El septuagenario estaba rondando las puertas del paraíso, su cuerpo, marchito por tantas experiencias vividas, recobraba la vitalidad necesaria gracias al placer que le estaba brindando esa mujer; su nueva conquista representaba el sueño anhelado de cualquier hombre. Antes de tocar la cima del Everest, nuestro protagonista no escatimaba esfuerzos en pasar por la farmacia y con récipe en mano adquiría la milagrosa Viagra. El paso, acelerado y sin pausa, lo conducía al hotel donde habían concertado días atrás. Sus últimos cartuchos los disfrutaría tanto como los primeros y esto le traía regocijo a su alma inquieta. Aquel hombre se sentía agradecido con la vida por cumplir su sueño de hacer el amor con la que una vez fue su maestra de pre-escolar.