FINALMENTE EN BLANCO

La electricidad invadió mi cuerpo. Los espasmos se sucedían una y otra vez, intercalando el dolor y la impotencia con mis lágrimas  y gemidos. Si bien eran el objetivo esperado y las consecuencias calculadas, aquello no distaba de ser un acto de crueldad, aunque decorativamente bien argumentado y alojado en matrices sentimentales que borraban toda culpa en aquel momento.
            Los intervalos me ayudaban a recapitular e intentar, de alguna forma, acuñar con un dejo de desesperación los fragmentos de mi vida, que sin tregua abandonaban mi identidad dejándome desnudo y fértil, en espera de una nueva siembra. Mis músculos acusaban el sometimiento, aun rebeldes y anudados, solidarizando así con mi silente subversión.
            La voces que llegaban a mis oídos gatillaban mi revolución interna, ayudándome, fuera de todo calculo, a recomponer los fragmentos que aun sobrevivían en mi mente. Así pude dar voz y contexto a mi pasado, robando para ello los vocablos del presente.
Mi infancia apareció en mi mente de la forma acostumbrada. Retazos caracterizados por la violencia, el abandono y la ausencia de toda moral; el caldo de cultivo necesario para que mi voz tomara consistencia dentro del entorno que solía llamar hogar.
Aunque algo de nostalgia se alojó en mi pecho, era más bien un sentimiento nauseabundo y lejano a cualquier forma de añoranza. Una señal irrefutable de que el proceso impuesto daba sus frutos y que por ende mi insurrección comenzaba a flaquear. Sin embargo me mantuve firme en la convicción de no perderme, de no acallar el sonido de mis arrugas y el precio de mis cicatrices.
Configuré, una vez más, el puzzle y  la adolescencia trajo consigo una grata emoción.  Aquel tiempo, en que con los muchachos solíamos aventurarnos por la ciudad, embriagados de una autosuficiencia e invulnerabilidad equivalentes a la de un grupo de semidioses, me permitió madurar las ansias que almacenaba en mi interior, desatando así los años de contención y silencio.
Si bien en aquel momento pude ser como los otros, robar como los otros y emborracharme como ellos, mi idea de felicidad apuntaba a otro rumbo. No niego que robé, me emborraché y manifesté mi hombría a la par de mis camaradas, sin embargo, a diferencia del resto, el fuego que ardía en mi interior y la necesidad de búsqueda me distanciaron sin remedio.   
            Era distinto. No sólo deseaba riquezas, más bien anhelaba compenetrarme con las emociones de sus dueños, ser uno con sus estimulaciones y compulsiones, mimetizarme con ellos, para así, además de robar materialmente, apoderarme de sus más íntimas motivaciones.
            Lenta, pero irremediablemente, me aislé de mi núcleo social. Vagando por las calles en busca de satisfacer mi creciente obsesión. Nada ni nadie escapaban a mi vista y fue así que comencé a concretar de manera tangible mi sed insaciable.
            No importaba que fuesen una madre, un niño, una pareja de enamorados, un sacerdote o un anciano. Todos y cada uno de ellos poseían el mismo grado de relevancia e inquietud ante mis ojos.
Si bien mis acciones en un primer momento resultaron casi inofensivas, como recoger el helado a medio terminar, o el envoltorio de los chicles arrojado sin consideración al pavimento, mis necesidades fueron creciendo simultáneamente con mis éxitos.
Aun no se como describir mi creciente angustia. Mi personalidad comenzó a reconceptualizarse. Nació en mí otro ser, ajeno al dolor de la infancia y las travesías de la juventud. Era un extraño, que a cada paso se apropiaba de mis recuerdos, configurándolos a su conveniencia y  dibujando nuevas muecas en mis expresiones, todas ellas acordes a la urgencia y al hambre, que para ese entonces era indomable.
Comencé a robar con mayor fluidez, alejándome cada vez más de todo atisbo de compasión y emoción. Era un autómata, sirviendo a un amo que sin quererlo se había apoderado de la poca humanidad  que el mundo me entregó en mis primeros pasos.
Nada era suficiente. Todo resultaba escaso y la autoflagelación arribaba cada día, obligándome a redoblar mis esfuerzos y agregando más violencia a mis acciones. Y finalmente ocurrió.
Era de noche. Un callejón oscuro. Una joven mujer regresando a su hogar. La llamada de un novio o amante, posiblemente en espera de compartir la paz y la seguridad que da el roce del amor. Los gritos y las suplicas. La ropa desgarrada. Los golpes y el vino derramándose en la carne. Mi placer, la sangre…todo se volvió sangre.
La luz de las balizas, las esposas en mis manos, la furia  lentamente se apagaba y el repudio  aumentaba en volumen y trascendencia. Todo ocurrió en una secuencia borrosa, inconexa y extremadamente lenta.
Vino un juicio. Sin embargo me encontraba ajeno, infantil y temeroso. Acurrucado en una silla pude calibrar finalmente mis actos. Mi abogado alegó demencia y debo concordar que al ver los ojos de la madre de aquella mujer la locura y el arrepentimiento volvieron a dibujar mi rostro, con muecas repletas de humanidad…realmente estaba vivo, la voz había desaparecido  y la sed ya no existía.
 Una nueva sesión de electroshock  recorre mi cuerpo. El doctor confirma que dentro de poco podré volver al mundo. Ya mi mente casi está en blanco y las enfermeras gentilmente acarician mi cabeza. Tras finalizar nuevamente me esposan, sin embargo esta vez lo hacen con gentileza. Mi mente ha olvidado las motivaciones de mi pasado pero mi corazón las atesora para  así no volver a repetirlas. Un joven Gendarme me regala una Biblia y me muestra la foto de su pequeña hija. Sonrío al comprobar que no me teme.   Impregnados de serenidad recorremos el lugar, que es parte del nuevo mundo que se abre a mis ojos, agradecidos por esta nueva oportunidad.



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Comentarios:

Escrito por: fardi_1975       28/01/10 23:23
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gracias a ambos...igual este cuento esta pensado dentro del mal llamado concepto de reinsercion social...opiniones expuestas...
Escrito por: marquesita       28/01/10 23:17
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Se me han puesto los pelos de punta, ¡menudo relato! parece que en ese psiquiatrico de la historia no se andaban con chiquitas, electroshock casi nada, ¿de chile? quien sabe las torturas de pinochet se parecian a las de franco durante su mandato, si no que se lo digan a los republicanos.Lo poco que entiendo de narrativa me inclina a decir que ¡BUEN RELATO!.
Páginas: 1

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