


| Escritor: | druchii |
| Públicado: | 03/10/2007 |
Para él era su héroe, su modelo a seguir. Tan solo dos años lo separaban de su hermano pero era como si la imagen del padre muerto años antes se hubiera trasladado al hermano mayor. Ambos jugaban desde pequeños a batallas con espadas como las que los grandes guerreros portaban, para los demás solo eran palos de madera y unos niños tratando de parecer rudos. Para ellos era algo más, los dos compartían esa sensación, ambos soñaban con ser grandes, con poder luchar en la batalla y de ser posible, morir en ella como su progenitor. Con el orgullo de un guerrero.
Ese momento llegó para su hermano el día que cumplió la mayoría de edad, los soldados llegaron por él, lo llevaron casi a rastras, arrancándolo de los brazos maternos, a cumplir la deuda con su reino. El pago por la libertad de la que gozaban. Él se quedo en casa, esperando el día en que se reuniría con su amado hermano.
Pero antes de que ese día llegara, llegó a ellos la cruel noticia, su hermano había muerto o por lo menos eso era lo que se creía, simplemente había desaparecido. A él se le partió el corazón y a su madre, ella no lo resistió. Cuatro días después murió de tristeza.
Lloró, como lloró, como si el alma se le fuera con esas lágrimas, estaba solo, abandonado. ¿A donde iría? ¿Qué haría? Faltaban aun algunos meses para que los soldados vinieran por él. Pensó que la mejor opción sería adelantar su destino, reunirse antes con su familia en la eternidad de la otra vida.
Esa mañana se presentó. Eran tiempos de guerra, los soldados no lo rechazaron. Lo armaron, lo entrenaron y lo pusieron en un barco hacia la muerte. La primer batalla se presentó y el quedo vivo, luego vino la segunda seguida de cientos. La gloria de la victoria lo hizo olvidar su dolor, su pérdida. Convertido en un gran guerrero puso una coraza a su corazón para no recordar lo que le hería. Se llenó del coraje, de la ira que necesitaba para ganar. Y así pasaron los años.
Fue ese día de tormenta, en el que las cargadas nubes, negras e inconmovibles, parecían su enemigo. La última batalla, la que llevaría su reino y a su rey a la victoria. Él, ahora capitán de un poderoso barco de guerra, observaba orgulloso la tierra que invadirían. Esa noche tendrían que esperar, tenían que sobrevivir a la tormenta. Y si su dios estaba de su parte, el enemigo no sobreviviría al salir el sol.
La tormenta paso, su barco no se rindió ante la inclemencia, él tampoco lo haría ante el enemigo. El enemigo lo esperaba, comandado por un gran general del cual había escuchado valientes y gloriosas historias. Ese día no sería para ese hombre, ese día sería de él. La batalla comenzó, los hombres se encontraron al calor de la batalla. Lucharon como nunca, como dos leones, metal contra metal durante eternos minutos. Él no podía creer su derrota cuando el acero de su enemigo le atravesó el corazón, no tuvo fuerzas más que para retirarse el casco, quería verlo bien, deseaba grabar en su última memoria el rostro del hombre que le robaba la vida. La ira de su enemigo se convirtió en sorpresa al verle.
Hermano alcanzó a escuchar de labios del hombre antes de expirar. Ya no pudo escucharle pedir perdón ni fue testigo de cómo su amado hermano, él que creyó muerto por años, se atravesaba el corazón con la misma espada que había atravesado el suyo.
Ahora estarían juntos, en la eternidad.
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