El viejo y harapiento Filemón subía la colina por el estrecho sendero que serpenteaba hasta la cima. Sus entumecidos miembros y ardientes pulmones le pedían un descanso, pero el sol estaba a punto de ponerse, más allá de las montañas, y Filemón conocía demasiado bien a los revoltosos lobos de la región, seguro ya avisados por el conejo que el viejo había recogido de una de sus trampas en el valle, y el gélido viento que cubriría aquellas colinas antes de la hora de comer. No se detuvo, pero tampoco apuró el paso; solo lo mantuvo.
Llegó por fin, algunos minutos después, a su casa; una construcción débil y pobre de materiales, pero poseedora de un patente calor de hogar, techo de paja, paredes de barro y burdos y patéticos adornos hechos de ramas, semillas y flores, como si de la morada de un fauno se tratara, pero se podía percibir el amor y dedicación puestos en su organización, sin embargo.
Filemón tocó la puerta de tablas de pino con su arrugada y artrítica mano. Se abrió segundos después, su esposa Baucis lo recibió con cariñoso gesto y tomó el conejo con agradecimiento y asombro. Menuda y delgada, inspiraba ella una debilidad ajena a su verdadera resistencia física y fuerza espiritual, dedicada y amorosa, significaba la vida para Filemón y viceversa.
El viejo se dejó caer sobre una butaca y apoyó sus manos sobre la mesa, mientras su esposa despellejaba y limpiaba el conejo. Lo picó y con zanahorias, cebollas, aceite de oliva y un poco de sal marina, lo introdujo en un gran puchero al fuego. Era una buena comida campestre, que se vería abundante y rara en la mesa de la veterana y humilde pareja.
El brebaje estaba casi listo cuando alguien llamó a la puerta. Filemón se levantó extrañado, pero sin reservas y abrió, un viento arrastrando hojas de abeto se precipito al interior, pasando entre las dos altas figuras que se encontraban frente al viejo.
-¿Quiénes sois?-Inquirió éste, no sin algo de recelo.
-Viajeros, señor-respondió uno de ellos, con una voz profunda y sonora- hemos estado buscando abrigo a la tormenta que se aproxima, pero la hospitalidad parece haber abandonado estas tierras.
Filemón meditó un par de segundos, luego miró a su esposa, que aprobó con un ligero gesto de la boca.
-¡Por los dioses, Entrad!-Exclamó Filemón como si de pronto fuera otro- Tenéis razón, las personas han olvidado por completo el sagrado deber de la hospitalidad.
Los dos sujetos se introdujeron lanzando bramidos y frotándose las entumidas extremidades. Uno de ellos, el que hablara en primera instancia, era un hombre viejo, pero que irradiaba vigor, de cabellos y barba blancos, miembros fuertes, maneras elegantes y facciones nobles. El otro, un joven de ojos ávidos y curiosos, que todo lo miraban y escrutaban, era alto y delgado, pelo largo, que le caía sobre los hombros en ondulados mechones rubios y llevaba un cayado de pastor. Los dos vestían ropas sucias y rotas, pero, debajo de la nieve y el barro, elegantes y finas.
-Por favor, sentaos-dijo la buena Baucis- ¿imagino que estaréis hambrientos?
-Así es, señora-aprobó, mientras sobaba su barriga, el viejo- hemos recorrido un largo camino.
-¿De donde venís?-Preguntó Filemón con curiosidad.
-De un lejano lugar, buen hombre, mas allá del mar, en la tesalia Griega.
-¿Así que habéis venido por barco?-Interrogó Baucis, al mismo tiempo que empezaba a servir el guiso en dos platos de barro.
-Podría decirse -dudó el hombre- en uno muy rápido, sí, tanto que pareció que volásemos sobre las aguas.
-¡Que emocionante! ¿No crees Filemón?
-Así es. Perdonad si soy grosero, pero ¿Qué
os trae a
El viejo miró al joven con un gesto que pudo significar cualquier cosa. Éste respondió:
-Pues la razón es simple: somos pastores, tenemos varios rebaños en Tesalia, en las laderas del monte Olimpo, y, siguiendo la noticia de que en estas tierras las ovejas dan mas lana que en Grecia, hemos tenido la intención de probar que tan ciertas eran estas afirmaciones.
-¿Y lo habéis hecho?
-En un principio todo parecía una vil mentira-respondió el joven, después de intercambiar una mirada de inteligencia con el viejo- pero ahora quizás podríamos encontrar aquellas milagrosas ovejas, ¿No lo creéis así, señor?
-Habrá que esperar un poco-Respondió su acompañante- pero los indicios son buenos, muchacho.
Baucis colocó los dos platos humeantes frente a los viajeros y se sentó al lado de su esposo. Los dos extranjeros parecieron confundidos y miraron la comida y luego a la vieja pareja.
-¿Qué sucede?-intervino Baucis con preocupación- ¿No os gusta el conejo?
-No, no es eso-respondió el viejo con amabilidad, luego añadió con extrañeza- ¿Queda mas en la olla? ¿No comeréis vosotros acaso?
-¡Bah!-le resto importancia Filemón- Es más importante que vosotros, que habéis viajado tanto, comáis. Nosotros estaremos bien, ya habrá otros conejos; ¡la comarca esta repleta de ellos!
Los hombres comenzaron a comer con presteza, abandonados a su deseo de satisfacer el hambre. Baucis y Filemón los contemplaron con compasión, entonces ella tocó el brazo de su esposo; no necesitaban palabras después de tantos años, él entendió. Se levantó y comenzó a organizar los lechos de su mujer y el propio, al otro lado de la habitación. Una vez hubo terminado, habló a los extranjeros.
-Espero nos disculpéis por lo humilde de nuestra morada y sobretodo, de nuestros lechos, simples literas de cuero y heno, pero tanto mi esposa como yo, estaríamos sumamente agradecidos si aceptáis dormir en ellos, pues incluso en su simplicidad, son mejores que el desnudo suelo.
El hombre viejo se quedó mirándolo, con un extraño semblante de satisfacción, el joven dejó de comer también y se levantó de la mesa, seguido por su compañero. Entonces el anciano intervino, sonando su voz profunda y majestuosa, como lo hiciera cuando Filemón les abriera la puerta de su hogar.
-Vosotros, buenas gentes, habéis demostrado tal consideración y nobleza de espíritu, compartiendo vuestro cobijo y cediendo vuestros alimentos y lechos a extraños, que no queda otra salida para mí, como para mi joven amigo, que dar por satisfecha nuestra búsqueda y, en consecuencia, recompensaros. Pues a quienes habéis proferido todas estas atenciones no son otros que Zeus y Mercurio, disfrazados de viajeros, probando la justicia de los hombres.
Filemón y Baucis se lanzaron al suelo, creyendo la historia, en parte gracias, a que sus ilustres invitados habían cambiando su forma a la que correspondía comúnmente a los dioses. Zeus continúo.
-Acompañadnos ahora afuera, pues por gracia de Apolo ya se ha hecho de día y hay varios prodigios más que queremos mostraros.
Los dos viejos se movieron lentamente e intimidados, pero llenos de gracia, llegaron al exterior de su hogar. El panorama que contemplaron era lamentable, el valle en su totalidad estaba inundado, desde allí se podía ver a animales y hombres luchando entre las enardecías aguas, asidos a troncos y tablas. Filemón miró espantado a Zeus, intimidado, pero presto a preguntar a que se debía aquella catástrofe. Antes de proferir palabra, y para su alivio, el príncipe de los dioses habló.
-Los hombres injustos han sido castigados por su insensatez e insolencia, pero sobretodo, por su crueldad e indiferencia frente a la necesidad. Vosotros sin embargo, os habéis salvado gracias a vuestras grandes virtudes, vuestra casa será de ahora en adelante un hermoso templo y vosotros tendréis derecho a pedirme lo que queráis.
Los dos viejos observaron absortos como su casa se transformaba en un reluciente templo a la gloria de Zeus, luego se miraron el uno al otro a los ojos, de nuevo, las palabras fueron innecesarias, los dos sabían lo que querían. Filemón tomó la palabra.
-Gran Zeus, no podéis saber cuan agradecidos estamos de vuestra generosidad y la del buen Mercurio, mi esposa y yo nos consideramos indignos de cualquiera de todas estas gracias que nos obsequias y sabedores de que nunca podremos pagar tan inmensa deuda, consideramos que solo en el cuidado de los cultos que exaltan tus bienaventuranzas encontraremos satisfacción a la vergüenza que nos embarga, al saber de nuestra imposibilidad de ser dignos de vuestro favor.
-Seréis entonces sumos sacerdotes de este nuevo templo, donde antes reposaba vuestra humilde casa. ¿No queréis otra cosa de mí?
-Me temo que si, gran señor, un deseo simple, pero que nos otorgaría una inmensa satisfacción a mi esposa y a mi.
-Os lo merecéis, hablad.
-Desearíamos morir los dos en el mismo instante, para que así ninguno de los dos pudiera ver o percibir como el otro cae al mundo de los muertos; quisiéramos poder cruzar la laguna Estigia juntos, evitándonos el dolor que una separación, por corta que esta fuera, nos produciría.
-Sabia ha sido vuestra decisión; otra razón más para cumplirla.
Filemón y Baucis envejecieron juntos, cuidando del templo de Zeus, como con tanta presteza cuidaran una vez de su hogar. Murieron de avanzada edad, justo en el mismo instante, como lo prometiera el padre de los dioses. Convirtiéndose entonces en dos grandes y hermosos árboles, Baucis en tilo y Filemón en encina. Con el pasar de los años juntaron dos de sus grandes ramas a la entrada del templo, como si de la mano se tomasen, para reposar allí, expectantes a las injusticias de los hombres, toda la eternidad.
|
Imprimir |
Enviar historia |
