ENTRE MURMULLOS

ENTRE MURMULLOS

entre murmullos

entre murmullos.

 

 

 

 

 

Cada vez que voy en la calle, miro a las personas y observo que más de alguna habla sola. Yo también hablo sola, no sólo en la calle, también en mi casa, en mi trabajo a veces en voz alta, alguien tiene que acompañarme para no volverme loca digo, sobre todo en esos momentos en que nadie puede aconsejarme más que yo, que me conozco tan bien. Me reto, me felicito y me pongo roja de vergüenza, ahí la cosa se pone difícil porque somos dos las avergonzadas.

 

Pero esto va por otro lado, en una oportunidad en que veníamos del centro con mi hijo y un amigo de él. Subimos al metro, ellos se ubicaron cerca de la puerta interior del carro, que se conecta con todos los demás, yo quedé separada de ellos por dos o tres pasajeros. Es gracioso, al subir al metro sucede algo curioso, uno entra y se produce el efecto “retraimiento instantáneo”. En que quedamos todos absortos en nuestros pensamientos, no miramos a nadie, no escuchamos a nadie, menos tocamos a nadie, a menos que los carros vayan repletos, y quedamos pegados como chicle. En esas miradas que hacemos como que no vemos nada y vemos todo y a todos, diviso a un hombre que estaba entre los niños y yo, me llamó mucho la atención. No por su apariencia, ni por ser extremadamente atractivo, nada de eso había en él. Lo que sí hacía, era murmurar, movía la boca tan rápidamente que no pude dejar de mirarlo por algunos segundos, no quería que se diera cuenta. Entonces sólo podía mirarlo de reojo, me daba miedo hacerlo de frente, sus ojos me daban miedo, tanto que pensé que si sabía que yo lo observaba, podría coger a los niños y despellejarlos en forma violenta y descarnada.
Intenté desviar mis ojos hacia la ventana, nada hay en un túnel oscuro, sólo luces en movimiento, hablar con los niños, nada, ellos venían en su mundo.
Entonces, no demoró en hacerse escuchar el murmullo entre el ruido del metro y las conversaciones de los pasajeros. Comencé a escuchar sus angustias, sus miedos, sus secretos, y empecé a dolerme, a sentirlo, a verlo en sus entornos, solo, siempre solo, murmurando, siempre entre murmullos.
Sus vecinos le decían “el hombre al que se le caían las palabras”, “el hombre al que nadie escuchaba”, “el hombre loco”, “el ser único e ininteligible”.

Ví a su familia, un padre despreocupado, una mamá que siempre lo cuidó, lo cuidó tanto que lo abandonó en sus cuidados. No dejaba que nadie se acercara a él. Entonces comenzó a murmurar. A los 8 años fue el primer murmullo en la plaza de su barrio mientras los otros niños jugaban a la pelota, él empezó a murmurar. Luego, en su colegio, todos los niños levantaban su manita para opinar acerca de los temas que se hablaban en clases, él en un rincón de la sala mirando a la pared, murmuraba. Así, creció en un rincón silencioso, al principio, su mamá creyó que lo hacía para llamar su atención, lo retaba, a veces lo castigaba y otras lo golpeaba sin consideración, delante de quien fuera. Llegó un momento en que no le dio más importancia porque creyó que era una gracia de su regalón. Y volvió a quedar solo.

Cuando tenía 17 años, una niña se acercó a él. A ella le gustaban sus ojos, eran negros, grandes, tenía aún en ese entonces, una mirada expresiva y quiso saber su nombre. Él tenía tanta ansiedad, tanta emoción en su cuerpecito enorme, que lo único que salió de su boca, fue un murmullo inaudible. Ella no lo escuchó y se fue creyendo que a él no le importaba, la jovencita se sintió frustrada en su intento, sin querer entender que él, le había dicho su nombre en ese murmullo.

 

En ese instante el joven se convirtió en otro joven, antes murmuraba, ahora se ponía irritable y murmuraba más fuerte, casi sonidos guturales, golpeaba las puertas, empezó a mirar a las mujeres con lujuria enfermiza y un deseo que no entendía. Entre sus piernas sucedían cosas que nadie le había contado, su madre todavía creía que era un bebé. A veces miraba revistas de sexo que encontraba por ahí en los basureros, o que algunos vecinos en los negocios le pasaban porque lo creían loco y se reían.

Las miraba y murmuraba, sus ojos se llenaban de imágenes sexuales, no discernía entre una y otra, entraban a su mente sin ningún filtro, culos, tetas, vaginas, penes en bocas de mujeres,   semen, sexo de a dos, de a tres. Todo ingresaba a su murmuradora mente, pero no lo relacionaba con su vida, ni con su realidad. Eso que recibía, estaba a años luz de él, no comprendía lo percibido con lo que le sucedía a él.

Se enamoró sí, una vez, esa condición animal que tenemos las personas, él también la poseía y con creces, ahí murmuró su sexualidad, un poco más normal. Era una niña de su barrio, era linda, una trigueña de piel rosada, delgada, y petisa, él la miraba todos los días, sonreía como idiota, la buscaba con sus ojos hambrientos, cuando la divisaba, la seguía varias cuadras, a veces ella se daba cuenta y le decía – ándate, no me sigas, no quiero verte-, se quedaba envarado en el piso de cemento, bajaba su cabeza y se marchaba murmurando penosamente, esta vez, su murmullo daba lástima. A veces ella, lo dejaba que la siguiera, y le hablaba algunas palabras, cuando esto sucedía, él murmuraba feliz, sus ojos brillaban durante muchos días, recordando su risa, sus palabras, la manera coqueta en que lo miraba. Esa cosa fresca, liviana que poseen las mujeres que se dan cuenta lo que despiertan en algún hombre. Se ponen más lindas, más vanidosas, ligeras en su hablar, con una energía distinta. Él quedaba con ese recuerdo hasta que ella, en otra ocasión se aburriera y lo echara. Esto duró unos meses, hasta que ella se puso de novia con otro joven y ya no lo miró nunca más. Cuando supo esto, el joven murmuró silencios durante muchos días. Se escuchaba en las noches caminar por las calles hasta altas horas de la madrugada. Nunca lo vieron llorar, al parecer no sabía hacerlo, todo estaba contenido en su mente, que se convertía en una tormenta. Un día se largó a llover de tal forma que parecía que el cielo lloraba por él. Desde ese día, nunca más volvió a caminar por las calles de madrugada.

Antes cuando despertaba y amanecía con su sexo activo, erecto y húmedo, sentía miedo, placer y miedo, se tocaba y se masturbaba hasta eyacular. Se reía por lo que le causaba esta acción, por lo que le pasaba a su cuerpo, le daba sueño y dormía un poco más, al despertar y darse cuenta que todo su semen permanecía en su pijama, en su piel, lo limpiaba rápidamente para que su madre no se diera cuenta o a veces se escondía debajo de la cama. Su miedo y su placer eran inmensos. Al esconderse debajo de la cama, creía que los murmullos desaparecerían, que la oscuridad se los comería y que él volvería a ser el niño de 5 años que recordaba, feliz.

Ese era su mejor recuerdo, el único que poseía, era un tesoro, a veces lo sacaba de su baúl y lo revivía, era el recuerdo que lo hacía continuar, cuando crecía el dolor en su estómago y la angustia en su pecho, que eran como espinas atravesadas en la garganta no permitiéndole respirar, ni comer. Cuando tenía 5 años su madre lo miró y le dijo – mi amor, tú eres lo más lindo que tengo yo, mi hijo del alma, mi tesoro, hoy vamos a ir al parque, no olvides llevar tu pelota para que juguemos.

 

Llegaron al parque, y se ubicaron en un lugar con mucho espacio, con sombra, árboles, pasto e incluso un riachuelo que caía a continuación de la laguna del parque.

Pasó un señor vendiendo helados y su madre compró dos helados grandes, luego jugaron a la pelota. Cerca de ahí había una familia con un niño casi de la edad de él, que los miraba jugar, lo invitaron y fue perfecto. El hombre recuerda ese día como si fuera hoy. A su madre, al niño, Martín se llamaba, el día soleado, brillante, era la primera semana de noviembre, la primavera hacía su presentación en lo más extenso de su belleza. Ese día hacía calor, sudaron mucho al correr, quedando mojados completamente, rojos como tomates recién cortados, reían felices. Su madre compró bebidas heladas, frescas para apaciguar un poco el calor y el cansancio, se mojaron la cara y el pelo en el riachuelo, hablaron de las jugadas que hicieron, de cómo había jugado cada cual, era un día especial. Como especial fue cuando Martín le dice algo al oído de la madre del niño y ésta ríe más que de costumbre, haciéndole un cariño en su rostro. Hasta ahí, su recuerdo era hermoso, después se convierte en un dolor que no acaba nunca más.

Al ver esto, los celos lo invadieron por completo. Dejándolos solos, se alejó despacio, sin que se dieran cuenta. Quedó en silencio, no dijo nada, nunca dijo nada, sin embargo, ese sentimiento se quedó atrapado en sus huesos. Enmudeció desde ese día, hasta los 8 años en que sólo se escuchaban sus murmullos.

 

Al inmiscuirme en todo su pasado, escuchando cada uno de sus secretos, no pude menos que sentir pena por él, una pena tan grande que quise en algún instante abrazarlo, pero aún lo seguía mirando de reojo y aún le tenía miedo, me debatía entre el miedo y la pena. El seguía murmurando, todo el viaje lo hizo, hasta que llegó a su estación y bajó. El carro quedó en un silencio despreciable, el hombre se había llevado sus murmullos.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: sgrassimeli       23/01/08 02:12
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Comunicación, lazos, vínculos ... (enfermos u obstaculizados en alguna medida) y un dolor que sensibiliza el alma... Si aprendiéramos a limpiar esos canales, los ruidos de esos sonidos se nos abrirían al oído. Es interesante la manera en que planteas el tema (aunque me deja terriblemente triste, porque se llega a sentir esa pena de la que hablas: la dificultad para comunicarse)
Escrito por: Maledetapalabra       20/01/08 23:51
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Sentir y pensar...y cuando tengo que callar? y cuando tengo que hablar?y cuando tengo que tapar mis oidos?....."comunicarme con vos es un salto al vacio"
Mas alla de todo me gusta que digas todo esto en esta historia,es muy humana de verdad tu vision.
Escrito por: Asterion       20/01/08 23:08
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Se derraman mis palabras
cuando sólo me encuentro.
Ellas muestran mis pensamientos
que yo guardo muy adentro.

La falta de diálogo o la inoperancia del mismo hace que "nos comuniquemos".
Y, dices bien. nos llevamos los murmullos.
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