Comienza un nuevo día y, como de costumbre por lo menos desde que me instalé aquí, en esta nueva y apacible habitación, me dispongo a continuar con mi ensayo filosófico. Hace unas semanas envié copias de mi avance a distintas universidades con el fin de que alguna de ellas lo encontraran lo suficientemente digno para ser publicado, o al menos revisado, con la meticulosidad que se merece el tema. Dijeron que me llamarían hoy, y no puedo evitar sentirme ansioso al respecto. En fin, continuaré escribiendo.
Si tuviera que resumir mi existencia en una palabra, no escogería ninguna, o tal vez todas; lo único cierto es que serían palabras de tonalidad fuerte, de consistencia rígida y pragmática, palabras que se encargaran de destartalar los goznes de este mundo humano prefabricado. Tendrían que ser palabras crudas, mordaces, pero sin llegar al sensacionalismo de la injuria. Tendrían que ser palabras cuyo significado se filtrara por entre los poros de la humanidad, para hacerla transpirar vergüenza. ¿Qué puede ser más vergonzoso que verse retratado y de cuerpo entero en un espejo roto?...
¡El teléfono, debe ser sobre mi ensayo!... Lástima, sólo era mi madre preguntando si me encontraba bien. ¿Acaso no tiene algo mejor que hacer que entrometerse en la vida de los demás? Esta típica muestra de afecto me recuerda mi trabajo, así que continuaré.
Y no es que sienta predilección por alterar el modus vivendi de la civilización aunque tal teoría es sumamente tentadora, sino que considero necesaria una depuración de todo lo concerniente al instinto de autodegeneración que se viene suscitando en la actualidad. La vida, los moldes socioculturales, los esquemas mentales, todo se ha enrevesado, pervertido, enturbiado; la alienación de nuestra propia idiosincrasia es una clara muestra de la pendiente por la que venimos descendiendo. Es preocupante que, teniendo de nuestro lado novedosas metodologías historiográficas, no hayamos podido ser capaces de detectar la metástasis que infecta nuestro sistema de vida.
¡De nuevo el teléfono!... ¡Maldita sea, esta espera me va a matar! ¿A quién se le ocurrirá ofrecer becas de estudio por teléfono? Está claro que sólo se trata de un ardid marquetero para endilgarnos más deudas. ¿En qué iba? ¡Ah, sí, mi ensayo!
Si bien es cierto el conocimiento ya no pertenece a las élites, ahora éste se encuentra mezclado con información inservible, obsoleta, con la aparente finalidad de desorientar el quehacer académico del mundo, sumiéndonos así en una monótona y placentera negligencia, una que, a lo largo del tiempo y sumado a las taras hereditarias producto de una alimentación transgénica cada vez más desmesurada, adquirirán las futuras generaciones, o peor aún, que reconocerán como la esencia de la cultura en sí; de este modo se construye un edificio sin tener en cuenta los cimientos, mucho menos el terreno. La tecnología de redes y lo que el ejército denomina internet se perfila como el ícono de la decadencia humana, de su historia, de su más alto grado de tecnocratización. ¿Debo agregar que me refiero a sus creadores y no a la tecnología en sí? ¡Con las burdas religiones sucedió lo mismo! ¿Hasta cuando la humanidad seguirá padeciendo del síndrome que ella misma se ha erigido?
Esta vez, el timbre del teléfono no me coge desprevenido. Debe tratarse de otra tontería más debí imaginarlo; afortunadamente no soy adicto al consumismo, así que no me interesa el ofrecimiento de tarjetas de crédito doradas, plateadas o hasta niqueladas. El dinero sobre todo el inmaterial no es otra cosa que el símbolo económico con menor valor posible dentro de una sociedad que se dice civilizada. Lo que me recuerda
Cuando una sociedad llega a complejizar su estructura sociopolítica, cuando eleva su estatus cognoscente y lo utiliza como referente de ciertos patrones de verdad sistematizada, cuando recurre a la tecnología, a las ciencias, a todas las esferas del conocimiento humano para adquirir la hegemonía respecto a otras sociedades, en fin, cuando todo eso se da en una determinada época o ciclo presecional, nos encontramos ante un claro síntoma de decadencia. La decadencia del hombre, como ente regidor de la naturaleza. Ni siquiera su visión, su abstracción metafísica u otros ejercicios ontológicos, pueden entrever la trampa cenagosa que se extiende frente a sus pasos. La historia de la humanidad, como panacea de
Una nueva interrupción, veré qué pasa ahora ¡al fin! ¡Es del departamento de Relaciones Públicas de
La humanidad y su falsa percepción de lo bueno y lo malo; tal premisa descansa sobre un aliciente de transculturación. Esta percepción varía, muta, se amolda de acuerdo al contexto en que se desarrolle. Lo que antes fue bueno para una cultura, para la nueva cultura o en todo caso, para la cultura dominante, será malo, y viceversa. No hay mayor patraña que una verdad universal humana. El mundo es tal cual lo percibimos; que podamos transformarlo no implica que lo desnaturalicemos, mucho menos que lo percibamos como otra cosa distinta a lo que es. Nuestro mundo no es más que una construcción hecha a nuestras necesidades, una simple antropomorfización. ¿Somos todavía lo suficientemente mezquinos como para juzgar y catalogar de falsa o mentirosa una ideología distinta a la nuestra? De sólo reconocerlo, me alegro de ser yo mismo, ya que mi vida no se encuentra supeditada a las normas convencionales de esta clase de humanidad
AL DÍA SIGUIENTE, 21 DE MAYO DE 1979, AL MEDIODÍA, EL REO NÚMERO 00021, DE
Carlos Aurelio Díaz Enciso
|
Imprimir |
Enviar historia |
