Explicación semántica de las metáforas.

(o, cómo mearle afuera del tarro)

 

 

En lo siguiente me propongo abordar el problema de la explicación semántica de una metáfora, desde dos perspectivas opuestas. Por un lado, tenemos la postura de Donald Davidson, según la cual, dar un significado de una frase es afirmar sus condiciones de verdad; mientras en el otro tenemos el inferencialismo de Robert Brandom, quien nos dice que el contenido conceptual de una proposición es su función inferencial. Cabe aclarar que para la claridad de la exposición haré una distinción entre (lo que intuitivamente se entiende por) el sentido figurativo y el literal de una metáfora; aunque, como veremos, cada autor niega respectivamente la existencia de uno de estos sentidos.

 

Davidson diferencia (de manera tajante) la tarea de aprender el significado de una palabra (señalar algo acerca del lenguaje) y usar la palabra una vez que se ha aprendido su significado (señalar típicamente algo acerca del mundo). Uno intuitivamente piensa que cuando proferimos una metáfora llamamos la atención acerca de algo del mundo. Sin embargo, si la metáfora tuviese un sentido figurativo, quien la escuche estaría a la vez aprendiendo algo del lenguaje (un significado nuevo para las palabras, distinto al ordinario o literal). De aquí el autor infiere que tal sentido no existe, y por lo tanto, el significado de una metáfora se agota en lo que significan sus palabras en su interpretación literal. Así pues, los fracasos en el intento de parafrasear una metáfora están en el hecho de que no dicen más que lo que está en su superficie; es decir, explicitan de manera literal todo su significado. Ahora ¿cómo se explican entonces los prodigios de la metáfora?

 

Davidson nos dice que las condiciones de verdad de una oración se deben poder asignar fuera de los contextos particulares de uso, para de este modo asegurar que al hacer referencia a ellos (las condiciones de verdad) la oración tenga un poder explicativo genuino. Así las cosas, los significados serían rasgos que las palabras tienen anteriormente e independientemente del contexto de uso. Esto nos lleva a una distinción entre lo que las palabras significan y el uso que se les da. Ahora, como el “sentido figurativo” (la interpretación metafórica) no es estrictamente un significado, entonces éste pertenece exclusivamente al dominio del uso.

 

El autor nos dice luego que los significados literales de las palabras permanecen activos en su disposición metafórica. La interpretación literal es cognitivamente anterior a la figurativa. Ahora, como el significado de una metáfora es su sentido literal, entonces la misma tiene valores de verdad como cualquier otra frase. Pues bien, pensemos en estos dos ejemplos: “tus ojos son esmeraldas”, “negocios son negocios”. El primero es una falsedad patente, mientras el segundo es una verdad demasiado obvia. El sentido literal de una metáfora (en su contexto de uso), según Davidson, nos resulta lo suficientemente extraño como para obligarnos a dejar de lado la cuestión de su verdad literal. Este extrañamiento es lo que nos lleva a interpretar metafóricamente la oración, buscando semejanzas entre cosas; como los rasgos comunes que tienen los ojos y las esmeraldas en el primer ejemplo. Es decir, la metáfora es un recurso que sirve para ponernos al tanto de distintos aspectos del mundo, invitándonos a hacer comparaciones.

 

Pasemos ahora a Brandom. Este autor antepone, en el orden de la explicación semántica, la inferencia a la referencia. Lo que distingue específicamente las prácticas discursivas es su articulación inferencial. Los conceptos son funciones del razonamiento. Es en las prácticas de dar o pedir razones donde se confiere contenido conceptual a las proposiciones expresadas. Explicitar algo (dar su significado) es ponerlo en una forma tal que; al mismo tiempo, sirve como, y requiere, razones: una forma en que puede funcionar como premisa o conclusión en las inferencias.

 

Decir que las cosas son de tal o cual modo consiste en asumir una clase particular de compromiso que está articulado de forma inferencial, proponerlo como premisa adecuada para otras inferencias, esto es, autorizar su uso como premisa y asumir una responsabilidad como acreedor de ese compromiso, como protector de esa autoridad, en las circunstancias precisas; en general, mostrándola como conclusión de una inferencia a partir de otros compromisos para los que se está justificado. Dominar el uso inferencial de los conceptos es conocer en qué más se comprometería uno al aplicar el concepto, qué le habilitaría para hacerlo y qué cancelaría tal justificación. Es por esto que Brandom dice que las prácticas que no entrañan razonamientos no son lingüísticas ni discursivas. Las prácticas de pedir y dar razones ocupan un lugar definitorio con respecto a la práctica lingüística en general. Los conceptos son así, normas que determinan la corrección (la racionalidad) de diferentes jugadas; o sea, determinan si algo es razón de otra cosa.

 

Bien, la primera diferencia que encontramos entre ambos autores es que la concepción de Brandom es más holista que la de Davidson, pues mientras el segundo decía que dar el significado de una oración es afirmar sus condiciones de verdad, en el caso de Brandom, esto se logra articulándola inferencialmente con otras oraciones. Dominar un concepto significa dominar muchos. Así, parafrasear una oración es expresar una oración tal que pueda cumplir su misma función, ya sea como premisa o conclusión, de una misma inferencia. O en otras palabras, sustituir una por otra no modificaría la corrección de la inferencia en la cual participa. Una segunda diferencia es que, en Brandom, el significado no es anterior a su contexto de aplicación; por lo que no admite la distinción davidsoniana entre los que las palabras significan y el uso que se les da. Por lo tanto, tampoco puede aceptar la primera distinción de la que hablamos (entre aprender el significado de una palabra y usarla una vez aprendida), ya que conocer el significado de una palabra es saber cómo usarla, y eso se adquiere en la práctica; es decir, utilizándola por ejemplo para decir algo del mundo.

 

Pues bien, pasemos entonces a analizar desde esta perspectiva las metáforas antes mencionadas. Cuando alguien habla de “esos ojos de esmeralda”, se compromete con proposiciones tales como “esos ojos son verdes”, “creo que esos ojos son hermosos”; pero nunca con “un cuchillo no podría rayarlo” o “contienen cromo”. Como vemos, lo que cumple funciones inferenciales no es el “sentido literal” o usual de las palabras, sino lo que intuitivamente llamamos sentido figurativo. Estar justificado de usar tal metáfora como premisa no nos habilita a decir de aquel ojo cualquiera de las funciones inferenciales del concepto en que usualmente se subsume el término “esmeralda”. Así también, cuando le pregunto a un amigo porqué para la administración de su empresa, en lugar de a mi, contrató a alguien más capacitado, una razón que pudiera darme mi amigo es “negocios son negocios”. Es evidente que tal oración en su sentido literal no es mejor justificativa que “las nueces son nueces”; por lo que uno se siente inclinado, como en el caso anterior, a entender que lo que cumple la función inferencial es el sentido figurativo de la metáfora; y que por lo tanto, en el caso de las metáforas, no hay algo así como un “sentido literal”, pues no puede ser utilizado ni como premisa ni como conclusión de ninguna inferencia.

 

Así las cosas; al parecer Davidson dice que una metáfora significa lo que dice en su sentido literal, mientras Brandom se inclinaría más por el lado del sentido figurativo. Intuitivamente, a mí me convence más, en principio, la perspectiva inferencialista, puesto que parece más realista, en el sentido de que uno cuando escucha una metáfora, por lo general no es consciente de su sentido literal y sí del figurativo. Tomemos sino un caso que usa el mismo Davidson, donde Woody Allen nos cuenta que el juicio fue un circo y que lo más difícil fue meter a los elefantes en la sala del tribunal. A la inversa de lo que dice el filósofo de Springfield, la extrañeza de la segunda afirmación con relación al sentido figurativo de la presunta metáfora fue la que nos hizo notar su sentido literal. Pongamos otro caso: era mi cumpleaños y unos amigos me pintaron todo de verde. Justo en este día tengo que rendir el final de lenguaje, pero no me va muy bien y el profesor que me está tomando dice que todavía estoy muy verde, que no llego ni al cuatro. A uno nunca se le pasa por la cabeza que esté hablando de que las secuelas de la broma de mis amigos aún perduran, a pesar de que tal enunciado ni es falso, ni patentemente verdadero; sino que, me da la sensación, uno va directamente al sentido figurativo de la frase, con independencia del sentido literal.

 

Sin embargo, Davidson cuenta por lo menos con una explicación (tentativa) de  qué es lo que nos hace interpretar metafóricamente una oración, cosa que Brandom, en principio, no hace. Es decir, al parecer, el inferencialismo de Brandom no es capaz de explicar qué nos protege del compromiso de afirmar el contenido de cromo de esos ojos al decir que son de esmeralda, si usualmente podemos deducir (con una inferencia material) que si algo es de esmeralda, entonces tiene cromo.

 

Intuitivamente podemos decir que estos son las limitaciones (por lo menos en el ámbito de la metáfora) que en principio uno puede encontrar tanto en lo que Davidson como Brandom proponen como explicación semántica, la cual está en estrecha relación con lo que entienden por significado de una oración. ¿No podemos imaginarnos entonces que hay una pluralidad de prácticas o mecanismos distintos para dar o explicar el significado de un enunciado? ¿O será, si nos ponemos más románticos, que los racionalistas y los analíticos se ven desnudos ante la posibilidad de volverse poesía? Quizás, quizás.

 

 

Bibliografía

 

Brandom, Robert. “El inferencialismo semántico y el expresivismo lógico”. En La articulación de las razones. Siglo XXI de España, Madrid. 2002.

 

Davidson, Donald. “Qué significan las metáforas”. En De la verdad y de la interpretación. Gedisa, Barcelona. 1990.

 

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Comentarios:

Escrito por: EITILEDA       02/08/10 15:58
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Bueno male, ya quedó claro que no te gustó; pero es lo más digerible que puedo hacer sin que la academia me eche a patadas. Sin embargo, también es verdad que los analíticos y los racionalistas hablan de este modo, y creo que es más sólido criticarlos desde su propio lenguaje desde el mío, o por lo menos más honesto. Besos maldita desquiciada...
Escrito por: Bocazza       02/08/10 15:28
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Para mi la comida debe ser buena, pero simple y digerible.
Escrito por: Bocazza       02/08/10 00:49
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No pude tomar ni una idea, ninguna, ni aprender nada (ojo, como ya ves hablo de mí y no del texto que lo lei todo otra vez)
Escrito por: mayca       31/07/10 22:15
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Gracias un magnifico escrito donde se aprende mucho, aunque yo pienso mas que al ser romantica, no soy muy analitica y me dejo llevar por la metafora en mis escritos, me gusta leerte, eres ameno al escribir. Un abrazo.
Páginas: 1

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