti. Me disculpé: en realidad es que estoy muy cansada, he dormido muy mal esta noche. Bueno, pues márchate si quieres; tu hermana seguramente dormirá durante un buen rato. Descansa y te pasas mañana por aquí, porque supongo que querrás hablar con ella. Vale, eso es lo que voy a hacer. Al niño ni siquiera me acerqué porque me resultaba imposible pero, a mi cuñado, lo abracé dándole la enhorabuena.
Llegué a casa nerviosa. ¿Qué ha pasado?. No, no es posible, qué tontería, ¿cómo te va a guiñar un ojo un niño?, ¿cómo se va a burlar de ti?, estás idiota, siempre te ocurre igual, cuando no descansas, sufres alucinaciones, eso es, no le des más vueltas, mañana será otro día. Mi discurso interior no debió servir de gran cosa porque pasé varias horas debatiéndome entre dos ideas: una, que aquello había sucedido ¡por supuesto que sí!, y otra, que aquello era imposible que hubiera podido suceder. No sé cuándo me quedé dormida
La noche negra, opresiva, húmeda y fría me está horrorizando. Me pregunto dónde estoy y noto que estoy sentada en algo duro, con las piernas dobladas a la altura de las rodillas y los brazos alrededor de ellas. Palpo justo a mi lado y creo que es piedra. Mi mano avanza un poco más y
¿qué es esto?. ¡Me he mojado los dedos! Los llevo a la nariz y no huelen a nada. Me los acerco a la boca y al chuparlos con la punta de la lengua, no noto sabor alguno. ¡Agua!. Repito la misma operación con la otra mano. Exactamente igual. Estiro mis piernas temblorosas poco a poco y, debajo de ellas, la superficie es firme y dura. Apoyada con las manos a los bordes de la piedra, intento ir echándome para atrás, para probar si detrás de mi espalda hay algo sólido. Compruebo con satisfacción que sí y, al estar completamente tumbada, pienso que debo encontrarme en una especie de pasillo con sólo el ancho suficiente para dar cabida a mi cuerpo, pasillo del que no sé ni dónde empieza ni dónde acaba. No sé cómo he llegado hasta aquí. Lo único que sé es que a los lados de esta sombría angostura sólo hay agua. Un agua que se me antoja tenebrosa aún sin verla. Trato de vencer este miedo horrendo que me embarga para poder girar sobre mí, ponerme a gatas y avanzar buscando una salida. Descubro con terror que ya sólo puedo pensar, al intentar moverme y darme cuenta de que no consigo accionar ni un solo músculo, al intentar gritar y comprobar que la voz no logra atravesar la barrera de mis dientes.
Entonces un grito, que más que grito es un alarido, llega a mis oídos: al principio tenue y lejano y, enseguida tan estremecedor, que me hace ser consciente inmediatamente de mí misma, de que estoy en mi cama revuelta, sentada y empapada de sudor. Me tumbo intentando tranquilizarme, tratando de aminorar el galope frenético de mi corazón y cierro los ojos. El caballo que tenía dentro parece que ha frenado un poco, puedo respirar mejor
Casi por impulso, abro los ojos y, todavía aturdida, compruebo que hay demasiada luz en la habitación. Miro el reloj: ¡las once!. ¡Mi niño!. Me tiro de la cama y, corriendo, voy buscándolo por toda la casa. No lo encuentro. ¡Dios, que pesadilla!. ¡Cálmate, dentro de un momento, te despertarás!.
Tardé un tiempo interminable en reaccionar. Cuando por fin lo conseguí, calenté café y lo bebí inquieta en la cocina. Otra vez la maldita pesadilla que se repite. Nunca conseguiré superarlo. Mi hijo ya no va a volver. Lo perdí para siempre. Maldito cigarro de desconocido que quemó brutalmente la mano con la que yo llevaba sujeto el cochecito y que por un acto reflejo hizo que lo soltara con la mala suerte de que estuviéramos cuesta abajo y el cochecito rodase y rodase cada vez con más velocidad. La gente no pudo pararlo y yo, enloquecida, corría y corría detrás de él, pero llegué tarde, el coche acabó volcado y mi hijo había muerto. Pero
de esto hace ya mucho tiempo. Cuando llamó mi cuñado, me sentí feliz. Otra vez había una personita en la familia, pero estaba claro que eso había vuelto a desenredar mis viejas tristezas.
Pasado el sobresalto, recordé que había quedado con mi cuñado en acercarme al hospital. Hice el camino pensando en mis antiguas, tristes y queridas cosas. Al abrir la puerta de la habitación y, como si estuviera orquestado, volvió a repetirse la misma historia. Mi hermana estaba dormida, según mi cuñado no había descansado lo suficiente. Al igual que el día anterior me preguntó si había comido, y como sí que lo había hecho, dijo que si no me importaba que él bajara un momento a comer. No me importó y allí me quedé. Debían ser las tres de la tarde y entraba mucha claridad por la ventana. Bajé las persianas y, con aprensión, me acerqué a la cuna. El niño dormía plácidamente. Verdaderamente era precioso, parecía un ángel. Esta visión hizo que me tranquilizara. La experiencia del día anterior había sido, definitivamente, una tontería.
Volví a sentarme en el mismo sofá y cerré los ojos. Parecía que todo volvía a estar en su sitio. De pronto, oí un pequeño gorgorito que cesó inmediatamente. Cuando dejé de estar alerta, escuché una especie de murmullo. Abrí los ojos y me quedé asombrada. El sofá estaba contra la pared, a la izquierda de la cama de mi hermana y la cuna estaba a la derecha de ella, de tal manera que yo no podía verla. Pero lo que si vi fueron unas manos diminutas que se agarraban al borde de la cama con firmeza y, un segundo más tarde, cómo brotaba una cabeza para, inmediatamente, aparecer una cara angelical congestionada por el esfuerzo. Nadie podría creerlo, pero aquel minúsculo personaje, literalmente, trepó por la cama hasta llegar al regazo de su madre y allí se quedó acurrucado
mirándome
esperando
Mi hermana abrió los ojos, vio a su hijo y sonrió. ¿Me lo has colocado tú aquí? ¿qué te sucede, porqué estás tan blanca?. No
nada, no es nada
sólo que hace demasiado calor y me siento un poco mareada. Ante mi mirada atónita, ella cogió amorosamente al niño y lo colocó sobre su pecho para que mamara. Su cara estaba llena de felicidad y la del niño no lo sé, porque ni siquiera me atreví a mirarlo. Me quedé allí, casi sin respirar, mientras Celia me contaba todos los pormenores del parto. Ya ha terminado ¿puedes colocarlo en su cuna? Como un muñeco mecánico me levanté. Cogí al niño entre mis brazos temblorosos, cosa que mi hermana interpretó como un signo de emoción por mi parte y, protegida por la tranquilidad que de ella emanaba, lo deposité con cuidado en su moisés. Me quedé mirándolo con inquietud. Otra vez era un bebé completamente normal, sus gestos eran como los del resto de bebés del mundo y sus ojos tenían ese velo que, en los primeros días, no les deja ver. Pero yo sabía que él si veía, por dónde andaba y porqué territorios se movía. Pero mujer ¿qué te pasa?, estás rarísima. No, ya te lo he dicho, no es nada. En ese momento llegó Mario y se sentó en la cama, rodeando con su brazo los hombros de Celia. Mientras que el trío que formaban era enternecedor, yo me estaba volviendo loca. Traté de disimular hablando, pero sólo me salían incongruencias; traté de tranquilizarme dando paseos por la habitación, pero noté que mis pies sólo daban trompicones. No sé cómo llegué a la calle.
No creo que sean necesarias las explicaciones. Todo aquello era producto de una imaginación calenturienta que, no sabría dilucidar cómo, se había apoderado de mí. Sea como fuere, llegué a enfermar. Las pesadillas eran recurrentes. Dejé de ver a mi hermana con la excusa de que había cogido un resfriado y no quería ir a su casa por no contagiar al pequeño. Me repetía una y otra vez que debía controlar mi cabeza, que todo ese asunto me estaba superando, que carecía de lógica y que yo era una persona racional, muy, muy racional. Pero de nada me servía. Me negaba a ir a un especialista y trataba de convencerme de que sola podría superarlo. Pasé unos días, no sé cuántos, no lo recuerdo, metida en una especie de nube o de burbuja. Sea lo que fuere era muy oscura. No sé si comía o no, si dormía o no, si sonaba el teléfono o no sonaba. No oía, no veía, estaba fuera del mundo. Reaccioné cuando accidentalmente me vi frente al espejo del baño. No podía ser, aquella no era yo, ni en mis peores momentos me había descuidado tanto. Aquella imagen me hizo sentir rechazo y me juré que eso se había acabado, que no podía seguir así. Siempre, aún en las peores circunstancias, había salido adelante y ahora, una serie de tonterías que se me habían metido en la cabeza me habían dejado para el arrastre. A partir de ese momento, puse todo mi empeño en mi recuperación. Cuando lo conseguí, llamé a mi hermana. ¿Si?, escuché. Hola, dije. No me dio tiempo a decir más. Una voz cargada de reproches llegaba a mi oído a través del auricular. Una voz que hacía recuento de todas las veces que me había llamado sin obtener respuesta, que me echaba en cara lo rara que era, que siempre hacía lo mismo, que de pronto desaparecía y les dejaba a todos preocupados. Esa voz me increpaba diciéndome que era una egoísta y que parecía que estuviera sola en el mundo. La voz iba subiendo de tono más y más y, cuanto más subía, más sonaba como música celestial dentro de mí. Me devolvía a la preciada realidad. Contesté a mi hermana, contra mi costumbre cuando se daban esas situaciones entre las dos, de forma cordial, agradable, casi dulce. Ella también se fue dulcificando poco a poco y resignadamente me puso al día de los últimos acontecimientos. Quedamos en que iría a su casa. Pero hoy no, debo hacer algunas cosas; mañana sin falta os veo. La vida volvía a estar en su sitio. Había conseguido escapar de aquel espeluznante pozo negro y me sentía feliz. Fui a la peluquería y después a comprar un peluche para mi sobrino. Me parecía tan irreal todo lo que me había pasado en los últimos días, que me reía de mí misma. Verdaderamente tenían razón los que decían que yo era como el Ave Fénix: resucitaba de mis propias cenizas.
Todas las horas que pasaron hasta que subí corriendo por la escalera y toqué el timbre de la puerta de mi hermana estuvieron cubiertas por una febril energía. Había dejado tanto mi vida que parecía que tenía que solucionarlo todo en un minuto. No podía permitirme el lujo de perder más tiempo. El niño estaba más gordito, más grande, tenía más pelo y era más rubio. Sus ojos eran más azules, más bonitos, más alegres. El niño hacía unos gorjeos tan graciosos que alegraban la habitación. Pasamos una tarde estupenda, parecía que no nos hubiéramos visto desde hacía mucho tiempo. Aquella era una casa repleta de felicidad. Estábamos tan bien que me propusieron que me quedara a cenar y yo acepté. Dijeron que iban a la cocina a preparar algo, cualquier cosa. Yo me quedaría allí vigilando al niño porque, no te lo vas a creer, pero a veces parece como si quisiera incorporarse él solo. Es increíble. Pensamos que va a ser muy listo. Eso es, tu sobrino va a ser muy listo, ya verás. ¡Ah!, estamos seguros de que le ha gustado mucho tu peluche.
Qué feliz me sentía, miraba y remiraba al niño y me parecía preciosa la vida. Un día estás hecha polvo y al siguiente estas plena, gozosa, esplendorosa. Cuando la felicidad casi me ahogaba, me pareció ver que el niño imitaba mi expresión embobada. Le sonreí neciamente y entonces él arqueó las cejas haciendo un gesto que me heló la sangre. Antes de que yo pudiera reaccionar, las ruedas de su cuna se pusieron en movimiento y la desplazaron haciendo vertiginosas cabriolas desde el centro del salón, donde los padres del niño la habían colocado, hasta una esquina lejana justo delante del gran ventanal. Todo esto pasó ante mis narices, en una décima de segundo. Cuando la puerta abatible del salón se abrió, bailó en el aire una pregunta inocente ¿porqué has cambiado de sitio la cuna?. Quise jurar que yo no había puesto un dedo en esa cuna
pero no lo hice.
Ahora llevo una bata blanca, limpia, eso sí, me la cambian todos los días. Cuando estoy mejor pienso y, la verdad, no sé si eso es bueno. Porque cuando pienso, me asalta la idea de que si llegara a vivir cien años, cosa que no deseo, ahora mismo estaría en la mitad de mi vida y ese pensamiento es muy triste
porque esa es la única certeza que tengo.
* * *
Si alguien ha llegado hasta aquí, habrá observado que no he cumplido mi deseo, ya que he podido terminar la historia. Pero no sé
quizás algún día lo consiga.
Comentarios:
Escrito por:
Momo
17/11/07 12:43
Muchas gracias por haber llegado hasta el final. Me encanta que te haya gustado.
Es muy buena. Yo creo que el niño de las narices era para morirse de miedo, a mí me lo dio, y listo de narices para conseguir que todos pensaran que la tía estaba loca y la ingresaran. Me mantuvo intrigada hasta el final.
Páginas: 1