HISTORIA DE "CABALLITO SIETE COLORES"

 

CUENTO – NOVELA

“CABALLITO SIETE COLORES”

 


Sobre las altas montañas de un pueblo muy lejano, entre la agreste loma de pastizales, trigales y centenos, vivía una familia compuesto por cinco modestas personas: don Leopoldo y doña Martina, los padres, Francisco y Tomás los hermanos mayores de Jacinto. Jacinto un apuesto adolescente de diecisiete años muy obediente en los quehaceres de la familia, mientras que los mayores eran unos malcriados, parranderos que paraban de fiesta en fiesta. Sucedió, que una noche en plena lluvia cuando repicaban los truenos y el frío intenso, apareció don Facundo a dar las quejas que su sementera estaba dañada como si lo hubiesen podado. El sembrío de cebada estaba dañado, mascado en gran parte. Desatendiendo la noticia, la familia no acudió al campo y peor aún por temor a la lluvia, no salieron esa noche.

            Muy de mañana, don Leopoldo, fue a ver pensando si era cierto lo dicho por don Facundo; sorpresa, gran tristeza, la amargura infundió su ser, retornó a casa e increpó a la familia por no ayudarlo para asegurar la cerca. Los hijos mayores, lo miraban consternados  por el hecho ya que podría ser motivo de castigo por no ayudarlo; pues el padre era de carácter fuerte, Jacinto, el menor observaba  escuchaba las quejas, resondradas de su padre. Ese día, don Leopoldo, dio una orden para que los tres hermanos se turnaran para cuidar la sementera de cebada.

            Estando una noche, el mayor, Francisco, en plena guardia para atrapar a cualquier persona o animal que estaba haciendo daño, se quedó dormido. Amaneció la mañana siguiente  y el daño continuaba, al llegar a casa, gran castigo recibió sobre su rudo cuerpo, no le dieron de comer. Al turno de Tomás, a éste por gustarle las parrandas, descuido lo encomendado y mientras él se divertía en la fiesta vecina, ya el daño se había consumado. Cuando retornó a casa fue apaleado por su padre, por desobediente.

            Días después, le tocó a Jacinto, tomó sus fiambres, sus ponchos y lazos de soga y, fue al campo a vigilar. Colocó las trampas para cazar al dañino. Entre la sombra de la noche y la niebla, en la madrugada fría, se apareció en vuelo un hermoso caballo blanco, muy reluciente, con alas de  siete colores,   majestuoso animal que  nunca se habría visto de tal forma.   Movido por  el  hecho,  muy nervioso,   Jacinto,  se  echó   sobre   el piso  de la tierra húmeda,   con  la  mano    lista  para  jalar  la soga  de la trampa que      fue  preparada para atrapar al injusto ruin. Sin pensar que podría sucederle, jaló con fuerza la soga, atrapándolo por el brazo, forcejearon hubo una disputa de fuerzas, más luego tomándolo por el cuello los ató sobre un fuerte árbol muy cercano, amarrando sus alas para que no volara.

            Esta noche, sin perder más tiempo, ayudado por un vecino que pasaba de casualidad con una lámpara en la mano. Se apareció con el animal dañino por el rancho donde vivía, en casa, sus padres aguardaban; al verlo, sorprendidos salieron a acecho y con voz enérgica dijo a los mayores: “Flojonazos vayan ayudar a su hermano que ha cazado a ese dañino que se comía nuestra cebada”. “Hoy va saber que ha Leopoldo no se le malogra su sembrío”. Ellos tenían un horno donde estaba hirviendo una olla con agua; Martina, tráeme la barreta, ordenó – lo puso en el fuego del carbón rojizo incandescente, para que con esa arma, matar al animal.

            Sucedió que mientras estaba atado en el establo. Al ir a verlo, Jacinto, se sorprendió cuando el “Caballito Siete Colores”, se puso a hablarle: “Amigo, por favor, te pido que me ayudes y cuando tengas tú, problemas, quiero que menciones mi nombre y todos tus deseos se harán posibles, deja mis ataduras medio sueltos para yo poder huir al momento que tu padre intente matarme”. Fue así, que cuando don Leopoldo se dispuso a realizar su cometido, se soltó de sus ataduras y huyó tan lejos donde lo llevó el destino. Jacinto, había quedado  muy conmovido. Muy molesto, el padre de ellos, lleno de ira increpó a los mayores por no haberlo ayudado a mantener prisionero al Caballito Siete Colores.

            Ese día, don Leopoldo no estuvo tranquilo, afloró su gran ira por la pérdida de gran parte de su sementera, despidió de la casa a sus hijos mayores: Francisco y Tomás, tomando sus pequeños bultos y fiambres que su madre les había preparado, emprendieron viaje por las altas montañas, en plena lluvia, muy tristes, los rayos eran intensos que les alumbraba el camino. La nostalgia los envolvía, el recuerdo de su hogar estaba presente y una actitud de venganza rodeaba sus memorias por el trato de su padre.

            Caminaron cuesta arriba, divisando las profundidades de la montaña. A veces, les provocaba gran furia por la actitud desleal de su hermano menor que no era como ellos. Al otro lado de las grandes lomas,  estaba Jacinto,  el menor,  quien no  se sentía bien, se acongojaba por la no presencia de sus hermanos que en muchas  ocasiones le hacían reír  hasta  morir,  eso  ya no había en casa. Su preocupación  era  tan intensa, añoraba estar junto  a ellos,  su  corazón se recogía de dolor.  Cierta  noche,   pasado   los  días, se  le  vino  a  la mente  lo  que “Caballito Siete Colores”   le  había dicho; sin pensarlo dos veces, aprovechó el momento que sus padres  estaban dormidos para alistar sus cosas y esconderlo muy cerca. Al día siguiente, cuando sus padres no estuvieron, dejó un mensaje en la puerta, tomó sus pequeñas pertenencias, fue a lo alto de la montaña e invocó el nombre del bello animal que le hizo una promesa. “¡Caballito Siete Colores!”, ¡Caballito Siete Colores!, ¡Caballito Siete Colores!” – retumbó en el cielo y en el amplio abismo.

            El acto mágico, sucedió en un instante, surcando los cielos, apareció volando maravilloso, “Caballito Siete Colores”, se posó delante de él, su cuerpo resplandecía los colores del arco iris. Respondiendo al llamado, el Caballito, le habló: “Amo, he me aquí, a su orden”, “Soy su siervo seguro”, “Usted dirá”. Jacinto, pronunció: “Quiero que me lleves hacia el lugar donde están mis hermanos”. Subiendo sobre el lomo del animal, viajaron por el ancho cielo, Jacinto divisaba desde lo alto, lo pequeño que se notaban las chacras, las casitas de barro y piedra, el valle verde con esencia del mejor fruto, llegaba hasta él, el viento suave se sentía agradable en el recorrido.

            En  la  inmensidad  del  campo  verde,   pudo  ver que  sus  hermanos  continuaban  viajando  con  rumbo desconocido, al parecer no habrían encontrado un lugar apacible para vivir. Entonces parló a Caballito Siete Colores, que lo dejara muy cerca de ellos, grande fue su alegría que su corazón se enalteció, agradeció a Caballito, y pronunció feliz que sin su ayuda no podría haber hecho realidad esta aventura – “Gracias”, aseveró. Caminó y caminó; cada vez que lo hacía lo motivaba estar cerca de sus seres queridos, jamás pensó, que sus hermanos lo recibirían tan mal.
            Henchidos por el odio y el rencor,  por la mala vida que le tocó vivir en la áspera y agreste montaña. Cuando Jacinto estuvo junto a ellos, recibió en actitud de venganza la más desquiciada golpiza a muerte; su cuerpo adolorido quedó tirado en el suelo, sus ojos reventados, ya nunca más vería, lo habían extraído con los endiablados golpes, dejándolo semi-muerto. Doloroso fue su suerte, sin embargo Dios estuvo con él, arrastrándose, avanzó y avanzó, hasta que un anciano, con sus manos cogió los frutos del capulí, sin imaginar lo que pasaría colocó dichos frutos sobre los espacios vacíos para refregar sus heridas, y luego se marchó. Cansado de caminar a rastras, se quedó dormido, bien dormido, sin saber cuanto tiempo estuvo así, que al despertar–Al abrir sus ojos, como por arte mágico o una bendición del cielo, pudo ver de nuevo la luz del mundo – agradeció a Dios por el milagro.

            Sin llevar rencor en su corazón por la actitud vengadora de sus hermanos por haberlos seguido, recorrió a pie hasta donde se podrían ubicar sus hermanos: Francisco y Tomás. Al llegar la noche, fue a dar a la morada de un poblador de la ceja de la altura, pudo recuperar energía, alimentarse bien y curar sus heridas con las hierbas aromáticas del monte. Transcurrido el tiempo emprendió su viaje en lo alto de la montaña, sin importarle las inclemencias de la naturaleza.

            En su trayecto, topóse con un Zorro de mala apariencia, flaco, enfermo que olía a muerte; sin vacilaciones, el Zorro, le conversó: “Amigo mío, doy gracias al cielo por encontrarte en mi camino”, “Hace buen tiempo que no he probado bocado alguno”, “Ruégole, poder calmar el hambre que tengo, mis tripas se recogen y temo morir”. Conmovido por la noticia, herido, pudo compartir la poca comida que tenía. El Zorro, mientras el bocado que pasaba por su garganta, iba cambiando de apariencia, hasta convertirse en un hermoso “Zorro”, de pelaje suave, cola poblada en fino color marrón claro. Muy contento, el animal, pronunció: “Amigo,  Dios te bendiga”,  “Hoy se hace grande tu fortuna”, “Si  algún día  de faltare algo,  llámame,  ahí  estaré    contigo”. Luego ambos siguieron su camino, deseándose la mejor de la suerte.

            Pasaron los días en el ancho valle muy lejano, Jacinto, en la distancia avistó un gran pueblo al otro lado de un extenso río profundo, más  no podía pasar, entonces, invocó el nombre de la hermosa bestia: “¡Caballito Siete Colores!”, “¡Caballito Siete Colores!” – Y éste al momento apareció, hizo cruzar  por lo alto, dejando a su amo muy cerca al pueblo. Cumplió su cometido y se marchó, al pasar por el pueblo viajó nuevamente por la cima en busca de sus hermanos.

            Llegó entonces a la casa – palacio de un Rey, que tenía grandes sementeras, era necesario trabajar y ganar dinero para obtener mejor vida, pues ya demasiadas penurias corrían en su ser.  Buscando la mejor manera acercóse a los mayordomos del Rey para solicitar trabajo, tal es así, que pudo desempeñarse como peón en las chacras del Monarca. Pasaron varios años hasta que un día, se cruzó en su camino la desdicha, sus hermanos enterados que él se hallaba en el lugar, decidieron emplearse en la casa del Rey; sus apariencias habían cambiado, se encontraron todos, más maduros que Jacinto no pudo reconocerlos.

            Una mañana, Francisco y Tomás, movidos  por la  codicia  y  la  avaricia,  en celos porque Jacinto estaba haciendo  fortuna; decidieron jugarle un mal destino,  hicieron creer al Rey que el joven podía cortar, granear y encostalar el trigo en una sola noche. El Rey al recibir la noticia se asombró y mandó llamar al muchacho, manifestándole que escuchó decir que en una noche podía lograr su cometido de cortar; granear y encostalar el trigo. – Trató de negarse pero más pudo la osadía del Rey que lo amenazó con matarlo si no cumplía tal atrevimiento.

            Entristecido por tal suceso, fue a parar al borde de una sequia para llorar su desgracia, sin saber de la maldad de su propia sangre. Sentado sobre la grama, pidió perdón al Todopoderoso, le manifestó que la prueba que le ofrecía era una bendición. Tanta fue la clemencia de sus lágrimas, que minutos después aparecieron millones de hormigas rojas, filudos podadores que al acercarse a él, uno de tantos, le dijo: “Hermano mío, porqué lloras tu desgracia”, “Acaso no existe en la tierra alguien que te pueda ayudar”; - “Si” – respondió Jacinto – “Aquí estamos nosotros para apoyarte”; “Dile a ese Rey que te proporcione cegadores,  cien  quesos  para  comer  y  tener   la  fuerza suficiente”, “A demás, nadie debe molestarte  durante tu trabajo”. Aconteció que el  Monarca  se quedó sorprendido   por  el pedido,  pero   Jacinto,   replicó que no era necesario dar explicaciones y, era mejor esperar los resultados.

            En plena noche de luna llena trajo consigo todo el pedido, dejó a expensa la comida para que las hormigas las comieran; una de ellas satisfecho aseveró: “Manos a la obra”. – Incansable fue la jornada que exhaustos quedaron todos dormidos. Al salir el sol, vio al Rey y corrió a darle la noticia del trabajo cumplido. “Sí mi Rey”; “Cómo Usted lo quiso”, “Ahí está su cosecha” – “Muy bien” , respondió el Rey.

            Agradecido por tal trabajo, le recompensó con una muy buena paga, acumulando así su primera fortuna que aparecía. Pasado los días venideros, su suerte le jugaba un mal destino, la envidia de los hermanos lo llevaron a tramar otra fechoría, Francisco y Tomás fueron donde el Rey  le pronunciaron otra novedad que Jacinto era capaz de hacer. El Monarca tenía un Potro chúcaro, el animal no podía ver a personas en su lado, era importante para él, amansarlo. Enterado el Soberano de esta  posible  labor  aventurera,  mando  avisar  a  Jacinto  para  que            se ponga  a  su  disposición.  Él,  al  llegar,           escuchó  atento lo  cometido;  entonces   el   Rey   censuró:     “Así  que     eres  muy  listo,  eres  capaz  de  hacer  semejante  cosa” –  “No,  mi  Rey”-respondió  el  joven ; - “Sí,  tienes   que  hacerlo,   sino    te    mando   eliminar” – Sentenció.

            Confundido por tal suerte, fue a parar al campo, donde lloró y lloró amargamente su destino. Ese día, vio caer el sol en color rojo sangre, prefirió morir en aquel instante. Pasado el tiempo angustiante, se le apareció en la mente lo que el Zorro le había dicho, que lo ayudaría a resolver cualquier problema que tuviese en adelante. Estando allí, el nombre del Zorro fue invocado y, éste se apareció al instante, le contó lo ocurrido, - “Muy fácil”, fustigó el Zorro, “Dile a ese Rey, que es un tonto de su parte ponerte a prueba porque eso se resuelve en su santiamén, consigue que el Rey te proporcione un bosal de plata, montura fuerte, riendas duras” – “Déjame a mí, hacerlo todo, tú, descansa” – Argumentó.

            Esa noche planeó todo lo que haría, fue a casa del Soberano, le puso en alerta e hizo los preparativos de la faena. Nadie pudo ver lo sucedido, la astucia de Jacinto, era hacerlo todo de noche; el potro salvaje, fue llevado en carrera por las lomas, los montes, espinas, piedras; sobre su lomo, prendido manejaba el Zorro como un buen jinete. Al día siguiente pudo entregar un potro totalmente amansado y, el Rey sobre el lomo de la bestia pudo pasearse por el reino, tranquilo.

            El muchacho por este hecho, recibió una buena paga, pagóle así otra fortuna sin embargo sus hermanos morían de envidia, no sabían que hacer, sus iras hacían verlo muerto.

            A los años siguientes, fue designado Consejero del Rey, recorrió el extenso territorio monacal conociendo mucha gente, trabajando arduamente que lo llevó a tener grandiosa fortuna. Parecía que nuevos aires ingresaban a su corazón, recordó a sus padres, que seguramente ya eran muy ancianos y rememoraba cada atención que su madre hizo con ellos como mimarlos, alistarles sus comidas, otras veces la voz enérgica de su padre, pero que lo hacía por el bien de todos, recorrer por el campo verde de flores bellas y la cadenciosa lluvia, otras de la torrente noche. Caminar por lo alto del monte, divisar la inmensa distancia del espacioso valle.

            Cuando todo parecía presentarse con un renovado destino, nuevas luces de vida; una mañana muy temprano, Francisco y Tomás, envueltos por la codicia de desaparecer a su hermano Jacinto, fueron donde el Rey para incriminarle con un hecho que jamás hubiese pasado por la mente de un ser humano. El Rey, tenía una hermosa hija, una doncella, de piel suave sonrosada, cabellos largos, un rostro angelical que no se encontraba con pretendiente alguno; vivía en  el palacio, rodeado de un séquito de doncellas que la cuidaban,  se bañaba  en  leche, comía  los  mejores manjares de la producción del  reino. La endiablada idea era embarazar a la Princesa; entonces dijeron al Monarca lo que habían tramado. – “Mi Rey, ese consejero tuyo en quien confías ciegamente anda diciendo que en una sola noche es capaz de embarazar y hacer parir a tu doncella, un niño que será tu adorado nieto” – Airado el Monarca, lleno de ira, mandó llamar a su más alto mando militar para que de inmediato, donde se encuentre Jacinto; sea traído por su escolta y puesto a sus pies para responder tal osadía. Fue entonces que el joven fue llevado como prisionero a los pies del Rey, quien al verlo, le increpó: “Cómo puede un siervo mío, tener tanta infamia para hacer algo abominable en contra del ser que más amo; que varón alguno ha pretendido cortejarla, ni mucho menos pedir su mano para hacerla su esposa” – “En que cabeza quepa, embarazarla y hacerla parir en una sola noche” – “¡Pues tú te lo haz buscado, pagarás semejante atrevimiento a muerte, sino lo haces como siempre pretendiste jugar conmigo, y de donde escapaste no sé con que argucia; este es tu final!” – Jacinto se inclinó de rodillas, imploró clemencia y el Rey se echó  a reír – “¡Ja, ja, ja, ja, ja!” – “Tienes una noche para hacerlo y no tendré reparo alguno en mandarte a matar si no cumples”.

            Transcurrían las horas del día nuevo; lloró su desgracia hasta arrojar sangre por los ojos, cansado, cayó sobre las hierbas del campo, elevó una plegaria al cielo por ponerlo al final de sus días. Entre los fuertes vientos y las nubes del cielo, se apareció en vuelo un Cóndor que se posó junto a él y al verlo triste, éste aseveró: “Amigo, ¿cuál es el motivo de tu llanto?” – entre el sueño sollozo contestó: “Estoy a prueba de muerte, han tratado de someterme a la más cruel tortura, sí, en una sola noche no embarazo y hago parir a la Princesa, hija del Rey, que jamás ha visto y tocado varón alguno”...

            El Cóndor, se enseñoreó en su plumaje voluptuoso y respondió una idea sabia para ayudarlo. – “Dile al Rey que lo harás pero nadie debe molestarte, ni mucho menos te pongan guardia alguno” -  Harás lo siguiente “Pedirás un cuarto libre, que tenga una ventana con mirada al campo, una cama de lo mejor del reino, sábanas finas, pañales y dos bacinillas. Ingresarás a ella con la Princesa te acostarás con la doncella, haciéndola beber un brebaje que la hará dormir hasta el amanecer, la bebida hará su efecto como si ella hubiese dado a luz de verdad”.

            Aconteció que fue a ver al Rey para comunicarle su decisión de realizar lo sentenciado.

            Mandó el Monarca que se cumpliera lo dicho, sin que fuese molestado.
            Esa noche, el acto se desarrolló de tal manera que nadie lo creería, la Princesa bebió la infusión de hierbas que la hizo dormir profundamente. Jacinto la acostó sin sus prendas íntimas, sólo con su bata real; dormía la dama sobre la cómoda cama, cuando pasado la media noche, el Cóndor, se posó sobre la ventana y le pidió la bacinilla, al cabo de una hora regresó trayendo un líquido rojizo, era sangre caliente, reciente. Ordenó al joven que lo regara sobre las partes íntimas de la doncella y sobre la sábana de la cama.  Pidió entonces dos sábanas limpias, viajó por el espacio, no se supo como lo hizo pero al salir la primera lumbrera del alba, regresó con un hermoso niño, recién nacido, cuyo cuerpecito caliente afloraba resplandeciente belleza; el muchacho lo puso sobre la entrepierna de la dama y al abrir sus ojos, muy cansada sintió el llanto del bebé que era levantado en brazos por Jacinto y recostado sobre su pecho.
            El Cóndor, pudo volar, volar y volar por los cielos, deseándole suerte a su nueva vida.  Al amanecer, movidos por la curiosidad de lo  que tenía que suceder, el Rey y la Reina fueron a visitar      a su hija para enterarse de los hechos.       Al  ingresar  a la habitación – “Asombroso”,     notaron en brazos de la Princesa, un hermoso niño, el Rey lloró amargamente por la prueba puesta al joven; se encariñó tanto con el bebé, era el nieto que esperó tener algún día y no en esas condiciones.
            Al preguntarle a ambos, lo acontecido ellos respondieron que los sucesos se dieron conforme lo deseado por la pareja, procrear, tener y dar a luz un niño. Esa mañana, Jacinto fue llevado al seno real y recibió la corona real de Príncipe, el Monarca por su parte, ordenó que castigaran a los hermanos por la injusticia cometida contra el nuevo Príncipe.
            Desde esa fecha no hubo más desgracias para él, pudo casarse con la doncella y tener una inmensa fortuna en el reino. Tiempo después su corazón se compadeció de sus hermanos e hizo que fueran hacia él para perdonarse y nunca más dañarse, pues eran hermanos de sangre y no era justo tratarse de tal manera. Llevando parte de la fortuna viajaron a casa de sus padres y les encomendó que contaran lo acontecido.
            Llegaron así los años venideros, Jacinto, decidió tomar a su esposa e hijo para visitar  a sus ancianos padres que se encontraban muy    lejos de ellos. Fueron entonces sobre la cuesta  de una loma, alejados del Palacio e invocó a viva voz el nombre de “Caballito Siete  Colores”, que en forma maravillosa apareció rayando los cielos y posóse delante de ellos; reveló a su esposa el secreto que mantuvo por mucho tiempo, que en ocasiones le hizo pasar penurias, tristezas y alegrías. Subiendo sobre el lomo del majestuoso caballo con alas del arco iris, viajaron hasta el pueblo lejano de donde un día salió y emprendió esta aventura.

            Avistó desde la inmensidad del cielo despejado, azul más azul que la misma atmósfera, a sus añorados padres que se encontraban en la puerta de la casa, arriba en la cima del monte, descendieron muy cerca de ellos y pudieron en lágrimas de alegrías, abrazarse fuertemente; después de mucho, pero mucho tiempo. Gotas pequeñas del cielo cayeron como si el universo también se alegrara por tal bienvenida.

 

 

FIN

 

 

Autor: Luis Huerta Lomotte

 

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Comentarios:

Escrito por: Linosangalli       26/10/07 17:42
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Interesante historia Luis, aunque te recomendaría que la revisaras, sobre todo las concordancias de tiempos y de géneros, además claro está, de la ortografía. Te faltan muchas tildes compañero.
Me gustó.
Escrito por: animalson       24/10/07 21:14
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Un buen cuento compañero.Como los que leia de chico, con mucha magía, prinipes y princesas.Donde el bueno siempre prevalecía.
me gusto mucho.Lo disfrute y me remonte a mis primeroas lecturas.
Un abrazo:)
Páginas: 1

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