GALAXIA INTERNA

GALAXIA INTERNA

Mis ojos se dan vuelta y quedan al revés, mirando para adentro; exploran la caverna de mi cráneo casi hueco, donde aparentemente, solo anidan pensamientos nacidos en los tiempos viejos; divagan entre estalactitas formadas en años por el goteo del pasado, sedimentándose hasta formar hueso.
Escucho la purpúrea vibración de una campana tibetana que penetra y atraviesa los muros de mi cabeza y se expande hacia el exterior, donde sigue resonando en una niebla del color de las turquesas. Un enjambre de luciérnagas azules gira sobre sí mismo formando una espiral y una bandada de pájaros negros huye de una próxima tormenta, escabulléndose más tarde en una fisura de la pared porosa.
Las neuronas, apenas traslúcidas, hacen rondas unidas por sus filamentos; cantan y bailan al son de una música conmovedoramente infantil y sus voces suenan como choques de cristales.
 Llevada en andas por un ave cuyo vuelo se asemeja a una nave delicada, que flota mejor que vuela, me deslizo por ese mar de aire saturado de olor a  libros antiguos.
Desde los oídos que han quedado fuera, llega un zumbido leve, como si hubiera recién explotado el universo y se estuvieran dispersando los fragmentos del estallido.
Mi exterior reclama, pero no puedo apartar mi mirada del descubrimiento.
Una esfera brillante, Planeta de lo viejo, navega elípticamente alrededor de otra descomunal, Sol de la duda, llevando en su interior pasados y presentes; otra pompa hace lo mismo, pero la veo más pequeña por la distancia, Planeta de lo nuevo, acarreando futuros inciertos.
Me siento alegre en esta nueva galaxia recién creada en las honduras de mi razón.
Aquí es donde nacen mis ideas y quiero saber más; espoleo al ave para que vuele rápido y me dé tiempo de disfrutar del hallazgo antes de regresar y tener que explicar en donde estuve.
Conviertiéndonos en flecha, comienza a pasar todo muy rápido a los lados de mi cabeza, como si estuviera en un túnel prismático que reprodujera un  video clip vertiginoso, mostrándome imágenes de mi vida que ya ni recordaba; algunas son desconocidas para mí, tanto, que no sé si me pertenecen.
Los ojos se me achinan por la velocidad que el ave ha impuesto a sus alas y pequeñas lágrimas se empiezan a amontonar en las órbitas desnudas de mis ojos dados vuelta; en sus concavidades van creándose lagos estáticos de un azul profundo con bordes de plata, donde chapotean las crías de ideas, que todavía no han salido fuera del cráneo.-
Tomo a una de la mano y la remonto llevándola conmigo, apretándola para evitar que caiga en alguna lóbrega cueva, donde vive el olvido y la perdería para siempre.
Seguimos el camino hasta tomar por un violáceo sendero estrecho, que obliga al ave replegar un poco sus alas y volar por inercia.  Confluímos sobre la boca de un volcán palpitante, que late un poco desacompasadamente, produciendo un sonido igual a mil tambores, donde en ese momento cae nieve. La turbulencia de la oscura sangre erupcionada nos revuelca y asustada ordeno al ave retomar su ruta desandando el vuelo.
En el final del viaje me estrello en los cerrados muros de los párpados anteriores, aferrando mi idea nonata; levanto la membrana con pestañas y me despido de mi compañero de viaje, que vuelve a custodiar eternamente mis entrañables guaridas; doy vuelta mis ojos nuevamente, encandilada por la luz del velador de mi habitación en penumbra.
Feliz ante mi maternidad inesperada, me dedico a amamantar a la pequeña que se duerme entre mis brazos con una sonrisa que viene de lo que está soñando.
Cuando crezca, le pediré que me cuente su sueño y haré una canción para despertar a los que duermen, en las oquedades de la incredulidad.

 

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