Contar, el verdadero placer de la vida es contarla: vivir para contarla. Y asi mismo ocurre con la lectura. Si no podemos contar lo que hemos leido la lectura se convierte, se previerte, en un solitario onamismo que nos envanece como reyes derotados en un desierto. El mayor goce del amor es contar que estamos enamorados; y, de igual forma, el más intenso placer de la lectura, es contarle a otro cómo era la piel de Ana Kareninna, de qué color eran sus ojos, en qué momento exactamente se enamoró de Vronski, auel oficial del ejercito ruso que no la merecía, desafiando la moral y las buenas costumbres que su época, y la nuestra hacen pesar sobre una mujer casada, hasta el punto de que termina condenada a una especie de ostracismo social del que no se salva ni siquiera el pálido afecto de aquel hombre por quien lo arriesgó todo, como corresponde a su alta estirpe romántica.
O contar, por ejemplo, la novelesca historia de un principe italiano que vivía, como en los cuentos de hadas, retirado en un castillo, sin otro oficio que el de cumplir con los protocolos propios de su noble rango social.
leer para contar, leer para inventar. Porque , como decia Machado: "se miente más de la cuenta por falta de fantasía; también la verdad se inventa". Y asi uno puede contar, inventar, como si fuera el brujo de la tribu, y alrededor suyo se cerrara un círculo de oidores atentos, auella escena inolvidable en la que un asesino y una prostituta comparten, conmovidos, con el alma en vilo, la lectura de los Evangelios de Jesús, tal y como puede leerse al final de Crimen y Castigo, de Fedor Dostoyevsky, cuando Sonia convence a Raskolnikov de la necesidad redentora de confesar su crimen.
Es el fin del mundo, y sólo un hombre camina por un paisaje desolado, cuenta Ítalo Calvino. En aquel escenario, es apenas lógico que una hoja de papel aparezca volando y que el hombre la lea: "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendia..."
Porque cielo y tierra pasarán, pero la lectura no pasará. pero basta por hoy, que el brujo se va, pero promete seguir contando.
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