Historia (capítulos 1 y 2)

Categoría(s): historia
Capítulo 1

Estaba anocheciendo y empezaba a hacer frío. La luz del Sol se colaba entre las nubes y se reflejaba en el mar, como un espejo, volviéndolo de un color plateado. El cielo, salpicado de nubes rosas, se volvía anaranjado a medida que se aproximaba al horizonte, donde el Sol desaparecería poco después.
Contemplar aquello era algo tan impresionante que se me hacía raro pesar que ocurría todos los días, en cualquier parte del mundo. Aun así, yo iba a verlo siempre que podía, que no eran muchas veces.
Me subí un poco la cremallera de la cazadora. Lo que había empezado como una ligera brisa hacia las cinco de la tarde ya se había convertido en un viento fuerte que me revolvía el pelo (ya de por sí imposible de peinar) y creaba altas olas que rompían en la orilla de la playa, cerca de donde estaba yo. El mismo viento que agitaba las ramas y arrojaba algunas hojas de los tres robles que había a mi alrededor. Hojas que habían tomado un color marrón claro, a juego con la luz de tono anaranjado que iluminaba toda la playa.
Me encantaba aquel sitio. Aunque supongo que por aquel entonces yo no sabía apreciarlo del todo. Por lo menos no tanto como lo hago ahora. Para mí tan solo era un lugar tranquilo donde podía relajarme y olvidarme de todo lo que quisiera, al menos por un momento. Precisamente por eso no iba con nadie más. Bueno, por eso, y por otra razón.
Seguramente os habrá pasado a algunos de vosotros. Y si no, es que soy un bicho raro. Lo cual no sería ninguna novedad, por cierto. Siempre lo he tenido bastante presente. Sí, soy un bicho raro, una persona marginada, como queráis llamarlo. De todas formas, yo prefiero clasificarme como alguien independiente, a mi bola. Suena mejor que “bicho raro”. Supongo que por eso iba solo. Porque a nadie más le interesaría ver cómo el Sol va desapareciendo tras el horizonte, el tamaño de las olas, o el sonido del viento moviendo las hojas de los árboles. Porque nadie querría estar aquí. Y mucho menos conmigo. Así que iba solo.
Pero no quiero que os compadezcáis, ni nada de esos rollos. Hacerme caso: no sirve para nada. Además, estoy acostumbrado.
Desperté de mis ensoñaciones al mirar la hora:
-¡Mierda! –solté.
Me levanté del suelo de un salto y me sacudí los vaqueros para que se cayeran todos los granitos de arena. Rápidamente, me subí a la bici y empecé a pedalear lo más rápido que pude hacia casa.
Por favor, que no haya nadie en casa, por favor…, pensé, casi suplicando.
Llegué en veinte minutos, jadeando. Subí dos millones de escaleras con la bici a rastras (no es que sea imbécil, es que no hay ascensor) y llegué al último piso. Abrí la puerta con intentando no meter mucho ruido. Si mis padres estaban en casa, todavía podía llegar hasta la habitación sin que se enterasen.
Pero no tuve oportunidad, porque cuando entré en casa, mis padres estaban plantados delante de la puerta.
-Hola -probé, a ver si colaba. Pasé entre los dos casi corriendo, intentando desaparecer de allí.
No coló.
-¿Eso es todo? ¿Hola? –preguntó mi padre, hecho una fiera.
Mi padre es el patrón perfecto para el tipo de personas calvas y feas. Y siempre con cara de enfadado. O al menos yo siempre lo conocí así. Con una arruga en el entrecejo que rarísima vez desaparece y con una barbilla pronunciada que me recordaba a la de un sargento.
-Bueno, ¿qué quieres que te diga?
Error.
-¡Es que tú te crees que puedes salir cuando te dé la gana, sin decir nada, y después de estar toda la tarde preocupados por ti, llegas a las tantas y…!
Mi padre no acabó. Estaba muy, pero que muy cabreado. Aproveché:
-No es para tanto, papá. No os dije nada porque no me habríais dejado salir, pero yo no puedo estar todo el día encerrado aquí, ¿no me entendéis…? Además, no es tan tarde…
-¡No sería para tanto si fuese la primera vez, pero los tres sabemos que no esta no es la primera, ni la segunda, ni la tercera!
Mi madre intervino:
-¿Dónde has estado?
Ella, en cambio, tiene las facciones de la cara bastante dulces, pelo negro corto y usa gafas. Pero su carácter no tiene nada que ver con la primera impresión que da. Yo lo sé bien.
-Por aquí cerca, no salí del barrio–mentí-. Pero ni siquiera es tarde, son las nueve…
-Tienes dieciséis años… -empezó mi padre.
-Que no es poco-interrumpí-. ¡Los de mi clase pueden estar por ahí hasta las once! Ya soy mayor para estar en casa a las nueve, papá.
-¡Pues no lo pareces! Si te crees tan mayor, ¿por qué no lo demuestras? Cuando veamos que te comportas como un adulto y te responsabilizas un poco, ya hablamos.
-Pero…
-¡Pero nada! Ya está todo dicho. Y ahora, a tu cuarto.
Pero yo me negué a dejarlo así. No iba a dejar que se saliese con la suya:
-¡No, papá, no está todo dicho! ¡Yo no puedo estar todo el día encerrado en casa, yo no soy como tú! ¡Y no voy a dejar que me fastidies la vida solo porque la tuya es una mierda!
Mi madre me pegó una fuerte bofetada en la mejilla y dejé de hablar al instante. La miré con ojos llorosos. En parte por el dolor, pero sobre todo por la rabia que sentía.
-No le hables así a tu padre, Iván. Y ahora vete a tu cuarto.
No necesité que me lo repitieran. Sin mirarles a la cara, cogí la bici y fui hasta mi habitación. Entré, cerré la puerta con un fuerte golpe y apoyé la bici en la pared. Me palpé la mejilla izquierda. Me ardía y me dolía muchísimo. Era la primera vez que mi madre hacía eso.
Siempre que consigo salir de casa, me llevo una bronca al volver. En aquella ocasión me llevé un rapapolvo y una bofetada. Estoy harto. Necesito vivir. La vida está para más cosas que para estudiar e ir al instituto. Y es que eso es justo lo único que ellos quieren que haga. Estudiar, estudiar y estudiar. Nunca me dejan hacer nada más. No me entienden. Después se quejan porque no salgo de mi habitación. Joder, ¿y qué quieren que haga? ¿Ir a la cocina y mirar moscas? Pues no.
Menos  libertad, en mi habitación tengo todo lo que necesito, más o menos: una cama, una estantería con cosas mías, un ordenador (con Internet, eso sí), una silla, un armario y mi guitarra. Ah, vale, y una puerta y una ventana. Mi habitación es, al igual que toda la casa, pequeña. Pero somos tres y no necesitamos  nada más. Vivimos en la última planta, en el ático, por lo que las paredes están inclinadas, lo que a su vez hace que no se puedan poner muebles altos.
No sé si alguno lo habrá adivinado: sí, somos pobres. O los pobres de la clase media, debería decir. Por lo menos tenemos una casa. El único “lujo” que tenemos en casa es Internet. Porque mi madre es periodista, porque si no, no teníamos ni eso. Bueno, periodista en paro. Mi padre… mi padre trabaja en la cárcel, pero no daré más detalles. Eso hace que siempre esté de mal humor, supongo. Yo también lo estaría si trabajase en la cárcel…
Sacudí la cabeza.
No te compadezcas, Iván, que tú no tienes la culpa. Después de todo, es él el que empieza las discusiones en casa. Y como no, las broncas siempre me las dedica a mí: que si Iván no estudia, que si Iván suspende, que si Iván es un irresponsable, que si Iván es un crío…
Bueno, debo admitir que las dos primeras son verdad. Sí, soy un mal estudiante. Pero no es algo que me preocupe demasiado. Como ya dije, la vida no está para pasársela con las narices metidas en los libros. Para acabar como mi madre, en paro, o como mi padre, amargado total. Hay gente que estudia, aprueba, saca buenas notas, consigue becas, va a la universidad, estudian lo que les sale de las narices, consigue trabajo y se hace millonaria. ¡Ja! Eso es lo que nos dicen los profesores para que estudiemos. Eso de ser millonario suena tentador, pero… después, ¿qué? Después de hacerte millonario y de tener mansiones repartidas por medio mundo, ¿qué? Así están muchos actores y actrices y gente famosa en general. Pero yo no los veo muy contentos con sus mansiones o incluso con sus islas. Dicen que el dinero no da la felicidad. Pues sólo hay que abrir un poco los ojos para darse cuenta. Los adultos se pasan eones intentando que eso nos entre en la cabeza, pero después ellos son los primeros en contradecirse. Porque nos hacen estudiar. Nos obligan. Pero ojo, no nos lo dicen para que sepamos, no. Ellos nos lo dicen para que triunfemos, para que lleguemos a lo más alto.
En dos palabras, para forrarnos. Y una vez con nuestro dinero, seremos felices. Pues vaya. Qué bien. ¿En qué quedamos? ¿El dinero da la felicidad, o no?
Pues no. De ninguna manera. Yo creo que los adultos, no, mejor, los profesores, deberían cambiar de táctica para hacernos estudiar. Lo que deberían hacer es pedirnos que estudiemos porque así seremos menos ignorantes, para que sepamos cosas.
Pero eso de que sepamos cosas es algo que a los adultos les trae sin cuidado. Eso les importa menos que los microbios que pueda haber en un hormiguero de un desierto de África. Para ejemplos, véase nuestro profesor de lengua. En fin, ridículo. Supongo que por eso yo no estudio: odio la manera que tienen los profesores de hacernos estudiar, de hacer lo que ellos quieren. Lo que nosotros pensemos les trae sin cuidado. Y no haciéndoles caso es como yo me manifiesto contra eso silenciosa y pacíficamente.
Tal vez os preguntéis si todo esto se lo he contado a alguien. La respuesta a esa pregunta sería un rotundo “no”: ¿quién se iba a dignar a escucharme? Si se lo digo a algún profesor, visto lo visto, se armaría un jaleo y llamarían a casa. Si se lo digo a mis padres, ellos acabarían llamando al instituto en plan haber-qué-le-enseñan-a-mi-hijo-para-que-llegue-a-casa-con-esas-ideas. Y la opción de amigos queda descartada. Es sencillo: yo no tengo amigos. Es lo que tiene el ser un marginado.
Antes dije que eso de no tener amigos me daba igual, porque yo soy una persona independiente. Eso es verdad, pero he de reconocer que cuando uno está solo, como yo, ser independiente no es un consuelo. Porque soy un ser humano, y como tal, necesito a alguien que me escuche cuando quiero hablar. Pero yo no tengo a ese alguien. Mis padres no me quieren como soy y a los chicos de mi edad les parezco un bicho raro.
Pensar en esas cosas me pone bastante triste, y aquel día yo estaba triste, con la mejilla ardiendo y con una rabia que apenas podía controlar. No soportaba a mi padre. Lo de que soy mal estudiante vale, pero eso de que soy un crío es algo que me supera. No soy un crío, tengo dieciséis años. Y no puedo llegar a casa después de las ocho y media. Es frustrante. Tengo que quedarme en casa estudiando. Estudiar, estudiar, estudiar… No me extraña que no tenga amigos: no tengo vida social, ¡no me dejan! Si no puedo salir de casa, ¿cómo voy a hacer amigos?
Aunque debo admitir que la culpa no la tienen solamente mis padres, porque parte de la culpa es mía. O debería decir gran parte de la culpa. Porque, aunque no pueda salir por ahí, como cualquier adolescente normal, voy al instituto.  Es un buen sitio para hacer amigos, pero también para conocer a un montón de plastas. Y resulta que yo soy un magnífico experto conociendo a las personas que mencioné en segundo lugar. Que atraigo a los imbéciles, vamos. Se ve que nací con ese don. Bueno, en realidad no siempre ha sido así…
Pero eso es otra historia que no me apetece contar.
Se ve que si quieres conocer a alguien que te comprenda, a un verdadero amigo, no puedes quedarte esperando, calentando la silla, y esperar a que alguien se digne a hablar contigo. Eso no da resultado, créeme. Una vez leí “Si quieres ser conocido, tienes que darte a conocer”. Ya sé que probablemente no significa eso, pero yo lo traduje como “si quieres amigos, búscatelos.” Supongo que debería aplicármelo, ¿no?
Pero yo sigo con la impresión de que no le voy a caer bien a nadie. Porque soy un bicho raro. Y no quiero aparentar lo que no soy. Prefiero ser yo mismo y estar marginado a tener que mentir para no serlo, eso sí lo tengo claro.
Como dice una canción de Amaral:
Sentirse solo, sentirse aparte.                                                                                   Prefiero vivir a mi manera,                                                                                               eso no hace daño a nadie,                                                                                                 solo quiero que me entiendan.
¿Alguna vez os ha pasado que parece que alguien compuso una canción pensando en ti? Pues esa es la mía, sin duda.
En todo eso estaba pensando yo aquella noche mientras daba vueltas en la cama, incapaz de dormirme. Mi padre había decidido que no cenara aquella noche, y “así aprendería”. Pues no sé él, pero un chico en plena edad del estirón no puede dormir, pensar, y mucho menos aprender con el estómago vacío. Claro, no me atreví a replicar, total, no me entenderían. Nunca lo hacen.
A veces pienso que no soy de esta familia, de verdad.

***
Alargué un brazo y busqué a tientas con la mano el despertador, en un intento de apagar aquel irritante tiririrí. Después me tumbé boca arriba y cerré los ojos. Casi me vuelvo a dormir. Me levanté de mala gana y me asomé a la ventana. Fuera había algunas nubes, pero no parecía que fuera a llover. Todavía estaba algo oscuro y se veían algunas estrellas brillar débilmente. Me fui al baño y nada más entrar me topé con mi doble del espejo, que me miró con cara de sueño. Me lavé la cara para ver si se me mejoraba la cara y, de paso, espabilaba un poco. Pero nada, mi cara seguía igual: piel clara, con algunas pecas en la nariz y debajo de los ojos marrones, del motón, y pelo negro cayendo a mechones sobre la frente. Ése soy yo. Iván González Alonso.

Aquella mañana no fue como las demás. Yo estaba nervioso, como esperando algo. Pero no sabía a qué. No conseguía concentrarme en clase, estaba pendiente de otras cosas. De cualquier detalle que pudiese justificar aquel extraño comportamiento.  Pero acabó la mañana y todo seguía igual.
Pero, cuando estaba en el portal de mi casa y cerré la puerta, lo recordé todo de repente. Me llegó a la mente una imagen de mí mismo cerrando esa puerta tras salir a la calle. Echaba a correr… y de pronto estaba flotando por encima de las casas del barrio… la piscina, el parque… llegaba a la playa… Y me detenía. Volví a sentir el mismo sentimiento que había tenido aquella noche, en ese sueño. Al ver a una persona en la playa me inundó una felicidad que no recordaba haber sentido nunca. O muy pocas veces.
Extrañado, empecé a subir las escaleras.
¿Por qué ese sueño? ¿Por qué esa felicidad? Y sobre todo, ¿quién era aquella persona? No pude verle la cara. O tal vez sí, y no me doy cuenta, no la recuerdo. Los sueños son recuerdos borrosos que, en la mayoría de los casos, ni uno mismo sabe interpretar.
“Recuerdos… o no.” Pensé entonces.  
Me paré en seco. Era verdad: a veces soñamos con cosas que van a ocurrir. ¿Significaba eso que…?
Mi madre me abrió la puerta y debió de notarme algo raro.
-Iván, ¿estás bien? Te veo un poco acelerado.
-¿Eh?-me sorprendí, estaba distraído- Sí, sí, estoy bien. Hoy me he levantado con ganas de hacer cosas… -improvisé- Así que me voy a hacer un trabajo de Física, que si lo tengo bien me ponen un positivo y no me vendría nada mal…
-Espera. Quería decirte que hoy voy a ir a ver a tu tía, que me ha llamado. Tu padre vuelve como siempre, a las diez.
-¿Me quedo solo?-pregunté ilusionado.
-Sí. No hagas ninguna locura, ya sabes, no prendas fuego a la casa ni nada por el estilo, ¿eh? ¿Me puedo quedar tranquila?
Hoy estaba bastante cariñosa. Decidí complacerla.
-Sí, vete tranquila-dije-. Oye, y que haya pasado una vez no quiere decir que vaya a incendiar la casa cada vez que me quede solo, ¿eh?-bromeé.
Ella me devolvió una sonrisa triste. Murmuró un “hasta la noche” y desapareció al cerrar la puerta tras de sí. Todo se quedó en silencio, excepto el tic tac del reloj de la pared de la cocina-salón-comedor. Por un momento me pregunté qué le pasaría. Estaba rara, triste. No me había reñido por no recoger los calcetines, ni por no usar el felpudo antes de entrar.
Me encogí de hombros. Fui hasta la ventana para comprobar que se había ido y, después, cogí la bici y las llaves y salí a la calle. No pude esperar más tiempo.
Bien, si no recordaba mal, en el sueño había ido a la playa. Hala, pues a la playa. Me puse en camino, pedaleando lo más rápido posible.
“Iván, imbécil, solo es un sueño.” Pensaba “No va a haber nadie en la playa, es un sueño, eso es todo…”.
Pero, pese a ello, yo no quería perder la esperanza: ¿y si aquel sueño no había sido un recuerdo, sino una especie de dejavú? Y lo mejor de todo: ¿y si en la playa está la persona que estado buscando (más bien esperando) todos estos años? Aquella idea me llenaba de esperanza, alegría e impaciencia. Empecé a pedalear con más fuerza. Durante unos diez minutos no pude pensar en otra cosa: iba a conocer por fin a aquella persona a la que, aún sin conocerla, siempre había echado de menos.
Y tenía razón: no volvería a vivir un día en el que no recordase aquella tarde.
____
Me bajé de la bici y recorrí los últimos metros que me separaban del árbol, donde yo solía ir siempre que podía. Miré hacia todas partes, jadeando. Pero allí no había nadie. Nadie. Ni siquiera gente bañándose en la orilla. Se me cayó el alma a los pies, por no decir que se perdió en el Hades.
¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para creer que un simple sueño podía significar algo? Cabizbajo, monté otra vez y pedaleé hacia casa. Era un sueño, nada más, me repetía una y otra vez. La alegría que había sentido hacía unos minutos me había abandonado de repente, dejándome solo, enfadado conmigo mismo y decepcionado. Seré imbécil. ¿Realmente creía que iba a haber alguien allí? ¿Por qué lo vi en un sueño? Suena a chiste. Iván, eres un marginado, ¿a quién le ibas a caer bien? Pues a la persona del sueño. Ya, pues resulta que “la persona del sueño” no existe, por eso era de un sueño. Bueno, pero a veces algunos sueños se hacen realidad. Ya, pero el tuyo no se va a hacer realidad, porque solo se hacen realidad los sueños de aquellas personas que lo deseen de verdad. Pues eso no es justo, todas las personas deberían poder hacer realidad sus sueños. Además, ¿quién me dice que yo no lo desee…?
-¡Cuidado!
Me volví hacia todas partes, sorprendido. A los dos segundos yo estaba en el suelo. Un poco dolorido y desorientado, me levanté y vi que no era el único que se había caído. Comprendí que la culpa había sido mía, ya que iba bastante (o debería decir totalmente) distraído. Fui hasta ella e intenté ayudarla, torpemente. Pero ya se había levantado.
-¿Estás bien?-pregunté. Por educación, más que nada.
-Sí, sí.
-Lo siento, no sé en qué estaría pensando…
-Ya, yo tampoco.
Parecía enfadada. No me gusta hacer enfadar a la gente.
-Oye, lo siento, de verdad… Si puedo hacer algo para…-callé de lo sorprendido que me quedé al oírme a mí mismo diciendo aquello.
Ella me miró y arqueó las cejas. Me sorprendí. Fue tan solo un segundo, pero noté que iba a decirme algo y después cambió de opinión. Mirando al frente, se despidió:
-No, estoy bien. Adiós.
Y se fue.
Yo suspiré. Había salido de casa con la esperanza de encontrarme con un amigo y en vez de eso había chocado, literalmente, con una chica borde que se había enfadado conmigo. Y encima, pija. Será tonta.
Iba a irme cuando vi un móvil en el suelo, tan solo a unos dos metros de donde había caído la chica. Me acerqué y lo cogí, y estuve un rato dándole vueltas en la mano, dudando. No lo iba a dejar ahí, hala. Tampoco podía echar a correr detrás de ella, no la alcanzaría. No me quedaba otra opción. Me lo metí en el bolsillo de los vaqueros y me fui a casa.
Cuando llegué mis padres estaban en casa, pero no me dijeron nada. Qué raro. Esperé a que ella llamara. Su móvil solo tardó unos veinte minutos en sonar. Era una melodía de piano. Qué pijo, por dios, pensé.
-¿Sí?- contesté.
-Vaya, por fin me coges el móvil.
Me quedé helado. Yo conocía esa voz. Y no era precisamente de la dueña del móvil, era de chico.
-En realidad, yo…- empecé.
Le iba a decir que no era quien creía, pero ni siquiera se debió de dar cuenta de que yo era un chico. Siguió hablando sin parar:
-No, déjame hablar-y yo le dejé-. Por fin que ahora me contestas, te quiero decir una cosa para acabar con esto de una vez. Si tú lo que quieres es estar así, por mí ningún problema, pero que te quede claro que ha sido idea tuya. Así que después no me vengas lloriqueando como la última vez. Tú solita te lo has buscado. ¿Estamos?
Yo me quedé sin habla. ¿Qué podía decir?
-Pues…-dudé.
-¿Qué? ¿Sí o no?
-S… sí.
-Pues entonces ya está todo dicho. Adiós.
Y colgó.
La había cagado pero bien. ¿No se me ocurrió mirar quién era antes de contestar? Además, tendría que haberle dicho desde el principio que yo no era quien él creía que era, y no me habría contado todo aquello. Lo peor de todo es que yo le conocía, sabía quién era…
De repente el móvil volvió a sonar y pegué un bote. Estaba totalmente distraído, con el teléfono en la mano. Esa vez sí me fijé en quién llamaba. Ponía “casa”. Ah, bueno, pues entonces sí podría contestar.
-¿Sí?-contesté por segunda vez.
-Oye, no sé quién eres, pero me has robado el móvil, gilipollas.
-Ya, bueno… en realidad no te lo he robado… -me defendí sorprendido.
-¿Quién eres?-preguntó interrumpiéndome.
-Ah, claro. Soy el chico de la bici, nos caímos los dos esta tarde. Se te cayó el móvil y lo recogí, no lo iba a dejar ahí…- ella no dijo nada, supuse que se había quedado sorprendida- Dime dónde vives y te lo llevo.

***
“Así que aquí  vive ella.” Pensaba el día siguiente por la tarde.
Me encontraba delante de su casa. Había un camino de piedra desde la acera hasta la entrada de la casa, donde había unas escaleras de piedra blanca. A lo largo de todo el camino había muchos árboles. Podría especificar qué especie de árboles eran, pero es que la biología nunca ha sido lo mío.  A un lado del camino pude ver, detrás de los árboles, una piscina. Aquello era enorme. Y la casa no era menos. De dos pisos,  y de ladrillo marrón, me recordaba a la típica casa encantada o abandonada. Pero esta, sin embargo, no daba miedo. Lo habría dado de no ser porque todo estaba limpio, cuidado y colocado al milímetro. Desde luego no parecía una casa abandonada. Era preciosa. Parecía sacada de una película. Hasta había un columpio de madera en el porche acristalado.
-Joder.
No pude contenerme. Estaba claro que a aquella familia no le faltaba el dinero. Una piscina en casa, tío.
No tardé en sentirme como basura. Una casa así, que parecía de mentira de lo preciosa que era y yo ahí plantificado, de vaqueros y una camiseta que me quedaba enorme. Decidí que lo mejor que podía hacer era largarme de allí lo antes posible.
No me lo pensé más y llamé al timbre, que sonó con el mítico ding-dong. Aquel sitio estaba totalmente en calma y el timbre sonó muy fuerte, o al menos eso me pareció a mí. Esperé un rato, pero nadie me abrió la puerta. Qué raro, ella ya sabía que iba a venir. Me di la vuelta para observar el jardín. Hacía bastante calor, podrían estar en la piscina…
-¿Qué desea?
Me volví bruscamente hacia la puerta. Allí estaba quien supuse que sería la madre de la chica. Tenía el pelo corto y rubio, aunque claramente teñido. Excesivamente maquillada, tenía cara de cansancio. O tal vez de aburrimiento. Llevaba un traje de color rosa palo que no le favorecía en absoluto. Era de facciones duras, tenía los pómulos muy marcados. Me daba mala espina. Habría sido guapa si no hubiera tenido esa mirada tan fría.
Me resultaba cara conocida.
-Sí, eh, disculpe… -dudé un segundo antes de ver su anillo de casada en su dedo anular, junto a otros tres o cuatro- señora, ¿puedo hablar con su hija?
Después de decirlo me entró miedo de haberme equivocado y que no fuera la madre, porque me miró desconfiada. Después me evaluó con la mirada de arriba a abajo.
-Solo será un momento, se lo aseguro.
No parecí gustarle. Intenté arreglarlo:
-Ella ya sabe que yo iba a venir.
-No sé qué…
-Mamá, ya hablo yo con él.
La chica acababa de llegar. Pelo negro largo, ondulado, ojos azules. Se plantó delante de la puerta y miró a su madre muy seria. Antes de irse, ella me miró con un aire de superioridad y de repugnancia que me recordó al tipo de muecas que a veces ponía mi padre. Eso no me gustó en absoluto. Por fin, se fue.
La chica se me quedó mirando apoyada en el marco de la puerta de la entrada.
Por un lado se parecía bastante a su madre, por otro lado, no. Sus ojos eran iguales, azules, grises, no podía saberlo. Me había parecido que la madre tenía la mirada muy fría por el color de los ojos. En ese momento me di cuenta: no pudo ser por el color de los ojos, porque su hija los tenía exactamente iguales y, sin embargo, su mirada no era fría, sino alegre. Además, ella no tenía cara de amargada ni mirada de repugnancia o superioridad. Ni parecía cansada. Aunque puede que aburrida sí.
-Eh, sí… -saqué su móvil del bolsillo de mis vaqueros y se lo tendí- Toma.
Ella lo cogió.
-Gracias- dijo-. Oye, perdóname por lo del otro día. Iba de mal humor y no me apetecía hablar con nadie.
-¿Qué? Si era yo el que iba despistado. Yo debería pedirte perdón-dije eso y me quedé pancho. Fue entonces cuando me di cuenta de que de hecho, no le había pedido perdón-. Ah, claro… Perdón.
Torpe de mí.
Ella sonrió y cambió de tema.
-Me extraña que me hayas devuelto el móvil. Otra persona se lo habría quedado.
Me encogí de hombros.
-No me gusta robar.
-¡Nena, entra en casa! – se oyó la voz desde dentro.
La miré con las cejas arqueadas, no pude evitarlo. Temí que le sentara mal, pero ella se rió.
-Sí, lo sé, es ridículo. Odio que me llamen así- yo le devolví la sonrisa-. En fin, gracias otra vez –me agradeció levantando el teléfono.
-Adiós –me despedí.
Bajé las escaleras y fui a casa. Cuando llegué me di cuenta de que no le había dicho que la habían llamado. Bueno, pues ahora ya nada. No tenía su número ni nada por el estilo. Y tampoco iba a volver hasta su casa a decirle eso, quedaba muy lejos de mi barrio.
Cogí el discman (no hay para mp4), me tumbé en la cama. Cerré los ojos.
Y a soñar.
Me imaginé que estaba en la playa, bajo mi árbol, viendo cómo el Sol desaparecía detrás del horizonte, el ininterrumpido ir y venir de las olas, las hojas secas cayendo a mi alrededor. Niños llorando porque quieren acabar sus castillos de arena y sus padres no les dejan. Les dicen que lo acabarán al día siguiente, aun sabiendo que al día siguiente se los habrá llevado alguna ola. Adultos que recogen las toallas y las sombrillas, algunos pensando en llegar a casa y tumbarse en el sofá, otros pensando en preparar la cena para los primeros, la mayoría de todos ellos suspirando porque ya apenas quedan tardes de verano antes de que acabase septiembre y empezase a hacer frío de verdad. ¿Qué tendrá el verano? ¿Qué tendrán las tardes de verano, que hacen que todo el mundo esté feliz? Esa luz que lo envuelve todo de color anaranjado durante el mes de septiembre…
Unos fuertes golpes en la puerta me despertaron. Me quité los cascos y abrí la puerta.
-Iván, ¿de dónde vienes? –me preguntó mi madre muy seria. Mi padre estaba tan solo a unos palmos de ella.
Improvisé torpemente:
-De… casa de Alberto. Me tenía que devolver unos apuntes… que le dejé el viernes.
-¿Seguro?
-S…sí.
Me arrepentí de inmediato, nada más ver sus caras.
-Entonces, ¿cómo es posible que haya llamado Isabella diciendo que hoy te has presentado en su casa?
-¿Qué Isabella?
-Isabella Moccia, Iván –dijo ella con impaciencia-. La mujer del jefe de tu padre.
-Pero si yo no conozco a ninguna Isabe… oh.
¡Claro! Había estado en casa de los Moccia. Federico Moccia era el jefe de mi padre, el padre de la chica de la bici. Lo que pasa es que no hay muy bueno relación entre los Moccia y los González…
-Iván, sabes perfectamente que a ellos no les agradan las visitas.
-Lo… lo sé, pero no sabía que eran ellos.
Os aseguro que aquello sonaba mucho mejor en mi cabeza.
-¿Cómo que no sabías que eran ellos? ¿Quiénes iban a ser?
-Mira, Iván- empezó mi padre -, puede que a ti no te importe en absoluto, pero a ellos no les gustan las visitas de gente como nosotros, de clase baja –se me hizo muy raro oírle eso de “la clase baja”-. ¡Y yo necesito conservar ese trabajo porque es lo único que tenemos! No me puedo andar con confianzas, Iván.
-Yo… no quería molestar, en serio. No sabía que era su casa.
Me preparé para la bronca que vendría a continuación, pero él se fue a la cocina sin decir nada más. Miré a mi madre con cara de arrepentimiento.
-No vuelvas a esa casa. Tu padre cree que van a despedirle.
Me asusté. Si mi él dejaba de trabajar y mi madre no conseguía trabajo no sabía qué íbamos a hacer para salir adelante.
-Te prometo que no volveré- dije muy serio.
-Bien- suspiró. Me miró un momento y después dijo-. Venga, vamos a cenar y olvidemos todo esto.
Me fui con ella hasta la cocina. Ninguno de nosotros lo olvidó, por lo que fue una cena silenciosa y triste. Yo solo pude sentirme culpable.





Capítulo 2

-Silvia.
Silvia se levantó de su asiento en la tercera fila y fue hasta la mesa del profesor, donde le esperaba su examen corregido. Lo cogió y al ver la nota, sonrió y susurró su nota a los que la miraban interrogantes de la que volvía a su sitio. Un diez. Normal, Silvia siempre saca buenas notas. Se pasa la vida estudiando. Pobrecilla, pensaba yo.
El profesor de Historia siempre entregaba los exámenes de mejor a peor nota.
-Lucas.
Por eso, Lucas no pudo evitar cerrar el puño en gesto de triunfo, levantarse de un salto de la silla e ir casi corriendo hasta la mesa del profesor, Miguel. A él le hizo gracia y sonrió. Lucas era el payaso de la clase, siempre estaba haciendo el tonto. Pero como estudiaba bien a los profesores no les importaba.
Lucas había sacado un nueve con veinticinco.
-Iván.
Toda la clase se dio la vuelta para mirarme. Y yo me quedé sin saber qué hacer. Tenía que ser un error. ­La única explicación que se ocurría era que el resto de la clase había sacado un dos o menos. Bueno, eso, o que se le hubiera traspapelado mi examen…
-¿Qué? –pude decir.
-Tu examen.
-Pero…
-Ven a por él, tenemos prisa –dijo Miguel impaciente.
Yo me levanté inmediatamente y cogí mi examen.
¿Un nueve? No, no era posible.
-¿Seguro que este es mi examen? –pregunté.
-Sí, tienes un nueve –dijo, y toda la clase se quedó con la boca abierta (me incluyo).
Yo no dije nada. Un nueve, tío. Alguien como Silvia o Lucas lo vería normal, puede que incluso escaso. Pero yo, que soy de sacar doses, treses y algún que otro cuatro, no me lo podía creer. Había estudiado para ese examen, y mucho. Pero no lo hice por el examen, si digo la verdad, ni siquiera sabía que había un examen. Quiero decir que lo estudié para mí, para saberlo. Era sobre Egipto y, bueno, lo encontré interesante, así que le di un repaso. Hacía años que no sacaba un nueve. Desde primaria, diría yo.
-Quédate después de la clase, quiero hablar contigo –dijo Miguel cuando yo me senté.
Eso sonó muy mal. ¿Creía que había copiado? ¿Y cómo le decía yo ahora que no, que realmente había estudiado? Porque, seamos realistas, yo no estudio, así que no es de extrañar que él creyera que había copiado. Temí el final de la clase durante cuarenta y cinco minutos, pero, como todo, llegó. Los demás se fueron y yo me acerqué a su mesa.
-Miguel, ya sé que puede parecerlo, pero te aseguro que no he copiado… -dije yo, nervioso.
-Iván, ya sé que no has copiado. Nadie ha puesto lo mismo que tú en el examen en las preguntas de explicar, que han sido las que más he valorado. Además, se te veía muy centrado en este tema.
-Bueno… es que me gusta mucho –admití.
-Lo sé. Quería decirte que sigas así. Todos los profesores sabemos que tienes cabeza para sacar esas notas, solo tienes que proponértelo. ¡Estudia así todos los días y sorpréndenos con tus notas!
A mí no me gustó esa idea. Una cosa era estudiar de vez en cuando para Historia, y otra cosa era hacer como Silvia, por poner un ejemplo.
-Pero a mí lo que me gusta es Historia. –dije negando con la cabeza.
-Pero tienes que estudiar un poco de todo, Iván. Solo con Historia no vas a ninguna parte. Tiene que haber algo más que te guste. ¿No hay nada que te llame la atención?
-Bueno –pensé-, me gusta la historia… Me interesan las culturas antiguas, no sé… Grecia, Egipto, los Mayas… Pero también otras cosas, como… los códigos secretos…
-¿Los códigos secretos? –preguntó sorprendido- ¿A qué te refieres?
-Nada, nada, es una tontería.
-No, siento curiosidad.
-Pues, a ver… -dije yo pensativo y a la vez un poco sorprendido por su interés- La manera que tenían algunas personas para comunicarse en secreto, no sé cómo se llama…
-Criptología. –dijo él asintiendo.
-Sí, eso.
-¿Y sabes algo?
-¿Eh?
-Que si sabes algo de criptología.
Ah, claro. Me sentí estúpido.
-Bueno… sé cómo van algunos cifrados, como Atbash, Francmasón… el de cenit-polar…
-¿Y todo eso? ¿Te lo enseñaron en casa?
-¿En casa? –dije casi riéndome en sus narices- Qué va. Ellos… tienen bastante como para enseñarme esas cosas. Eso va todo por mi cuenta.
Siguió un silencio incómodo. Fue él el que habló tras unos segundos:
-¿Y tus padres lo saben?
Me sorprendí (otra vez).
-¿Que si saben que me gustan esas cosas? No.
-¿Y por qué no se lo dices? Tal vez a ellos les gustaría saber…
-Lo dudo mucho –le corté-. Nunca muestran interés alguno en lo que me pueda interesar. Pero no me importa –me mentí a mí mismo-, estoy acostumbrado.
-Pero tus amigos sí, supongo. A ellos sí les importas.
-Puede que les importase si los tuviera.
-Algún amigo tienes que tener, no sé, alguien de clase, o de otro instituto…
-¿Por qué me preguntas todo esto? ¿Qué te importa?
Me di cuenta entonces de lo maleducado que había sonado aquello. No era mi intención, o al menos no tanto. Pero a él no le sentó mal. Hay que ver la paciencia que tiene.
-Te lo pregunto, Iván, por lo que te dije antes: sabemos que puedes sacar esas notas –dijo señalando mi examen, que seguía sobre mi mesa- puede que incluso mejores, si te lo propones.
-¿Y cuál es el problema?
-Ése es el problema. Nunca te lo propones. Y creo que ya sé por qué: estás perdido.
-¿Estoy perdido? –dije sin entender nada de lo que me estaba diciendo.
-Bueno, quizás perdido no sea la mejor palabra. Estás desmotivado.
Eso ya lo entendí mejor. Pero no del todo.
-Bueno –empecé-, ¿y qué?
-Iván, si quieres ser feliz tienes que tener algo en lo que creer, algo que justifique todo lo que haces, algo que te levante cada día de la cama. ¿Cuál es tu sueño?
-¿Mi… mi sueño? Yo… -y no supe seguir.
Pensé durante al menos un minuto que se me hizo eterno. ¿Cuál era mi sueño? Aquello por lo que levantaba cada mañana… aquello en lo que creo… ¡Mi sueño! No se me ocurría. Nunca en mi vida me había parado a pensarlo.
-No lo sé -admití por fin-. Y es raro, porque me siento triste, como…
-Perdido –acabó por mí.
Lo miré alucinado. Miguel me devolvió una sonrisa triste.
-Me ha gustado hablar contigo –dijo-. Piensa en lo que te he dicho. Y enhorabuena por el examen –me felicitó dándome unas palmaditas en el hombro.
Lo vi coger su maletín y su chaqueta y salir por la puerta. Yo me quedé allí sin saber qué hacer.
¿Por qué?
Me di la vuelta y eché a correr hacia el pasillo, pero él ya no estaba.

***
-¿Has copiado? –fue la primera cosa que se le ocurrió preguntar a mi padre cuando les enseñé el examen.
-No, claro que no. –dije ofendido, aunque entendía que resultaba difícil de creer.
-¿Entonces?
-Bueno, pues era un tema que me gustaba, y estudié –dije encogiéndome de hombros.
-¿Y fue para tanto? Porque si estudiaras así para todo no tendrías problemas –dijo mi madre.
-Ya, pero…
-¿Estudiar así para todo? Ni que no lo conocieras, Ana. Con lo vago que es, ¡ja! Me gustaría verlo a mí estudiar así.
Lo miré dolido. ¿Y Miguel quería que les dijese que me interesaban los códigos secretos?
Opté por cambiar de tema:
-¿Puedo salir?
Ellos se miraron. Pero yo sabía lo que pensaban. Mi madre me dejaba, a mi padre le daba igual. Pero no quería demostrarlo. Mi madre no me diría que sí hasta que no lo hiciera mi padre. Siempre es así.
Mi padre nos miró y dijo, como si se sintiese obligado:
-Si os empeñáis. Pero haz primero los deberes.
-No tengo –dije, y era verdad.
-Puedes salir, ¡pero no vuelvas tarde!
-¿A las diez vale? –dije mientras abría la puerta para salir tras haber cogido la bici.
-¿A las diez? Ni hablar, a las nueve y media y da gracias.
-¿Ni siquiera hoy me dejas…?
-No te creas que haber sacado un nueve en un examen va a solucionarte la vida.
-La vida no, pero un día… Venga, solo hoy.
Lo oí suspirar.
-Está bien, pero a las diez, ¡ni un minuto más!
-¡Gracias! –grité, y cerré la puerta.
Empecé a bajar escaleras con la bici a rastras. Bajar cinco pisos con ella es un engorro, pero subirlos es una pesadilla. No sería la primera vez que me caía por eso.
Sobra decir que fui a la playa. A mi rincón, debajo de un árbol, en la hierba. Por el camino recordé la conversación que había tenido con Miguel aquella mañana.
Perdido. Desmotivado. Así me sentía cuando recordaba que no tenía ningún motivo para vivir. Y es que, por más que le daba vueltas y más vueltas, no se me ocurría nada. ¿Mi vida no tenía sentido? Entonces, ¿para qué estoy aquí, si se puede saber?, pensaba todo el tiempo.
Cuando por fin llegué a la playa, vi que ya había alguien allí, en mi sitio. Era una chica y estaba apoyada contra el tronco del árbol. Mi árbol, para concretar.
Dudé unos segundos. Finalmente me encogí de hombros: pronto se haría de noche y quienquiera que fuese esa persona, se iría. Yo, hasta las diez, tenía tiempo de sobra. Feliz con ese pensamiento, fui hasta ella y me quedé a unos tres metros de distancia, esperando a que me dejara el sitio libre. Pero ella no parecía tener intención de irse. Había sacado una libreta y se había puesto a dibujar.
Vaya.
A los diez minutos empecé a aburrirme. Ella seguía dibujando. A falta de algo mejor que hacer, me acerqué disimuladamente y alargué el cuello con curiosidad para ver qué estaba dibujando. Era un fénix. Me quedé maravillado de lo bien que dibujaba.
Pasados unos minutos, ella no pudo seguir fingiendo que no me veía y alzó la cabeza. Yo retrocedí un poco, entre sobresaltado y avergonzado por lo descarado que había sido.
-Hombre, hola.
Yo me sorprendí, hasta que comprobé al verle la cara –sobre todo los ojos- que era la chica de la bici, o del móvil. La hija del jefe de mi padre.
-Ah, hola –saludé-. No sabía que eras tú.
-Ya, yo tampoco –dijo riéndose.
Miré a mi alrededor.
-Bonito el sitio, ¿eh?
-Sí, me encanta. Y éste árbol de aquí –dijo señalando detrás suyo con la cabeza- da mucha sombra y es muy cómodo.
-Ya lo sé. Es donde me siento yo cuando vengo aquí –dije con segundas, esperando a que ella se fuera. No es que me cayera mal (aunque me pareciese un poco pija), pero era la única vez en mucho tiempo que me dejaban salir y no iba a dejar que ella me lo estropeara. Pero después me acordé de que el puesto de mi padre estaba en juego, así que opté por ser más amable, o fingir ser más amable-. Me encanta el fénix –dije después, señalando su libreta-. Dibujas muy bien.
Se puso contenta.
-Gracias.
Estuvimos un rato en silencio, cada uno a lo suyo: ella dibujaba y yo observaba el mar, las nubes, la gente. Estaba empezando a nublarse y a hacer frío. Los niños salieron del agua y corrieron hasta sus toallas para secarse, menos los que mejor se lo estaban pasando, que intentaron seguir un rato más.
Sentía envidia de esos niños. Yo no recuerdo que mis padres me acompañaran a la playa en plan familia feliz, como esos niños. O tal vez sí y soy yo el que lo ha olvidado todo.
Poco a poco, la gente se fue yendo hasta que solo quedaron unas cuantas personas además de nosotros.
De pronto, recordé algo:
-Siento lo del otro día, cuando fui a tu casa. Yo no sabía… no quería molestar.
-Pero si fui yo la que tuvo la culpa. O sea, la culpa no, pero que tú fuiste a llevarme el móvil. No tienes por qué disculparte.
Yo me senté en la hierba junto a ella, suspirando.
-Pero tu madre llamó después a mi casa diciendo que yo había estado allí.
Me miró atónita.
-¿Cómo que llamó a tu casa?
Entonces, ¿ella no lo sabía?
-Es que tu padre es el jefe del mío, y por lo visto llamó porque no le agradó mi visita. Ya sabes, de gente como yo. –dije señalando mis pintas.
-No fastidies.
-Es verdad. –dije encogiéndome de hombros.
Ella se enfadó muchísimo de repente.
-¡Estoy harta de esa tía! Siempre se anda con las mismas historias, se mete donde no le llaman, sobre todo en mis cosas.  Y mi padre también.  Es que se creen los reyes, solo porque tengamos una casa así y dinero y todas esas tonterías.
-¿No te llevas bien con ellos? –pregunté con curiosidad.
-Para nada –dijo sin dudar-. Me tratan como si fuera una niña pequeña, ya viste que me llamaban “nena”. No me dejan en paz un solo momento. Una vez tuve el error de decirles que en clase una chica me había llamado pija, se lo tomaron fatal ¡y fueron a su casa a hablar con sus padres! ¿Te parece normal? Yo lo pasé fatal, y lo peor es que solo había sido en broma. Pero después de eso se enfadó conmigo y ahora anda criticándome por el instituto. No fue la última vez que mis padres consiguieron que la gente me odiara por su culpa.
-Vaya, y yo que creía que solo los pobres teníamos problemas.
-¿Bromeas? Tener problemas no tiene nada que ver con la clase social. Hombre, los pobres tienen problemas económicos y tal, pero en lo demás, una cosa no tiene que ver con la otra.
-Ya. El dinero no da la felicidad –resumí.
-Exactamente –hizo un garabato en la esquina inferior derecha y arrancó la página donde estaba dibujado el fénix. Me la tendió -. Toma, quédatelo.
La miré sorprendido.
-Pero… es tuyo, no, no puedo aceptarlo.
-Claro que sí, yo no lo quiero para nada. Acabaría guardado en un cajón lleno de polvo –yo dudé-. Considéralo un regalo por no ábreme robado el móvil- sonrió.
Cogí el dibujo y lo miré.
-Bueno, pues muchas gracias –dije agradecido. Miré la firma de la esquina -. ¿Te llamas Mara? –pregunté mientras me metía la hoja en el bolsillo del pantalón.
-Sí. Bueno, en realidad, no. Me llamo Siomara, pero no me gusta, así que siempre pido que me llamen Mara, a secas.
-¿Siomara? Es un nombre poco común.
-Sí, la verdad –dijo-. ¿Y tú cómo te llamas?
-Iván.
-Ese ya es más normal.
-Sí.
Nos reímos. Ya había olvidado por completo el que se hubiera sentado en mi sitio. Era una tontería.
-Mara Moccia… Así que eres italiana.
-Mis padres sí. Yo no, nací aquí.
-Ah.
De repente empezó a llover. Las últimas personas que quedaban paseando en la playa se fueron corriendo.
-Vaya –dijo ella-. Como se nota que estamos en octubre.
-Ya.
En cuestión de tres minutos empezó a diluviar y a soplar un viento muy fuerte. Nos levantamos del suelo rápidamente, que estaba empapado.
-Tendríamos que irnos –dije mirando la hora-. Tengo que estar en casa dentro de media hora…
Nos asustó una cegadora luz blanca acompañada casi inmediatamente por un trueno que hizo que el suelo temblara levemente. La tormenta estaba casi encima de nosotros.
-Vámonos –dije, y esta vez no fue una propuesta, mientras iba hacia mi bici. Monté y me puse en marcha.
Paré inmediatamente al comprobar que Mara no me seguía. Seguía en el mismo sitio, debajo del árbol.
-¡Venga, vamos! –le grité para que me oyera; la lluvia hacía mucho ruido.
Ella, sin embargo, no se inmutó.
Me bajé de la bici, la dejé en el suelo y fui hasta ella. Pude ver que estaba completamente pálida, asustada. O más bien aterrorizada.
-¿Qué te pasa?
Tardó en contestarme con un hilo de voz:
-No puedo…
-¿Qué? ¿Pero qué te pasa? –pregunté, ya preocupado.
-Me dan miedo las tormentas –dijo bajando la cabeza, avergonzada. Siguió sin moverse.
Yo había calculado que tendría aproximadamente la misma edad que yo, pero en aquel momento ella parecía mucho más pequeña.
-¿En qué has venido? –pregunté mirando a mi alrededor.
-Caminando.
-Pero si tu casa queda muy lejos.
-Sí. –confirmó mordiéndose el labio.
En ese momento oímos un ruido espantoso y una luz que nos cegó. Ella gritó al mismo tiempo y yo pegué un salto. Había caído un rayo en el pararrayos de una casa que no estaba más lejos que unos doscientos metros. Me quedé totalmente impresionado, nunca había visto nada parecido. Cuando la miré, ella estaba pegada al tronco del árbol tapándose la cara con los brazos. Ya no dudé más.
-¡Vamos, Mara, tenemos que irnos! –dije cogiéndola de la mano y tirando de ella, pero se quedó donde estaba. La insulté entre dientes. Maldita sea, yo también tenía miedo.
Pensé en irme, si ella no se movía yo no tenía nada que hacer. Pero, por alguna razón, no pude hacerlo.
Desesperado, grité:
-¡Si quieres que nos parta un rayo estamos en el mejor sitio!
En efecto, estábamos debajo de un árbol tan alto como una casa de dos pisos y con el mar a menos de cincuenta metros. Ella no se había dado cuenta. Perdió todo el color que le quedaba en la cara y se separó del tronco del árbol. Lo que me había costado.
 -Vamos –dije por cuarta y por última vez.
Me siguió hasta la bici y yo monté deprisa.
-Sube –dije.
-¿Qué?
-Sube, te llevo. –dije impaciente.
-Pero…
-No voy a dejarte aquí sola y con la que está cayendo.
Dudó unos segundos. El tercer rayo la ayudó a decidirse.
-Gracias –apenas la oí, pero la oí.
-Faltaba más. Sujétate.
Lo hizo y nos fuimos de allí a toda prisa. Reconozco que se me hizo un poco duro ir con una persona detrás, especialmente si tenemos en cuenta que estaban cayendo rayos cerca de nosotros, estaba diluviando y yo estaba calado hasta los huesos. Se había hecho de noche y aquella zona no estaba bien iluminada. El viento me congelaba la cara. Me lloraban los ojos.
Cada vez que sentíamos un relámpago, Mara se sujetaba más fuerte a mí.
-Tranquila, ya llegamos –le decía.
Tardé media hora en llegar a su casa. Entonces ya se había acabado la tormenta, pero seguía lloviendo muchísimo y el viento era cada vez más fuerte. Ella se bajó.
-Yo no sé qué decirte… muchas gracias.
Seguía asustada.
-Nada, oh –dije para… yo que sé para qué-. Nos vemos.
-Adiós.
Recordé algo de repente. La pillé subiendo el último escalón.
-¡Mara!
 Se dio la vuelta.
-No le digas a nadie que he estado aquí, ya sabes. No quiero meterme en líos.
-Claro, tranquilo.
Nos despedimos y cada uno siguió por su lado.
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Comentarios:

Escrito por: samybide       18/10/08 01:51
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Hola wapix!

al final si que era una cancion lo q me escribio mi amigo

y yo no lo sabia

y aparte es de una cancion que me encanta de sum 41 y yo ni me habia fijado


gracias por decirmelo


xD


cuando vas a subir la continuacion de la historia?



ya estoy impaciente


xD







un besito!


$ªM1
Escrito por: samybide       26/09/08 17:37
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Hola!

Me ha encantado

hay mas capitulos? porque si los hay estoy deseando leerlos

es una historia muy buena

te felicito

es maravillosa!

espero que haya mas capitulos

un beso



$ªM1
Páginas: 1

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