Eróstrato de Éfeso.

Categoría(s): historias, historia, cuento, Artemisa

Los razonamientos que lo habían llevado a aquella decisión parecieron algo confusos por unos momentos. Sí, justo cuando su obra maestra, la que tanto planeara, se erguía ante él amenazante, altiva y desafiante. Algo extraño, desconocido de siempre, crecía en su interior. Supo, al fin, identificado con lo que le refirieran alguna vez como ansiedad, como nerviosismo. Se reprimió, cercano a la vergüenza, por tal sentimiento. No había nada que temer, se dijo, era una idea perfecta.

Alzó sus ojos de nuevo, para recorrer con ellos la inmensidad del edificio: El gran templo que los efesios dedicaran a la diosa Artemisa.

Medía más de cuatrocientos pies de largo por doscientos de ancho. La gran puerta de entrada era de ciprés y sobre esta, y alrededor del templo, se extendían los decorados bajorrelieves, henchidos de color; gráciles, producto de la mano de grandes tallistas jonios.

Eróstrato se introdujo entonces, con paso decidido, dentro del templo. Una enorme galería lo recibió, tras cruzar la puerta exterior, donde se levantaban ciento veintisiete columnas de setenta pies de altura cada una, erigidas por igual número de príncipes de toda Asia, codiciosos de reconocimiento e inmortalidad, en pugna por la suntuosidad de su ornamento. Testimonio eran de los dos siglos de gobernantes orientales contribuyendo al embellecimiento del templo. El techo, abovedado, alardeaba con su entramado de cedro y, al fondo del lugar, resplandecía tenuemente la gran estatua de oro de Artemisa.

El templo era un pastoso rebullir de murmurantes y piadosos fieles a esa hora, que iban de un lado a otro, ya admirando la belleza del lugar, ya cargando entre brazos cabritos y ovejas que serian sacrificados a la casta diosa.

Aquí y allá también, lámparas de aceite y trípodes encendidos iluminaban entrecortadamente el amplio salón, concediéndole una penumbra leve, como la de los últimos instantes del ocaso.    

Eróstrato caminó zigzagueando entre las personas, hasta alzarse frente a la estatua de la diosa. Artemisa vestía un peplo jonio de púdico escote y altura hasta los tobillos. Llevaba a espaldas el carcaj lleno de flechas y en sus manos el arco tensado hacia el piso, como si apuntara a alguna alimaña terrestre. El rostro inexpresivo, serio, casi delator de un mal humos divino, hermoso y, sin embrago, extrañamente masculino, como si su autor hubiera querido con esto delatar las actividades poco femeninas de las que la diosa gozaba tanto.

Eróstrato la observaba, como envelazado; una nueva duda lo invadió. ¿Se enfadara la diosa por lo que está a punto de hacer? Seguramente, se dice, ¿Cómo no hacerlo? Aún así, nada cambia, su misión es mayor que la ira de la casta Artemisa, de tal tamaño es su decisión. La tentación de la fama inmortal, sueño de sus sueños, es superior al miedo a una eternidad en el Tártano.

Extrajo entonces de su alforja, que debía cargar el género a sacrificar, un odre de piel de oveja rebosante de un caro y extraño líquido: la pez, viscoso, de fuerte olor y negro como el betún, pero, por supuesto, increíblemente combustible. Eróstrato se izó ceremoniosamente a un costado del pedestal de la estatua de la diosa y atronó, con ronca voz de emoción:

-¡Admirad todos, yo, Eróstrato de Éfeso condeno a la desaparición y olvido a éste gran monumento por la consagración y grandeza de mi nombre!

Acto seguido, escurrió la pez sobre un templete de madera y parte de las vigas desnudas del entramado de preciosa madera. Los cercanos lo observaban consternados, pero sin intervenir, pues no entendían que hacia aquel loco. Eróstrato tomo una de las lámparas de aceite que descansaban sobre pilotes y la lanzo sobre la pez; las llamas sobrevinieron en una gran vorágine. El incendiario callo de espaldas sobre el marmoleo suelo.

En segundos todo fue confusión y pavor entre los presentes, que se despabilaron hacia la salida. Por extraña razón que esto fuera, o consecuencia misma del pandemonio reinante, alguien se percató de arrastrar a Eróstrato fuera del lugar. Las llamas se extendieron rápidamente, venciendo a los torpes grupos de hombres que intentaron sofocarlo con arena y baldes con agua.

El templo de Artemisa en Éfeso fue envuelto en poco tiempo por el destructivo fuego y solo otro tanto se requirió para que tan magnifica estructura se viniera abajo, ante los ojos llenos de estupor de los efesios.

Eróstrato sonreía, perdido entre la multitud, al percatarse que su nombre iba de boca en boca, entre insultos y maldiciones. No importaba, la fama, pensaba desde siempre, no tenia nada que ver con el prestigio; sabían quien era y eso era todo. Había, finalmente, cumplido su promesa: Lo conocerían, lo recordarían, tanto por una gran obra virtuosa, como por una perversa. Días atrás, percatado de que su falta de habilidad le impedían realizar las primeras, se decidió por las últimas. Hoy, Éfeso y el mundo, sabían quien era Eróstrato. Mañana, en el futuro oscuro, todos le recordarían por aquella destrucción premeditadamente malévola.

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Comentarios:

Escrito por: Santiagosilvaj       29/10/07 19:06
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Jorge, gracias por el comentario. Respecto al argumento de Eróstrato, es algo confuso, lo sé y quizas no podria parecernos suficiente, sin embargo, creo que alli está lo bonito del asunto, no explique mucho las motivaciones pues me parecia excelente la opcion de que lo hubiera hecho por unas muy pobres. Es decir, no explicar su conducta le da un poco psicosis y fantismo, lo que encontre conveniente. Ahora bien, si tienes razon en que el "dias atras" es importante, quizas lo obvie demasiado.

Un saludo
Escrito por: jorgenrique       29/10/07 17:56
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Santiago: me gusto el tema y el estilo del cuento. te felicito. pero hay algo que no funciona...creo que no es suficiente el argumento expuesto por el piromano. creo que algun hecho inmediato pudo desencadenar la tragedia. en general, pienso que un intelectual como él, debe tener razones intelectuales mas profundas , o apasionamientos mas complicados cuyo resultado sea, por ejemplo el querer la fama eterna. en este caso pudo ser la pérdida de algo, la falta de reconocimiento artistico, la envidia por los nuevos artistas, el rechazo a la dictadura... creo que es importante narrar lo sucedido "días atras" cuando se percató de su falta de habilidades. nuevamente te felicito.
Escrito por: Santiagosilvaj       27/10/07 20:44
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Rina, lo importante, o muy buena parte por lo menos, de la narrativa historica es que se pueda llegar a identificar el lector con las situciones que parecen tan ajenas y lejanas. Es un reto hacerlo y me alegra que, segun tu comentario, lo halla logrado.

Gracias por comentar y leer, un saludo.
Escrito por: Rina       26/10/07 22:55
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Una historia muy bien narrada e interesante. Muy original y no tan ajena a nuestra realidad
Felicitaciones
Besos
Escrito por: Santiagosilvaj       25/10/07 22:05
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En tanto seamos hombres, en tanto seamos ambiciosos, en tanto aspiremos, como naturalmente somos propensos, a la inmortalidad, habran Eróstratos de sobra.

Un saludo y gracias por el comentario canguro.
Escrito por: canguro       25/10/07 21:55
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Genial Santiago.¿Cuantos Erostratos nos dio la historia y cuantos seguiran alumbrando?
Un abrazo.
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