«Hamlet»
Para usted, que quiere ser culto pero le da fiaca leer,
en nuestra sección «SOUBELET PAQUETÍSIMO presentamos:
«Hamlet»
CUENTO E ILUSTRACIÓN: GUILLERMO SOUBELET

amlet se despierta a mitad de la noche con el rostro empapado en sudor y el pecho agitado.
Acaba de evocar- como tantas otras noches en esa horrorosa pesadilla recurrente que tanto lo angustia -aquella lejana tarde en que Yorick, el payaso que habían contratado sus padres para su cumpleaños, lo había obligado a practicarle una felatio horrible y hermosa (horrible para él y hermosa para el payaso). Baja de la cama para ir a vomitar al baño, intentando no despertar a Ofelia que yace a su lado. Antes de llegar al baño los sonidos salvajes que llegan del dormitorio de sus padres lo obligan a detenerse, extrañado, junto a aquella puerta. Extrañado porque se supone que su madre dormía sola aquella noche, ya que su padre pasaría la noche haciendo el inventario en su negocio de venta de caries. Apoya su oreja contra el panel de la puerta y oye las voces extrañamente distorsionadas por los jadeos de su madre y de su tío, el hermano de su padre. Cuidadosamente entreabre la puerta y observa en silencio la violenta escena que se desarrolla sobre la rechinante cama de su padre. Regresa corriendo a su habitación y desahoga su furia sodomizando a Ofelia, mientras exclama, en un rugido gutural:
~jTe odio,
Polonio
A la mañana siguiente, mientras desayunan en una, en apariencia, bucólica escena familiar; observa el rostro de su madre y de su tío bajo una nueva perspectiva, como Julio César debe haber escrutado, antes de morir, el rostro de Bruto. Como el reyecito león debe haber mirado el rostro de su tío león traidor, que mató a su propio hermano para subir al trono. Como... ¡Bueno, los miraba con cara de orto a aquellos turros! Y eso que no se imaginaba lo que vendría después. Mas tarde, y mientras Polonio, el viejo criado - y padre de Ofelia- levantaba y lavaba los trastos, Hamlet percibió una mirada cómplice en aquellos viejos ojos acuosos. iComo si no conociera el significado de aquella mirada nauseabunda! Tiempo atrás, aquella ignominiosa noche en que aquel payaso repugnante lo había obligado a chu parle la ya saben qué, el viejo Polonio había observado toda la escena mientras se masturbaba escondido detrás de un cortinado. A partir de aquel momento había amenazado a Hamlet con contar a sus padres lo que había descubierto si no accedía a hacerle a él lo mismo que le había hecho al payaso. (¿ Entienden ahora aquello de iTe odio, Polonio!?) Ahora prepárense: al mediodía del día siquiente llega el padre, luciendo un hermoso breech y unas hombles ojeras. Desde su llegada Hamlet había advertido que tanto su madre la traidora como su tío el traidor intercambiaban miradas nerviosas - y traidoras -. Hamlet, iluso como las niñas que aceptan cuando les dicen: Dale, entremos que no vamos a hacer nada que vos no quieras, imaginó que dichas miradas nerviosas- y traidoras- se deberían al remordimiento por la puñalada trapera de la noche anterior. Después del almuerzo la madre de Hamlet le dijo a su esposo que tenía piojos, mientras le pasaba la mano traidora por el pelo. El hombre se mostró sorprendido pero no pareció darle demasiada importancia al asunto, cuando el bueno del tío le dice querido yo tengo un remedio eficaz para eso, agachá la cabeza. El hombre, aunque a regañadientes, lo hace. Entonces el tío saca un revolver de entre sus ropas y le vuela los piojos y la cabeza. Hamlet, desesperado, pregunta si está muerto, pero tanto su madre traidora como su tío y traidor le dicen pero no, tontito, está dormido. ¿No viste que tu padre siempre se duerme una siestita después de comer? La cuestión es que a partir de aquel día Hamlet cambió. Se vuelve resentido y hay dos cosas que no tolera en la vida: las mujeres y los tratamientos contra los piojos. En su interior germinó un rencor obsesivo por las mujeres ante lo que él entendía como una traición de su madre a su padre, y descargaba toda su luna sodomizando a Ofelia, que qué culpa tenía la otra, decime un poco. Pero Hamlet era así, un muchacho loco. Le daba por decir cosas como: Tu nombre es mujer, tu nombre es traición, con las que aburría a todo el mundo. La cuestión es que así pasaba Hamlet alegremente sus días, entre traiciones familiares, felatios a la servidumbre y pesadillas inmisericordes; cuando se empezó a dar cuenta de que, al fin y al cabo, el único que lo había tratado con cierta ternura había sido Yorick, el payaso de la chaucha traviesa (además de que, y ustedes no lo comenten, aquello no había sido tan malo después de todo). Pero cuando buscó el teléfono de Yorick en la agenda del viejo Polonio descubrió que había sido arrancado, mecachendié. Entonces recordó que el payaso había desaparecido misteriosamente, sin que nadie lo hubiera visto abandonar la mansión. Hamlet siempre había sospechado que Polonio lo había asesinado, celoso por la tararira gigante de Yorick que humillaba a la pobre sardinita del viejo lascivo. Bueno, por aquel entonces cayó de visita Laertes, el hijo de Polonio que se ganaba la vida como stripper en un boliche para mujeres de la Av. Santa Fe. Lindo guacho, éste Laertes. Pero la verdad es que al rato de haber llegado nomás, Polonio ya lo tenía harto con su costumbre de hablar como el viejo Vizcacha. No podía decir alcanzame el tinto sin recitar un refrán con moraleja. Así que el pobre Laertes ya estaba pensando en rrse a la mierda, pero un motivo secreto lo retenía en aquella casa de locos. La cuestión es que una noche en que Hamlet, vistiendo portaligas y tacos altos, se hallaba atado a los barrotes de la cama, mientras Ofelia le daba con la toalla mojada, oyeron los característicos estertores de un orgasmo desde detrás de los cortinados. Ofelia, mas asustada que la madre de Bambi, desata a Hamlet y le dice andá vos, y Hamlet medio que putea pero va igual y descubre, irritado, que otra vez era el viejo choto de Polonio que lo espiaba mientras hacía la fechoría. Inesperadamente, en vez de retorcerle el cogote como a una gallina vieja, Hamlet lo invita a participar, y lo engaña prometiéndole que le va a doler solamente al principio, pero que una vez que pasara la cabeza iba a ver qué lindo. Mas, una vez que el viejo se halla culo al norte esperando a ver qué lindo, en lugar de meterle el zogán, Hamlet le mete un lanzallamas encendido en el culo y cagó fuego el viejo. En todo sentido. Claro, excitada como estaba, Ofelia no dijo nada, se reía, incluso. Pero al otro día medio que le dio lástima y ya le fué con el cuento a Laertes, que justo se estaba masturbando mirando como fornicaban los perros en el patiecito del fondo: . iAh, no! ¡Ah, no! ¡Yo no hice semejante viaje para pedirte guita prestada al viejo y justo va éste y me lo mata antes de que el viejo se ponga!, exclamó Laertes lleno de pena por la muerte de su padre querido. Y ahí nomás se le fue encima al pobre Hamlet, que justamente estaba tratando de destapar con una sopapa el inodoro del baño del tío, que siempre lo mandaba al pobre Hamlet a destaparlo, y lo que sería ese culo, porque siempre estaba tapado. En el momento en que Laertes entra al baño, Hamlet, de rodillas contra el inodoro y con el brazo metido hasta acá, justo dice Pasá, pasá, que ya sale y, con gesto cariacontecido y convulso, exclama, como para sí mismo, la legendaria pregunta que tan famosa se hiciera: «¿Te vi o no te vi? Esa es la cuestión!» y extrae con la mano lo que obstruía el desagote. iAlás, pobre Yorick!, exclama entonces (Hamlet era así), manteniendo en alto la chorreante calavera del payaso sabandija, comprendiendo que, tal como lo había sospechado, Polonio se había deshecho del pobre payasito mimoso. Laertes, deambula inquieto de aquí para allá, un poco por la sorpresa, otro poco por el asco, y otro poco porque se estaba meando y Hamlet no largaba nunca el inodoro. Entonces, Hamlet, que se había quedado como en trance, recae en la presencia de su amigo: ¿Oué pasa, macho? ¿Necesitas el ñoba? Sí, contestó Laertes, la buseca que hizo tu vieja me tiene a la miseria. Entonces Hamlet empezó de nuevo con aquello de Su nombre es mujer, su nombre es traición! y, ante aquello, Laertes, que en realidad había decidido disculparlo por haber liquidado al viejo Polonio y por como trataba a la pobre Ofelia, que sería sucia pero al fin y al cabo era la hermana, monta en cólera y lo reta a duelo. Quiso la coincidencia que Claudio, el tío traidor de Hamlet, que ya se había apropiado del pijama de su hermano, del negocio de venta de caries de su hermano (y de sus p¡ngúes ganancias) y de la mujer del hermano, justo pasara por ahí y, al escuchar aquella conversación comprendiera de inmediato que esa era su oportunidad para sacarse de encima al heredero del negocio y de paso no escuchar mas aquellas boludeces de Tu nombre es traición y toda esa huevada que ya lo tenía harto. De manera que sin perder tiempo, sabiendo como sabía que la pereza es la madre de todos los Pérez, comenzó a llenarle la cabeza a Laertes con que este Hamlet es un flor de turro y no sabés las cosas que anda diciendo de vos a tus espaldas y no sé como lo aguantás, yo que vos voy y lo mato. Pero, como era malo y traidor pero no era gil, quiso asegurarse de que Hamíel desapareceria para siempre, a ver si todavía me lo mata al Laertes éste como lo liquidó a Polonio, que era flor de turro pero al menos lavaba los platos. Y, hacendoso como era, agarró una granada del talle del culo de Hamlet y la disfrazó de supositorio. Mas tarde, deslizándose en las sombras mientras todos miraban Nuevediario, dejó la granada en el botiquín del baño de Hamlet. Hay gente así, qué se la va a hacer. La cuestión es que, acongojado por la certeza de la muerte de Yorick en manos del criado pajero, Hamlet se va pa' la piecita del fondo pa' tomar unos amargos con Ofelia (y de paso cañazo, claro). Pero en lugar de la china calentona encuentra una nota clavada a la pared con una espada cantarina: «Hamlet andá a la puta que te panó . Ofelia» La muchacha (que a esta altura ya sólo quedaba el recuerdo de aquella muchachita ingenua y que, mas bien, se había convertido en una especie de inspirada adoratríz de los quehaceres mas puercos) transida por la pena de ser objeto de los malos tratos de Hamlet, decidió pasar a mejor vida: seguir los pasos de su hermano y hacer guita como atorranta en algún cabarute caro de la capital. Eso sí, antes de irme -se dijo- me voy a dar un chapuzón en el río, que siempre le tuve ganas. Tarde se enteró la muchacha que el aquel río estaba infectado de pirañas. Como si todo esto fuera poco, y para ponerle un poco de sal a este monótono fin de semana, mientras sacaba del río con un colador los restos de Ofelia, Hamlet recordó que mas tarde tenía el duelo con Laertes, que si antes estaba enojado, ahora, con esto de la hermana, ni te cuento. Una hora antes de la cena - porque siempre es feo morir con el estómago lleno - ambos adversarios habían cruzado el río y se hallaban del otro lado del puentecito, frente a frente, munidos de sendas espadas, con sólo el tío traidor como único testigo del decisivo acontecimiento que iba a llevarse a cabo en aquel lugar. Los tres hombres esperaban, envueltos en un silencio viril, a la madre traidora de Hamlet. Entonces se escuchó su voz proveniente de los aposentos de Hamlet:
__ ¡Ya voy! ¡ Me pongo un supositorio y estoy con ustedesl -- Desesperado como una hiena paranoica, el tío traidor gritó: ¡No! ¡Ese supositorio era para tu hijo! La tremenda explosión reveló dos cosas: Hamlet comprendió al punto la traición de su tío el traidor, y todos comprendieron que la vieja seguía tan sorda como siempre. Sin darle tiempo a gritar: ¡Superman es Clark Kent! Hamlet ensarta con un sacacorchos al tío traidor, quien, luego de exclamar: jMe has clavado hondo, guacho!. se muere bien muertito. Los dos hombres han quedado a solas. Laertes es el primero en romper el incómodo silencio.
-- Debemos terminar con ésto. Ese es nuestro destino. Y, como sabes, Homero afirmó que Ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde, puede escaparse de su destino.
__ ¿Destino? __ rió Hamlet británicamente, mientras arrojaba su espada al río __ Cada uno es artífice de su propio destino, amigo mío. Y para demostrarlo olvidemos esta tontería, arroja también tu arma y vayamos a la casa a brindar por nuestro Destino. __ Hablaba bien Hamlet. Lástima que cuando cruzaban el puente éste se derrumbó y ambos hombres cayeron a las aguas infectadas de pirañas.
wouuuuu, superrrrrrrr
la platica en las clases de historia se perdio
como ... que engaño
jajajajajajajaj
superrrrrrrrr
solo cuidate BYE
por favor!!!! es esta la verdadera historia???? he vivido engañada toda la vida!!!! joder! jajajaaa