Él surgió de la sombra madura de la tarde. Miraba sus manos con ese embotamiento con que se perciben las cosas nunca antes observadas.
El aire se deslizaba entre las ramas de los árboles del parque, era la serpiente primigenia, traslúcida y coral. El día se había desgastado en silencios. Cierto desasosiego encendía las estatuas desde el pedestal hasta la cúspide. La noche miraba ya desde lo alto de los campanarios de la ciudad.
Dedicó su mirada pre nocturna a un matiz del color azul tendido ante sus ojos, como una sombra proveniente de la caminata ciega de una mujer de unos treinta años, pero que no tenía definida en ninguna parte de su cuerpo la cronología que indicara tres décadas de desgaste en el mundo.
Espantó los demonios de su existencia con una eléctrica gestión, erizados a su lado con malas intenciones para poder desearla con cierta discreción, con cierta renuencia, como la fuerza impuesta contra el avance del viento en una abierta planicie.
Alguna flor se había desecho entre sus dedos, algún destello del vuelo de una luciérnaga naufragaba en el largo pelo oscuro, chorreado sobre los hombros, cubiertos por gasa y lana de la mujer adosada al paisaje.
No tenía muchas intenciones de hablar, porque no sabía como dejar de ser ese yo, esa intensidad de sucesos y miedos contenida en la base de sus moléculas.
La miró acercarse. Admiró el color pálido de su piel, el descenso de sus párpados, la curvatura de sus orejas, la firmeza de la mandíbula, el botón de la nariz entre las mejillas, las hilachas del pelo sobre el rostro.
La mujer lo miró. Derramó cenizas ante sus pasos. Una suerte de dibujos inconclusos fue modelada por el céfiro. Dijo una oración, sin acentos agudos. Parecía una intención de gravedad, un ansia de consistencia y materialización.
Hola.
La voz fue aflautada. Un golpe de piedra contra el cristal de una ventana. Dos lechuzas volaban en círculo y terminaron llevándose la última sílaba hacia regiones secretas.
Hola.
Eco o devolución. Cisterna abierta en un hangar, reverberación y dunas sometidas al desgaste de la erosión debajo del cielo abierto. Le estimuló el acento candente de cierta región oriental del país. Son esas palabras las que se dicen sin pensar en la verdad o el engaño. Ella no entonó mejor porque no era necesario entregarse a confidencias.
Antes te he visto por estos lares, me gustaría conocer tu nombre.
Horacio pensó, acostumbraba a hacerlo bajo el tejado de su portal o en el escondrijo donde desmenuzaba los códigos de las páginas de los diarios desgastados. Pensó con la virulencia de la gravedad. A veces son eficientes estas ráfagas de reflexión, insistió en cavilar, lejos de morir en los límites de la dimensión de la inteligencia se erguían como una estalactitas de azúcar un par de palabras.
Es mi ruta diaria. Voy de compras y a veces, me entretengo mirando a los niños en el parque.
Los niños no eran de su predilección. Les temía. Algunas veces aventuró a imaginar su vida entre ellos, correteándolos por el jardín o por la sala de la casa, dando alaridos cuando se subían a los muebles, estupefacto ante su ininteligible lenguaje de balbuceos y sílabas cortadas. Cuando ella ha mencionado a las criaturas su apariencia se ha demudado. Ha tomado algo del tiempo y lo ha rociado sobre su perfil.
Algunas cosas más fueron dichas. Él saturó de incienso verbal el miedo sainetesco. Ella sucumbió ante la curiosidad. Decidió averiguar cuál es el secreto de los hombres para tener siempre la apariencia de ceder ante el carmín de los labios y el aroma del sándalo y la canela.
Más allá de su propia posibilidad de comprender, enfrentó la duda, la terrible vacilación de estar allí cuando todo ha comenzado a girar sin vértigo, sin celeridad, sino con la pesadez de la sustancia. Horacio no había dejado de mantener erguido y activo su mecanismo de defensa. La miraba como desde un torreón, diminuta, chispeante.
Se sentaron bajo la mirada de un prócer a caballo, erguido en esplendorosa postura, en gallarda aspiración de eternidad con la espada en alto, amenazando enemigos ya extinguidos, sin presencia en estos cuadrantes.
El hombre con su barba y sus ojos de bronce, apuntaba la espada hacia recipientes de basura donde las ratas habían apostado por la preservación de su grisácea negritud.
Él pudo hablarle de su ocio y su afición por los libros. En los libros, decía, había encontrado el dolor, la insatisfacción y la frustración, pareceres similares había en la vida, pero con mayor sosiego eran íntegra parte de los páginas.
También le fueron mostrados el heroísmo, la integridad, los sueños, el amor y la soledad. Ella en cambio prefería la televisión, el fatigoso cambio de canales, la indefinida fijación de la programación y la locura de la publicidad.
Mientras esto se decían, el prohombre eternamente encolerizado, con el penacho sacudido por el vuelo de los pájaros que gritaban en sus oídos de bronce, continuaba fijo en su contemplación.
De pronto, Horacio sintió rabia. Quería lanzar cosas, romperlas, pisotearlas. Ella no lo notaba porque su sentimiento era menos lúgubre y en la calidez de su útero se estremecía el espacio vacío para la recepción de la materia humana. Quizás la percepción de un organismo no siempre se revela.
La rabia, sin embargo, le permitió acceder a un instante de lucidez. Asomó en sus ojos el brillo de la conciencia. Se había empinado este resplandor sobre el origen de su cólera y había observado la risueña gesticulación de los párpados, aleteando como colibrí bajo un aguacero. Descubrió sin quererlo, su afición o mejor, su adicción a sus propias secreciones.
Una pareja pasó corriendo. Equipos de sonido personal sobre la concha de las orejas. Todavía el prócer batallaba con su mirada de metal para no sucumbir al peso de los pájaros que pisoteaban su mano. Vieron a los atletas desaparecer tras una curva donde la sombra de los árboles parecía el bostezo de una cueva.
Yo acostumbro a sentarme aquí, sobre todo cuando cae el crepúsculo. En ocasiones veo la luna ascender detrás del campanario.
No se atrevió a invitarla a caminar ni a nada. La nada era un síntoma propicio para la libertad, para el expedito movimiento, un espacio sin movimiento para sentir ausencia.
Entonces la imaginó desnuda, colorada, escondiendo sus senos bajo sus manos abiertas. La pudo percibir en su ficción con el pelo suelto, con el color de uno de los pezones rutilando entre dos dedos separados. Vio la sombra de su pubis, la fuerza de ese ángulo donde se concentran los esfuerzos de la especie, donde se conjugan los resabios y los aciertos de las moléculas y los genes. Vio la ondulación de los muslos recorridos por un sudor nervioso, por un torrente de lava furibunda derramada por su ansiedad.
Como análoga e inconsciente respuesta, ella le imaginó legañoso, despeinado, con el desagradable olor de la caña descompuesta en su aliento, con las manos sucias y las uñas mordisqueadas. Le pensó en el patio trasero arrastrando hojas muertas, destapando zanjas, ordenando pedruscos contra el muro. Un cachorro correteando entre sus piernas salpicado de briznas de hierba recién cortada.
No sé, de pronto podríamos encontrarnos otra vez. Vives cerca de aquí, supongo. Este es mi número de teléfono.
El papel llegó hasta las manos de ella, abiertas como mariposas, como vampiros. La letra era del tamaño de hormigas rojas. Guardó en su bolso el pliego. En algún lugar lo podría encontrar más tarde o mañana o dentro de más tiempo. Ella se incorporó para devolverse al camino.
Él permaneció sentado, mientras las curvas femeninas deformaban la cincelada lápida del hombre de a caballo. Estrecharon las manos. Ella las tenía frías cuando la noche se ensimismaba en su fantasía.
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