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ESE GRAN DIA.
Aquellas mujeres en la poceta, me enseñó que los ríos no son solo para los peces. Me enseño que no solo existían rectas duras y agresivas, sino que también eran de saborear las curvas suaves cuando están cubiertas de sonrosada y sedosa piel de hembra.
Me enteré de mi pubertad ese gran día, algo se agitó, algo me dijo ya eres hombre muchacho. Susto; si, quizás así haya sido, pero el susto más agradable de la vida.
Mis oídos calaban aquella cascada de risas como sirenas de las profundas inmensidades, alcancé solo unos escasos matojos para esconder mi inmensa curiosidad ante aquel hermoso cuadro que el universo magníficamente regalaba a los sedientos ojos de un chiquillo, Madre Santa, no existe pintor que pueda robarle a la naturaleza tanta belleza junta.
Pechos saltando como frutas pidiendo que las devoren, todos magníficos, túrgidos, amenazantes, sedosas cabelleras para salpicar de deseos cuando ponían velo a las ansias.
Cuantos ojos quisiera tener un ser humano cuando dos no dan abasto, para nutrirse con los cuerpos descubiertos de pudor de cinco reinas jugueteando con las aguas como Dios las hizo. Un desfile de las más variadas posiciones de la anatomía humana me enseñaron que nada de la creación es más hermoso que una mujer, aunque hayan flores, mariposas, arco iris, azules mares, ocasos que te abrazan en los más variados estados, aves que te arrancan un suspiro de agradecimiento al creador por permitirnos ver su obra. Pero como una mujer en todo su esplendor nada se le compara, es como llenar cuanto espacio vacío nos pueda estar atribulando. Si Dios empleó seis días para crear el universo de ellos uno lo dedicó para concebir a la mujer. Que sean bendecidas por siempre.
CaribeOro
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