


| Escritor: | Inkube |
| Públicado: | 27/10/2007 |
Cuando me dijo mi padre que la vida es un suspiro para los incrédulos y una cruz para los exagerados, pensé en no llegar a formar parte de ninguna clasificación, pero la frívola serenidad del tiempo te lleva entre continuos lamentos hasta precipicios indistintos.
Regrese de un internado mental hace 2 meses y aun no entiendo este mundo tan distinto, hay celulares, computadoras que se mueven, cosas que jamás imagine ver, la tecnología es tremenda, absorbente, en cambio la gente se volvió soberbia, incomprensiva, poco amigable. Veinte años fueron suficientes de mi ausencia en este mundo complejo, que me estremece, para no saber donde iniciar, mis dos padres han muerto, ni siquiera estuve en sus funerales, mis hermanos son ambiciosos y necios, un loco no les importa. Estoy solo en la calle mirando aparadores luminosos que muestran algo corrosivo a mi sensible alma, después de dos décadas de vivir austero y confundido, alejado del afecto, sin una sola palabra por cruzar con alguien inteligente.
No veo diferencia del centro deplorable en que me recluyeron a la enorme urbe que me consume en el invierno que parece no terminar, igual de solo, con mas gente a mi alrededor, y claro si nadie que me flagele.
Me siento profundamente miserable, no tengo rumbo ni un camino antes, soy un punto suspendido en medio de nada, morir es la única solución a esta inutilidad, lograr el momento exacto donde mis ojos terminen sellados, la luna se ve mas brillante que de costumbre, cuarenta años cargando a cuestas la misma soledad de siempre, la única compañera que no me abandona ni me comprende, solo se acurruca ahí solita en las paredes frías de concreto, los autobuses con propagandas y en el tuétano de mis huesos.
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