Él estaba allí para matar o morir; estaba lejos de casa, en esas islas frías, que para unos eran Malvinas y para otros... Falklands, a veces dudaba de que se tratara de las mismas tierras, para ambos bandos parecía tener distinto significado poseerlas, lo veía en las actitudes y condiciones con las que combatían, unos eran conscriptos que les había tocado un mal año para hacer el servicio militar, mal equipados, mal alimentados, pero con gran corazón. Otros formaban un ejército profesional, con lo último de la tecnología militar volcado sobre si y con una profunda idiosincrasia belicista.
La corrida de un soldado enemigo lo obligó a abandonar la profundidad de sus pensamientos, estaba a unos cincuenta metros y ofrecía un blanco fácil, el acto de levantar su arma, apuntar y disparar fue casi un reflejo, una secuencia repetitiva de una espantosa habitualidad, tanto que ya no escuchaba los estampidos de la ráfaga, pero extrañamente buscaba y lograba oír cada tintineo que las vainas daban al caer al suelo.
Cargó su arma al hombro, prendió un cigarrillo y lentamente abandonó su puesto para ver el estado del soldado al que había derribado, los últimos metros los caminó arma en mano, dispuesto a rematarlo si intentaba reaccionar violentamente, se tranquilizo al ver volar el fusil de su oponente lejos de donde yacía. El soldado caído lo miró a los ojos y en inglés le rogó que no lo matara.
Entender las palabras de un enemigo caído para él era una maldición, lo hacía tomar conciencia de que quizá mañana le tocará estar en su misma situación y no podrá pedir clemencia por no saber una palabra de español.
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