Cap. 2:
El sonido de una campana resonando en la habitación hizo que volviera al mundo de la realidad.
-¡el desayuno está listo! Dijo alegremente Alice al tiempo que hacía sonar una campana-
Abrí lentamente mis párpados, Alice estaba al frente de mi cama con una gran bandeja en sus manos y la campana a un lado de la bandeja. Los rayos de sol se colaban por la ventana que daba al balcón e inundaba de luz la habitación. Me senté en la cama lentamente y me desperecé.
-Te traje el desayuno, Elizabeth- Dijo Alice dejando la bandeja en mis piernas- Sólo por hoy te lo traigo a la cama - Dijo poniendo un tono severo-
-Está bien -Dije aún medio dormida- ¿Qué hora es?- Pregunté al tiempo que me servía un pan-
-Las nueve, querida, así que apresúrate Elizabeth - Dijo Alice mientras quitaba las persianas del otro balcón-
Rápidamente terminé mi desayuno y me levanté para que Alice me vistiera: Luego de la tortura con el corsette, me puso mi bello vestido rojo para que Alice me maquillara y peinara.
De pronto se siente que golpean la puerta principal.
-Debe de ser tu maestro Elizabeth- Dijo terminándome ya de peinar, haciéndome una pequeña elevación del cabello en la parte de arriba, y dejando caer libremente por la parte baja- Iré a ver - Luego se dirigió a la puerta y desapareció de mi vista-
Continué cepillándome el cabello suelto por un rato, hasta que mi vista se posó en un retrato que tenía en mi tocador. Lo tomé para examinarlo más de cerca y sonreí. Aquel retrato era de mi abuela cuando era joven, donde lucía una bella sonrisa y un agraciado peinado. Era ella una joven muy bella en ese entonces y aquellos ojos azules y grisáceos que por suerte heredé, se destacaban perfectamente en esa pequeña pintura que imitaba a un cuadro que se encontraba en el comedor.
-¡Elizabeth!, ¡es tu maestro!- Dijo la lejana voz de Alice-
-¡Ya voy!- dije en voz suficientemente fuerte para que Alice escuchara desde la planta baja-.
Me levanté elegantemente haciendo hacia atrás mi cabello con una mano y me dirigí a la puerta. Caminé por el pasillo y por inercia me miré al espejo, me sonreí a mi reflejo y continué mi camino hasta llegar a la gran escalera alfombrada de rojo.
Desde arriba pude observar a mi maestro, era bastante anciano ya, suponía que bordeaba los 50 años, pero su experiencia con el piano era de valer. Le sonreí desde arriba y me agarré el vestido para no tropezar en mi descenso.
-Buenos días, madame- Dijo tomándome suavemente de mi mano y alzándola para besarla-
- Buenos días, Sr Pullock- Le dije con respeto, manteniendo mi sonrisa-
-Cuántas veces le he dicho que me llame por mi nombre, señorita Elizabeth- Dijo riéndose con gracia-
-Está bien, Richard- Dije sonriendo- ¿Pasemos a la sala?-Pregunté educadamente haciendo un amago con la mano invitándolo a pasar a la sala de estar-
-Por supuesto, madame- Dijo haciendo una leve referencia-
Pasamos a la sala, finamente adornada con elegantes cuadros, sillones lujosos, un mostrador de lujosos y exquisitos licores, muebles pulidos con tanta pulcridad que parecía que la persona que los hizo se hubiere dedicado exclusivamente a ello, cuidando cada detalle que fuera perfecto.
Los grandes ventanales dejaban entrar los rayos del sol por toda la habitación, haciendo que el lugar fuera realmente acogedor.
Me dirigí al piano y comenzaron las clases, igual que siempre.
-Muy bien, Elizabeth eres toda una maestra con el piano-Dijo Richard levantándose del sillón aplaudiendo y acercándose a mí cuando había terminado la pieza- Bueno Elizabeth, se ha terminado la clase - Dijo viendo el reloj de pie, que indicaban las 12:40-
Nos dirigimos a la puerta de entrada y nos despedimos.
Me quedaban 20 minutos libres aproximadamente, suspiré y me dirigí a mi habitación.
Una vez en ella, cerré con llave y me tiré en mi cama cerrando los ojos e intentando relajarme, pero de repente una imagen irrumpió en mi mente.
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