FECHA PATRIA
A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos (1),porque desde ahí, desde la primera fila, la maestra me miraba con sus ojos de uva moscatel ; y su mirada recorría mis zapatos de estreno, las medias tres cuartos a rombos, el guardapolvo reservado para las fechas patrias, mi cara aturdida por el bochorno.
-Veinticinco de mayo, amanecer de la patria
eh, amanecer de la patria....
Señoras maestras, señores padres, alumnos. El niño Santángelo ha sido traicionado por los nervios y, sobre todo, por la emoción. No dudamos de su capacidad, así como tampoco dudamos del tiempo y del esfuerzo dedicados a esta hermosa poesía alusiva a la Fecha Patria que hoy celebramos- ¡Le brindamos un aplauso!
Las palabras de la Directora- estudiadas en el tono y en la intención. armadas cuidadosamente para anteriores y futuras emergencias- fueron el santo y seña, el signo inequívoco de que debía abandonar el escenario.
Sin embargo mi cuerpo seguía allí, inmóvil,deseando que lo tragara la tierra, que abriera su bocaza de mosaicos celestes y blancos para llevarme lejos, muy lejos, a ese lugar donde tantas veces yo sabía aislar las horas de felicidad y encerrarme en ellas(2).
Entonces ella, mi maestra, se elevó del asiento y los guardapolvos del cuerpo docente, rebosantes de almidón, rechinaron al unísono. Avanzó con la seguridad del uniforme inmaculado y la imagen de la Justicia en su cara sin vendas.
Porque solamente yo vi los ojos de uva moscatel atravesados por un rayo, mientras avanzaba con el brazo derecho levantado, para posarlo, finalmente, sobre mis hombros. Me dio un beso en la frente indigna y pronunció la sentencia sotto voce:
-Ahora sentate. Después hablaremos
La cabeza se me entretenía en pensar cosas por su cuenta(3), hasta que llegué a casa. Mi madre se había quedado en el colegio, en la improvisada reunión de padres.
Medité acerca de lo que iba a decirle, cuando de golpe comencé a recitar mentalmente la poesía, sin titubeos, completa hasta el final.Sentía una secreta angustia (4) y miré el patio grisáceo de otoño, la tierra con su bocaza de gramilla, dispuesta fielmente a tragarme.
Una voz firme y serena me rescató:
-¿Qué te pasó?.
-No sé, me puse nervioso. Yo la sabía toda, mamá, con puntos y comas. Te la podría recitar ahora mismo, perdoname.
-Ay, Andresito. Qué papelón . La Directora me llamó, como te imaginarás. Y no supe qué decirle
si una hora antes la habíamos repasado juntos. Qué papelón, alumno Santángelo, qué papelón. Bueno, esta bien, hijo, ya pasó. Ahora no llores. No hay que llorar
alumno Santángelo.
Entonces me dio un beso y parecía que el beso hubiera descendido en paracaídas sobre una planicie donde todavía existía la felicidad(5).
Dejó la Espada y la Balanza sobre los cuadernos, sobre las carpetas, y comenzó a desabrocharse el guardapolvo, rebosante de almidón, ese que reservaba para las fechas patrias.
Y vi sus ojos de uva moscatel, de donde salía un rayo que, por fin, se escapaba hasta el patio.
Las citas están tomadas de los siguientes textos de Felisberto Hernández:
(1) Nadie encendía las lámparas
(2) El cocodrilo
(3) La casa inundada
(4) Nadie encendía las lámparas
(5) Las hortensias
Buenísimo! y sabés no sólo eres un muy buen escritor, leí la de Julio y me encantó, tambien tienes la grandeza de proporcionar el origen de las citas, no todos lo hacen; un gusto haber llegado hasta tu rincón, volveré a visitarte.
Guadalupe, jubilada de Santa Fe capital