Una insufrible tarde de lluvia, acometí la ardua tarea de ejecutar un cuento fantástico. Contrariando los consejos de los maestros y las consignas de los talleres literarios, no disponía de un final más o menos digno. El Maestro Borges subrayaba la necesidad de contar con un principio y un final. Pues yo no lo tenía. Tal fue mi frustración por no hallarlo que olvidé su condición de "fantástico". Me extravié en un laberinto racional y argumental que acrecentaba mi desesperación. Como era de suponer, aborté aquella estéril misión. Borré del disco duro el incompleto archivo de Word. Apagué la computadora y me fui a dormir. Esa noche soñé con un olvidado (en la vigilia lo había olvidado) minicuento de Ireland, "Final para un Cuento Fantástico". Al otro día lo busqué en mi austera biblioteca y lo releí. Mi cuento, definitivamente se diluyó entre los clústers y bytes de mi pecé. Lo he perdido para siempre. Pero a este torpe pseudo escritor le ha quedado una inolvidable lección.
-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
Final para un Cuento Fantástico. I.A. Ireland
|
Imprimir |
Enviar historia |
