Son las doce del mediodía en la hora local de Kabul. Ismail, un niño afgano de diez años, de tez morena y ojos aceitunados, se abre paso por las abarrotadas calles del centro de la ciudad. Su paso es firme y decidido. Su gesto, sombrío, no parece el propio de un niño de su edad. Su paso, cual gacela, es cada vez más rápido. Cualquiera que se fijara en él, pensaría que es un niño que se ha perdido y busca desesperadamente a su madre. Pero nadie se fija en él.
Al cabo de unos minutos llega a su destino: la parada de un autobús que hay dispuesta junto al Zoco Mayor, en uno de los barrios más concurridos de todo Kabul. Al llegar se encuentra con una larga fila. Situándose entre medias de la misma, nadie parece reparar en su presencia. Pasados dos minutos, Ismail miró con impaciencia el reloj de un hombre de unos cuarenta años que leía a su lado el periódico. El hombre, del que llamaba la atención su bigote bien perfilado y su aspecto elegante, parecía absorto leyendo la sección de política internacional. La misma venía encabezada con un impactante titular: Una bomba estadounidense, en busca de la casa un líder talibán, mata a tres miembros de una familia vecina. Más abajo, venían reflejadas las declaraciones de un alto mando militar norteamericano en las que calificaba el hecho de accidente y de daños colaterales.
A las doce y cuarto, el autobús esperado por una larga fila de pasajeros enfiló la recta que le conducía hasta la parada que había frente al Zoco Mayor. En ese momento, Ismail rezó a sus padres y a su hermano mayor, cuya vida había sido arrancada de cuajo el día anterior por una bomba con destino equivocado. En el momento en el que el autobús se paró frente a la parada, el niño de tez morena y ojos aceitunados tiró de la anilla que sostenía el cordón de explosivos que rodeaban su cintura. Seis segundos después, los restos descuajados de cuarenta y nueve personas yacían esparcidos por la acera.
Así, en tan solo 24 horas, por la guerra indiscriminada y por la barbarie terrorista, se perdieron cincuenta y dos vidas inocentes.
|
Imprimir |
Enviar historia |
