
ERNESTO
El acento italiano de Ernesto le proporcionaba sensualidad al momento de hablar, era una especie de playboll europeo y ni que decir de sus labios que eran el complemento perfecto para su acento. Toda la gente lo miraba cuando empezaba a hablar y no porque entendieran lo que él decía sino porque su acento les causaba extrañeza y la vez fascinación.
La gente nunca escucha, solía decirme con frecuencia para lo que yo respondía y mucho menos te entiende, ambos desde la primera vez que nos conocimos habíamos compatibilizado de manera casi inmediata, él se convirtió en el amigo que nunca tuve, pues sus comentarios eran del todo sinceros y directos; situación rara en la decena de conocidos que tengo, pues, ninguno comprendía de lo que hablaba y mucho menos podían refutarme o al menos complementar la idea.
Aún todavía recuerdo la forma tan accidentada cuando lo conocí. Eran unos de esos días de otoño, cuando el cuerpo no da para más y sólo te pide, mantente en la cama, así me sentía, muy cansada con las sábanas por el cuerpo y el rostro con la intensión de que me ataran a mi rica y cómoda lecho. Las obligaciones eran más fuertes, que cualquier rato de flojera y sueño, para dejarlos al abandono por sólo retozar unos minutos más en la cama. Y ni que decir del despertador que hizo que estuviera de un pie a lado del baño para lavarme la cara y tomar luego el desayuno, en fin, el día se presentaba con flojeras y con muchas ganas de dormir.
Como era costumbre solía salir tarde del apartamento y por ende también llegaba tarde a las clases; pero está vez el tiempo me dio incluso para conversar con algunas compañeras que venían apresuradas para terminar alguna tarea con su grupo de trabajo en la biblioteca.
Llegar temprano no era mi prioridad, ya que muchos profesores y profesoras también lo hacían y todavía de manera más descabellada con media hora de retrazo y hasta casi no llegaban. No era mi prioridad estar esperando a una sarta de mediocres que lo único que saben hacer es dejar tareas, leer libros, pero jamás realizar una clase y poner de manifiesto sus conocimientos. Pensar en todo eso ya estaba provocando alergia, así que decidí retirarme de la universidad y buscar una juguería para complementar el desayuno que dejé a medias por pensar que otra vez llegaría tarde. Cruce las avenidas que rodean la universidad sin ningún inconveniente, cuando de pronto, apareció frente a mí, dejándome perpleja, un joven de mi edad, de piel canela, con unos ojos marrones intensos y unos labios que no hicieron más que besarme a la fuerza y dejarme sin aire; logrando escuchar de sus labios tranquila te voy ayudar, escuchar su vos con ese acento raro me extraño aún más, desestabilizándome de mi contexto y arrojándome a los brazos de esa fiera que me brindaba ayuda, sin siquiera conocerme. El beso duro mucho más que tres minutos, ya que por detrás unos tipejos le pedían explicaciones que no entendía, pero no pude salir corriendo ya que el se quedó prendado de mis caderas como si fuéramos amantes. Cuando al fin se fueron esos, y luego de que él les diera dinero en billetes de euro, me explicó el por qué de su actitud.
- Resulta que esos jóvenes que vistes, venían a quitarte tus pertenencias. Explicó.
- ¿Robarme?, pero y tú como llegaste a saber eso.
- Cuando iba pasando por la esquina aquella, cerca de la juguería, esos tres tipos te estaban mirando con la intensión de robarte.
- Intensión de robarme, por favor, sólo hiciste supuestos. En realidad tu intensión fue otra.
- Mira, niñita, sé más de la calle que tú por eso te ayudé, además qué crees que vinieron a hacer después que te di el beso.
- Si, claro, pedirte dinero
a lo mejor son tus compinches.
- jajaja, sabes que mejor no debí haberte ayudado, para que así aprendas a andar sola por la calle.
- No te pedí tampoco que me ayudarás, yo sé cuidarme sola. pero igual gracias por tu osadía, es la primera vez que alguien me besa sin otra intensión que no sea protegerme.
- jajaja, pues que bueno, porque nunca tuve otras intensiones contigo.
Que encantador, aquel tipo, palabras más directas no podía escuchar sumando comentarios de miles amigos juntos, tal es así que el invité a tomar un jugo surtido, aunque en realidad ambos queríamos tomar cerveza.
- Es temprano como para invitarte unas cervecitas. ¿No crees?,
- Mejor lo dejamos para la noche, claro, si tú puedes salir. Añadió él.
- Hoy no puedo, tengo trabajos en casa que hacer, con unas amigas, pero mañana encantada. Respondí, sonriente mostrándole un hombro descubierto con deseos de que sean devorados por sus labios.
- Si seguro, mi nombre es Ernesto, encantado de conocerte.
- Igualmente. Mañana te veo en la juguería a esta misma hora.