Hechizo del Deseo

Cerré la gran puerta de mi humilde pero gran casa y le eché el cerrojo, haciendo un gran estruendo. Me giré sobre mis talones haciendo que mi capa ondeara y me dirigí con paso decidido a mi destino. La multitud que comenzaba a concurrir a los elegantes alrededores se veía tan igual y diferente a la vez. Algunos mendigos pidiéndole dinero a los grandes caballeros que vestían lujosos trajes de seda, tomados del brazo de alguna bella y esplendorosa dama que deslumbrara tanto por su físico como el gran vestido que la cubría. Tan diferentes… Pero tan iguales, todos guiados por el mismo instinto, la envidia que corría por las venas del mendigo, la codicia que ansiaba las bellas damas al aprovecharse de los caballeros y la lujuria que renacía en ellos al ver los llamativos y esplendorosos atributos de sus damas de compañía, todos unos pecadores ante los ojos de Dios. Siempre era lo mismo. Continué mi camino lentamente moviéndome con sensual elegancia bajo las débiles luces que en ese entonces cubrían al viejo Londres mientras mi capa ondeaba al compás de mis movimientos. Cerca del teatro al que todos concurrían a esta hora, se encontraba una Iglesia, mi destino esta noche. Al llegar al lugar, observé detenidamente la gran y antigua puerta, que parecía tallada con tanta pasión y devoción, como si su vida dependiese de ello, rebosaba de detalles, en los que unos podrían entretenerse viéndolos detenidamente durante horas. Antes de perderme en los encantos de tal obra de arte, toqué tres veces a la puerta y esperé. De pronto un pequeño estruendo me indicó que había alguien, lo que por supuesto, esperaba. El rostro del Padre se asomó por la gran puerta y esbozó una gran sonrisa al reconocerme.

-Elizabeth… que bueno verte por aquí, aunque sea a tan altas horas de la noche…-Dijo el padre amablemente-

-No hay hora para venir a depositar su fe en Dios, verdad Padre?-Dije sonriendo levemente quitándome la tela que cubría mi cabeza, haciendo que mis castaños rizos se soltaran y anduvieran libremente hasta mi cintura-

-Tienes razón… Pasa, hija, pasa-Dijo el Padre haciéndose a un lado para dejarme entrar al recinto-

Entré con elegancia y observé tan detalladamente como siempre el lugar. Imágenes de santos y flores y velas decorando sus templos haciéndolos ver vistosos y a la vez un poco fúnebres.

-Bueno hija… Te dejaré unos momentos, debo ver las citas al confesionario que tengo durante la semana, espero que no te importe- Dijo el padre con el mismo tono amable que siempre, lo único que variaba es que le daba cierta ternura al verme-

-No Padre, para nada…-Dije dándome vuelta al volver a la realidad y salir de mi embelesamiento por la belleza de aquella obra de arte-

-No le permitas la entrada a nadie, hija, que eres la única que viene a la iglesia a esta hora, y es por eso que te abrí…-Dijo el padre con una sonrisa que levemente mostraba picardía-

-Descuide Padre, sólo haré mis oraciones… Le avisaré antes de retirarme-Dije quitándome mi capa dejándola en una de las butacas de la iglesia-

-Hasta entonces, Elizabeth-Dijo el Padre antes de emprender su camino a una de las esquinas de la gran iglesia donde comenzaba un largo corredor-

Le hice un leve gesto con la mano en forma de despedida y volví mi vista hacia el final de la iglesia.

Comencé a caminar lentamente por cada templo de santos, degustando cada detalle de las imágenes que representaban a cada santo que era bañado por luces celestiales, mientras en sus rostros siempre reflejaban un dejo de melancolía. Me detuve en una, pude observar algo que me era peculiar. En el cuadro, uno de los ángeles se veía diferente. Me acerqué más para examinarlo detalladamente. Efectivamente, alguien había dibujado con un delgado pincel unas gotas de sangre que salían de sus ojos pareciendo diabólicas lágrimas, mientras su rostro denotaba cara de angustia.

-Linda obra, no?-Dijo una voz masculina-

Me sobresalté y volteé a observar la procedencia de aquella voz.

-Padre?...-Pregunté tímidamente-

-El Padre está ocupado con sus deberes, querida…-Dijo lentamente la voz misteriosa-

Se hizo un momento de silencio donde intentaba controlar el miedo que había nacido en mí. Luego fue interrumpido bruscamente por la misteriosa voz.

-Tu nombre-Dijo más bruscamente pero manteniendo el encanto de su dejo de misterio-

-Elizabeth… Elizabeth Smith –Respondí por inercia, teniendo en cuenta de que era un completo desconocido, y su comportamiento bastante poco usual-

-Elizabeth… Lindo nombre…-Dijo lentamente-

Su voz era tan sensual y misteriosa que hacía que mi corazón comenzara a latir precipitadamente y me comenzara a sofocar un poco.

-¿Que hace una señorita tan bella como usted en este lugar tan lúgubre y extraño como este a estas horas de la noche?-Dijo lentamente denotando levemente una pizca de curiosidad-

-Yo… Pues… Simplemente me agrada…-Dije nerviosamente-

La verdad es que me sentía cómoda en aquella situación después de todo, pero aún así aquella voz me seducía sin siquiera saber su procedencia.

 

Continuará...

Puse sólo un pedacito para ver si os gustaba y si seguí escribiendo ;)

en caso de que os guste ya tengo mas escrito

adiós!

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