EVOLUCIÓN

Comenzó a leer sobre el tema para estar preparado, no para ayudar a alguien ya que nunca quiso en verdad a alguna persona, solo importaba él. ¿Había realmente alguna otra persona en el mundo?, ninguno de esos que andaban por allí dando vueltas podían llamarse personas, solo eran objetos disponibles a quienes se le podía sacar algún beneficio personal, algún provecho tan individual como humillante para esa cosa con apariencia de ser humano.
Enormes pilas de libros sobre tecnología amontonados por toda su casa. Cientos de certificados que acreditaban su participación en diversos entrenamientos de supervivencia junto a diplomas de cursos para manejar armas. Miles de revistas de objetos voladores no identificados con artículos de la siempre presente amenaza de una invasión proveniente de seres espaciales. Documentales sobre explosiones atómicas en diversos formatos como VHS y DVD. Extensas bibliografías sobre los peligros del agujero en la capa de ozono. Todos los cursos sobre nuevas ciencias, metafísica y todo lo novedoso en cada instituto académico también tenían sus diplomas correspondientes con algún lugar en alguna pared. Experiencias con prácticas esotéricas, mágicas, metafísicas, inmensamente cercanas a lo fantástico, todas esas prácticas tenían algún lugar entre sus saberes. Todo, todo, todo. Todo lo consumía Favio. Todo trataba de incorporarlo, todo podría llegar a ser útil. Todo podría ser una herramienta al alcance de la mano en un hipotético Apocalipsis. Todo le ingresaba al cerebro para acceder, instalarse y reforzar su delirio paranoico. Ese mundo en el cual los seres humanos tanto confiaban se estaba acabando, tenía los días contados. Él lo sabía, aunque desconocía el motivo y la causa de tal conocimiento. Pero era un conocimiento certero e indudable. Y era el único ser con tal información. Y debía sacarle algún provechoso jugo a tal ventaja sobre los otros.
Los cambios en el mundo se avecinaban, a veces parecían precipitarse, a veces a él le parecía que ya estaban sucediendo, que era algo gradual como un gusano que lentamente y casi sin proponérselo avanza y llega a su meta; pero no, todo empezó esa mañana. Esa mañana ya era distinta, esa mañana se deslizaba de una forma irregular, las sábanas reconocían y desconocían al mismo tiempo a quien acompañaba a Favio en su cama, un romance que no parecía tal pero que indefectiblemente tenía que serlo se conjugaba con los sombríos sucesos que en el exterior de la habitación ya estaban tomando forma. Favio se despertó con sus típicos bostezos y picazones matutinos, pero aquella persona que parecía ser la misma de siempre, no era la misma de siempre, no era la típica chica de todos los días. Favio había pasado toda la noche con la hermana melliza de su futura esposa, tan iguales y tan distintas al mismo tiempo, tan ellas y tan otras, tan juntas a Favio y tan separadas a él. Ninguna mísera migaja de culpa, ninguna dosis de arrepentimiento, nada similar a una penitencia por aquella falta, si ni siquiera acostarse con esa chica Favio la tomaba como una falta, todo lo contrario; él la había pasado bien, con eso bastaba. Favio todavía tenía en su boca el gusto de aquellos hermosos besos, esa conjugación de fluidos que eran más que fluidos, esa belleza que se deslizaba desafiando a todos los miedos e incertidumbre de aquella chica que ahora dormitaba en la más plena inocencia. Cecilia continuaba dormida, él se quedó mirándola con ternura por un tiempo bastante largo, esa mujer tan linda era suya, que fuera linda no era lo importante, sino que lo relevante era que fuera suya.
Cinco meses atrás, dos de los cometas de Júpiter habían chocado, perdiendo su órbita y desplazándose en dirección hacia la Tierra. Los científicos de la NASA y de la Comunidad Europea calcularon que pasarían cerca planeta y se los podría ver desde todo el globo, por lo tanto sobrevolaba sobre los aires de los terrícolas cierta dosis de felicidad y ansiedad por el espectáculo que se avecinaba.
Pero no todo fue tan simple. Las impostergables variables que la realidad siempre tiene en la manga no se hicieron esperar. Uno de los cometas se acercó demasiado, más de lo previsto, rozó a la Luna e hizo que esta se moviera, dejando ver a los terrícolas aquella cara que siempre había mantenido oculta, aquellas facciones indescifrables que a tantos poetas rozó con su musa, ahora estaba allí, regalando sus colores brillantes y plateados, sus ondulaciones y robustas sombras que aparentaban ser montañas rocosas, regalos que a más de un astrónomo podrían haber emocionado desde su más despeinado pelo hasta su más larga uña del pié, pero no, pocos astrónomos, por no decir ninguno, tuvieron tiempo para deleitarse con tal fenómeno. Millones de personas, al ver semejante suceso, sintieron en sus ojos un fuerte resplandor debido a ese movimiento de la Luna, la cual muy despacio fue tomando su nueva posición.
Las transformaciones no se hicieron esperar en quienes azorados presenciaban el cósmico acontecimiento. Sus rostros comenzaron a empalidecerse, las manos pasaron a ser garras, los ojos exigían muerte, las sangre les hervía, bullían a borbotones dentro de ellos terribles y devastadores instintos, a tal punto que infinidades de vidas se acabaron en breves segundos debido a feroces y sangrientas batallas entre aquellos otrora autodenominados humanos, pero que en la actualidad nadie podría animarse a nominar así a semejantes bestiales criaturas. Colmillos largos y filosos como cuchillos oxidados, alas tan grandes como el tiempo mismo, escamas y branquias se camuflaban entre los sistemas respiratorios, jorobas como las de camellos, venenos de serpientes y arañas se deslizaban dentro de esos cuerpos, venenos que esperaban a sus víctimas, víctimas que muy pronto no esperaron más, víctimas que enseguida dejaron de ser algo perteneciente a un hipotético futuro y se convirtieron en un triste y sangriento presente.  
Pero aquellas barbaridades no solo fueron productos de un fenómeno natural, proveniente del accidente cósmico entre el satélite terrestre y aquel cometa, sino que contribuyeron en gran medida los experimentos llevados a cabo por un escuálido científico de rulos exuberantes apellidado Stemberg, profesor de Genética en una Universidad californiana.
Tiempo atrás el profesor Stemberg había creado un artefacto llamado desestabilizador genético por medio del cual podía lograr mutaciones en los genomas de diferentes especies con una velocidad sorprendente, una velocidad que aterrorizaría al mismo Dios. En pocos minutos un conejillo de india tenía o jorobas, o colmillos, o alas, o escamas y branquias, o venenos entre sus fluidos corporales.
Estas transformaciones las lograba incorporando en una determinada cadena de ADN los códigos genéticos de otra espacie, y ahí, inmediatamente, comenzaban las alteraciones. El mamífero, que hacía las veces de sujeto experimental, sufría convulsiones por varias semanas mientras su cuerpo iba siendo transformado, convirtiéndose en lo que Stemberg pretendía.
El desestabilizador genético funcionaba mediante agujas que eran inyectadas a las venas del animal a transformar, por su sangre viajaban los datos que el profesor insertaba. Todo el cuerpo del sujeto experimental estaba conectado por medio de cables al desestabilizador, de esta manera Stemberg dirigía la dirección por la cual viajaba la sangre, garantizando que los datos llegaran a todas las células del cuerpo donde eran incorporados al ADN deformándolo, allí, en lo más pequeño de un ser como es una de sus células, allí comenzaban los enormes cambios en el animal. Nuevas e inimaginables bestias surgían de aquellos experimentos, bestias que regocijaban a su creador, bestias que aterrorizaban a cualquier observador externo, cualquiera de esos que Stemberg denominaba imbéciles estudiantes que preferían una teta de una mujer a una cadena de ADN.
El deseo más grande de Stenberg, aquel impulso que movía y daba razón de ser a sus acciones, ese interés por el cual se dedicaba a las ciencias, era probar experimentos de este tipo en seres humanos para perfeccionar a esa raza que en tantos momentos históricos se había mostrado tan débil, esa raza que necesitaba evolucionar, ser mejor, alcanzar ideales más elogiables que aquellos propios del férreo consumismo imperante en su época, ese individualismo tan indeseable del cual los imbéciles estudiantes o el argentino Favio podía ser fieles representantes.
El paranoico cajero de un banco marplatense llamado Favio, un cerdo individualista para quien las personas eran simples objetos tan parecidos a los productos de las tiendas,  que muchas veces se los confundía, y el científico californiano apellidado Stemberg, que conjeturaba sobre la ciencia como promotora de la evolución hacia la perfección de la raza humana, pronto, sin conocerse, sin saber de sus existencias, sin coincidir en sus cosmovisiones del mundo, sin siquiera intercambiar oxígeno en zonas similares, se entrelazarían en una historia que los tendría como rotulantes protagonistas. El futuro de la humanidad descansaba en las manos de un ambicioso científico y un individualista cajero de banco.
El sol californiano parecía penetrarlo todo cuando Stemberg se enteró de lo que iba a suceder con los cometas. Surfistas, turistas, actores, productores de Hollywood y tantos más continuaban ingenuos y distantes  a aquello que un pequeño cerebro rodeado por voluptuosos rulos estaba entretejiendo, diseñando, planeando para el futuro de la humanidad.
Stemberg supuso que todas las personas del mundo mirarían el fenómeno cósmico. Sus loables fines perseguidos con su ciencia nuevamente se posaban en su horizonte. Se preguntó, entonces, si de alguna manera podría aprovechar tal suceso para experimentar con sujetos humanos. Humanos, ¿la ciencia les daría una nueva oportunidad para ser por fin verdaderos humanos? Supuso que si pudiera enviar una señal con los datos genéticos que él quisiera, el cometa funcionaría como un satélite, entonces los genes ingresarían por la visión de quienes miraran en aquel momento hacia el cosmos, llegando a las células del cerebro y desde allí se desplazarían a las demás células ¿Pero cómo enviar esa señal? Desde el pequeño, pero eficiente para este caso, observatorio de la Universidad, se contestó. Aquellas suposiciones que tanto había cavilado iban, despacio como un gusano que lentamente y casi sin proponérselo avanza y llega a su meta, tomando forma.
Stemberg logró unir los genes de millares de animales existentes en una sola cadena. Él sabía muy bien que el cielo era una especie de mar de iones, los cuales acercaban sus olas a la superficie terrícola desde el anochecer hasta la mañana, y, especialmente, cuando llovía. Los iones pueden conducir señales eléctricas, esos conocimientos Stemberg los manejaba a la perfección. Estaba claro lo que tenía que hacer, no había dudas. Esas cadenas genéticas tenían que ser transformadas en señales eléctricas aptas para desplazarse por los iones dispersos en el aire, tal cual como lo hace un impulso nervioso por medio de las neuronas. Una vez que pudo convertir a una cadena en una señal eléctrica, Stemberg realizó millones y millones de cadenas iguales por medio de una autoduplicación forzada.
Para Stemberg fue muy larga la espera del cometa, la ansiedad le brotaba por todos sus poros, ansiedad que aumentaba más rápido que las autoduplicaciones genéticas que había realizado, pero al fin el anhelado día llegó. Cuando el cometa ya se pudo ver desde la Tierra, de una manera muy diminuta, cuando Favio todavía estaba envuelto entre el cuerpo de la hermana melliza de su esposa, Stemberg entró sin permiso alguno al observatorio de su Universidad, para lo cual tuvo que asesinar al guardia de seguridad y a un astrónomo que estaba haciendo observaciones, quienes supuso que no le dejarían llevar a cabo sus experimentos. Esas balas, ese plomo que decoraba con aquel vino rojizo los cráneos de esas dos personas junto a esas paredes del observatorio, decoraban al mismo tiempo un venidero panorama propio de terribles y dantescos infiernos.
Envió la señal y esperó alrededor de cinco horas para comprobar si todo había salido como él suponía. Cuando regresó al exterior, pese a llevar anteojos negros que lo salvaban de la influencia de los genes que el cometa transmitía, evitó mirar hacia el fenómeno que se erigía en el celeste, el cual ya podía verse nítidamente, así como también hacia la Luna, la cual estaba girando en busca de su nueva posición. Anduvo por la ciudad en su auto y comenzó a ver las transformaciones en sus creaciones. Se sentía Dios, era el descubrimiento científico más importante en la historia de la humanidad. Su gran carcajada demostraba la enorme satisfacción que sentía. Era innegable, Stemberg sería un apellido que perduraría por siempre en los atriles de la ciencia. La humanidad estaba evolucionando.
Su gran momento de regocijo y algarabía se interrumpió cuando una de esas criaturas saltó sobre el auto, de un puñetazo rompió el parabrisas, astillas de vidrio se incrustaron en el rostro de Stemberg, otro ser hizo lo mismo y ambos se abalanzaron sobre el profesor, comenzaron a arrancar pedazos de su cuerpo mientras los dientes de aquellas bestias se teñían de sangre, carne viva volaba por los aires, en vano Stemberg intentó usar aquel revólver que le había servido para asesinar a dos humanos: el astrónomo y el guardia; con estas bestias las balas no funcionaron. Hilos de un líquido tan espeso como colorado envolvían las temibles garras de aquellos seres. Extraños órganos de una estructura fisiológica humana se desvanecían entre aquellos aterradores dientes. El revólver en el suelo del auto, inútil e inservible como los libros que Favio había leído para salvarse del fin de la humanidad ¡Que irónico!, ese que quería ser Dios, ese científico que había abogado por una hipotética perfección de la raza humana, ahora era asesinado por dos de sus creaciones, por dos de los que supuestamente iban a ser hombres mejores.
En el otro lado del mundo, en otro hemisferio, en Argentina, en Mar del Plata, donde las olas bañaban con su espuma al amanecer de un día diferente, Favio, siempre vestido como ese típico cajero de banco que era: zapatos negros no muy bien lustrados, pantalón de vestir con raya al medio, camisa blanca con una lapicera en el bolsillo, ya había visto todas esas ominosas escenas en la calle. No entendía muy bien semejantes acontecimientos, ese fin de la humanidad que tanto había promovido su paranoia parecía decir presente, parecía instalarse en su retina con una intensidad tal que amenazaba con no irse jamás, las más temibles fantasías que su individualista cabeza había creado estaban allí, en el exterior de su casa, vibrando con la fuerza de una realidad eterna. Lo externo y lo interno parecían confundirse de tal manera que toda su estructura mental podía desgarrase y desmoronarse en cualquier momento. Se asustó en demasía cuando uno de los seres se le acercó, sus ojos perversos aparentaban llegar hasta lo más recóndito de su espíritu, hasta sus temores más profundos, más originarios, desgarrando a cada una de sus células, golpeando a su ser con un puño de acero, posando garras poderosas y sangrientas sobre su indefensa alma. Corrió hacia la habitación a despertar a Cecilia y le contó lo que pasaba.
Cecilia fue hacia la puerta, quería estar con su familia, pero Favio la detuvo y la convenció de que se quedaran dentro de la casa. Seguros, aislados de una devastadora jornada, de un violento amanecer, alejados de aquel atentado contra la armonía de la cotidianidad, resguardados de eso endebles límites entre lo externo y lo interno, la pareja convivía junto a turbaciones desatadas por aquel afuera tan agobiante, un frío por su espaldas les acariciaba el tiempo que allí compartían, agudos y terribles aullidos recorría el silencio de la habitación, ruidos que, pese a no dejar secuelas físicas, los dos sabían que destruían a sus tímpanos, una nueva paranoia, esta vez con más fundamentos provenientes de la realidad, se desataba entre aquellos dos seres humanos que habitaban esa sala. Espiaban por la ventana, cuatro pequeños y atemorizados ojos miraban sin querer mirar pero sin poder evitarlo las más sangrientas batallas. Vieron como se peleaban entre ellos, incluso como se mataban, hasta observaron traumáticas escenas de canibalismo.
Dentro de la casa el clima era tenso, Cecilia no paraba de llorar pensando en su familia, Favio en silencio, prácticamente mudo, recordó a Marina, su futura esposa, la hermana melliza de esa chica que le había regalado una inolvidable noche, su cara llorando aparecía frente a él, no podía sacar de su mente la idea de que él presentía un desastre así y no lo había evitado. Tanta paranoia, tantos libros que ahora solo estaban apilados en alguna sucia biblioteca de la casa, tanto tiempo consumido en evitar el fin de la humanidad, en adquirir conocimientos sobre armas, sobre comunicaciones y tantos etcéteras que no cabían en sus recuerdos en ese momento, ¿para qué? ¿Para estar encerrado en una habitación junto a la hermana melliza de su futura esposa? ¿Para contemplar pasivamente como los demás se mataban? ¿Para tener una casi certeza de que su prometida se habría convertido en una de esas espeluznantes bestias que invadían las calles? ¿Para qué?
Si bien Favio había trabado todas las entradas al hogar, la pareja tenía miedo. Miedos que se hicieron tangibles cuando se escucharon fuertes ruidos en la parte trasera de la casa. Oyeron como se rompían vidrios. Eran las ventanas que estaban siendo derribadas por esos seres. Ya nada podría evitar que llegaran hacia donde ellos se encontraban.
Salieron corriendo de la casa y por la calle se chocaron con uno. El ser comenzó a ladrarles. Sí, a ladrar como uno de esos perros entrenados para la caza. Los ojos de esa bestia estaban rojos, llenos de rabia, tenían un brillo que a Favio le recordó al de las guillotinas atravesando los cuellos de sus víctimas, escupían saliva y un salvaje odio hacia cualquier ser vivo. Cuando estaba por atacarlos Favio sacó esa lapicera que siempre llevaba en el bolsillo de su camisa y se la clavó en un ojo, provocando que litros de sangre salpicaran a la pareja, la Parker quedó enterrada en el cuerpo de ese demonio, sus garras que a tantos otros ya había matado ahora eran inútiles para sacarse esa birome allí clavada, esas terribles garras solo le quitaban piel a su rostro, pero nada podían hacer con esa Parker. Mientras el ser se lamentaba de dolor emitiendo fuertes y tenebrosos chillidos y su rostro brillaba rojo debajo del sol, Favio y Cecilia escapaban.
Comenzaron a hacerse preguntas acerca de ese mundo nuevo. ¿Habría otras personas como ellos? ¿Qué había sucedido? ¿Habría humanos sufriendo? Favio estaba pensando en otras personas, aquel ser individualista se interesaba por otros, un cambio más asombroso que el sucedido con esas bestias estaba aconteciendo en el planeta Tierra.
Se encaminaron hacia la casa de la familia de Cecilia, ella recordó que todos en su hogar, incluyendo a la pareja oficial de Favio, habían manifestado su interés por mirar el paso de los cometas, por eso ambos se habían tomado esa noche para estar juntos. Llegaron a la casa y vieron a todos. No les costó mucho trabajo darse cuenta que el padre de la familia estaba siendo atacado y devorado por Marina y su madre, una nueva escena de canibalismo se erigía delante de sus ojos, pero esta vez era la familia de la futura esposa de Favio y de la chica que lo acompañaba en ese momento. Remordimientos y sentimientos de culpa brotaban ahora a borbotones en aquel cajero de banco. Los cambios en el planeta Tierra continuaban.
Luego de innumerables e inevitables llantos, se lanzaron en una travesía por la ciudad, una travesía con el único fin de huir de esas bestias, de salvar sus vidas. Prestando más atención se dieron cuenta que tenían los ojos sujetos al piso. No les importaba lo que le pasaba a sus pares; cuando uno ladraba porque otro se le había cruzado los demás seguían en su historia, en una especie de mundo individual; les eran indiferentes a los semejantes que los rodeaban. Favio siempre había cultivado un infranqueable individualismo por el cual desatendía necesidades que no fueran suyas, jamás se había ocupado verdaderamente de alguien, sin embargo al ver aquellas actitudes tan atroces que esos seres con otros pares realizaban, se sintió tan sorprendido e indignado, hasta tal punto que incluso sufrió náuseas. Los cambios en el planeta Tierra se parecían a un gusano que lentamente y casi sin proponérselo avanza y llega a su meta, la meta de aquel gusano parecía ser Favio.
Grotescos seres con alas de terodáctilos rozaban las cabelleras de la pareja; gritos de horrores impensables provenían de lugares tan lejanos como cercanos al mismo tiempo; mares de líquidos rojos, plasmas y células hematíes, leucocitos y plaquetas fluían por las calles, toda esa sangre generaba verdaderos océanos; cientos de seres teniendo gulosas y terribles comilonas sobre cadáveres mutilados; recelo, aprensión, desconfianza, sospechas y temores pesaban sobre los hombros de aquellos caminantes que buscaban salvarse. Recuerdos nostalgiosos de lo que alguna vez había sido una ciudad poblado de niños caprichosos y amables simultáneamente, de colectivos repletos de gente apurada por llegar a sus hogares, a sus trabajos, a alguna cita amorosa, de transeúntes esperando en un semáforo para cruzar en una calle, de decenas de perros llevados por algún valiente paseador, turistas con sus heladeras, sombrillas y reposeras huyendo hacia la playa, artistas callejeros ofreciendo algo de sus pasiones a cambio de pocas monedas, colas interminables de gente indignada en los bancos, adolescentes apilados sobre alguno que ofrecía entradas gratis para su boliche, mujeres deleitadas sobre vidrieras mirando carteras de moda en ese año, hombres mirando a esas mujeres deleitados con cuerpos de moda en ese año, taxistas agolpados sobre la mesa de algún café, plazas infestadas de ambiciosos muchachos con pretensiones de ser un Maradona, ; recuerdos nostalgiosos, ese era el único bolso de viaje en aquella travesía de Favio y Ceclia. Sabían muy bien que nada eso volverían a ver alguna vez en sus vidas.
Cuando pasaron cerca de una alcantarilla, Cecilia sintió que tironeaban una de sus piernas, el susto fue muy grande. Otra vez esas bestias humanoides estaban ahí, buscando una nueva vícitima, imaginó la pareja Pero al sentir  una voz humana, acogedora y  afable, que les pedía que los acompañara, se tranquilizaron y por un instante olvidaron que en el exterior la furia de unas bestias mataban y destrozaban a cuanto pudieran.
El mundo continuó con su nuevo orden, en su nueva evolución. Muchos humanos que no vieron el paso del cometa ni la rotación de la Luna se ocultaron en cuevas bajo la Tierra para salvarse de esas bestias.
Ocultos bajo la Tierra están esperando un descuido de esos monstruos para regresar a la superficie y recuperar así su planeta. Favio se convirtió en un gran líder que está organizando la resistencia y una matanza de aquellas criaturas, el gusano lentamente y casi sin proponérselo llegó a su meta, llegó a Favio. Suben a la superficie por asalto y en pocos minutos matan a todos los que pueden e inmediatamente se vuelven a ocultar. Tienen la esperanza de que esos grotescos seres del profesor Stemberg se continúen exterminando entre ellos, que perduren en sus prácticas de canibalismo y así, poco a poco, desaparezcan. Impensadamente para quien lo hubiese conocido antes de aquellos sucesos, hoy brota todo el tiempo en Favio unos curiosos sentimientos de esperanza y solidaridad.

Favio y Stemberg, un cajero tan paranoico como individualista y un científico tan brillante como idealista, sin siquiera haberse conocido, sin haber sabido de sus existencias, sin haber coincidido en sus cosmovisiones del mundo, sin siquiera haber intercambiado oxígeno en zonas similares, se entrelazaron en una historia que los tuvo como rotulantes protagonistas. Villanos y héroes al mismo tiempo. Avanzando y retrocediendo en forma constante. Favio y Stemberg, geniales intérpretes de una nueva evolución de la humanidad.

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Comentarios:

Escrito por: PabloCastro       03/12/07 14:42
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¿Qué es evolucionar? He aquí un dilema que atravesando innumerables campos científicos se ha instalado en el campo humano, y que promueve múltiples argumentos. De este dilema surge la historia de un científico y de un ser individualista como pocos, unidos sin saberlo, sin siquiera sospecharlo, unidos por un terrible acontecimiento.
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