


| Escritor: | Meys |
| Públicado: | 19/06/2008 |
Desde lo m alto del monte observó como una masa gris blanquecina casi impenetrable se cernía sin piedad sobre los cientos de personas confinadas en aquel estrecho valle. La espesa niebla que parecía sentenciar a tantos individuos tambien empañaba los pensamientos del General Alfánez. Quizá no hacía lo correcto. Entre aquellas gentes había mujeres y niños, hombres y ancianos, sacerdotes, maestros, médicos... Trató de borrar de su cabeza todas aquellas oscuras elucubraciones. Cuando llegara a casa todo habría acabado; tendría una substanciosa remuneración y una más que generosa jubilación. Para entonces, lo que ahora hacía ya no le importaría a nadie.
Pensó que una de aquellas podría ser su familia, que si las cosas hubiesen sido distintas podrían haber sido sus hijos los que estuvieran a punto de morir. Pronto desechó esa idea; dios es sabio y coloca a su rebaño donde le corresponde. Sin duda él, Roberto Alfáñez, era el pastor, y no lo había elegido, simplemente, así era.
Faltaban pocos minutos para la realización de su gran obra, unos minutos que el militar aprovechaba al maximo para autoconvencerse de lo correcto de sus actos. Su máximo exponente había sido siempre servir a su patria, como habían hecho su padre y el padre de su padre antes que él. Ahora era cuando tenía la oportunidad de hacer el mayor servicio de su vida, el mayor de los favores a su país. El gobierno tenía pensado presentar aquel territorio como virgen, por eso no podía quedar nada que atestiguara la presencia de población. Puede parecer cruel, pero si el gobierno necesitaba esas tierras sería por alguna razón de peso, y el gobierno había confiado en él: no podía fallar. De pronto, cientos de detonaciones sonaron al unísono como un estertor de muerte que marca el estruendoso final de cientos de vidas. El sonido sorprendió al general, que absorto en sus pensamientos había perdido la noción del tiempo. Trás él sintió los pasos tímidos de uno de sus hombres.
¿Cuáles son las órdenes, general?
Entierren los cadáveres en cal viva y quemen las casas- respondió sin vacilación.
Todo había terminado, había cumplido las órdenes al pié de la letra y se sentía satisfecho; era como si el sonido de las armas hubiera borrado todas sus dudas de un momento a otro.
Volvió a oír pasos y se dió la vuelta ya preparado para gritar con furia a quien le hubiera vuelto a molestar, pero enorme fué su sorpresa al encontrarse de frente a un niño de unos cinco o seis años. El crío estaba sucio y delgado y la más triste de las miradas enmarcaba el desolador cuadro que era su joven rostro.
Al contrario que el vuestro, nuestro dios castiga a los crueles, y tú te mereces toda su ira.- a Alfáñez le sorprendió que un niño tan pequeño pudiera decir esas palabras.
Aquellos ojos expresaban el mayor de los dolores sin mostrar ni una sola lágrima y no se desviaban un ápice de los del general. Lentamente, el cañón del revólver que siempre descansaba en el cinturón del militar fué dirigido como automáticamente hacia la frente de la impúber criatura. Y mientras apuntaba dijo como tratando de justificarse con su víctima.
No puede quedar ni rastro.
Y esa fué la primera y última vez que a Roberto Alfáñez le tembló el pulso al apretar el gatillo.
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