EN BUSCA DEL SILENCIO PERDIDO

Categoría(s): Articulo

Por Edwin Cuperes

 

     A la máquina de podar grama le viene adherido por añadidura lo que un orejón cualquiera consideraría el propósito último de su misión primaria: hacer ruido. La naturaleza jamás se había dado con un enemigo tan acérrimo y despiadado, capaz de matar los retoños de la maleza creciente con el mismo desenfado con que tritura las ideas más puras del pensamiento. Cuesta trabajo creer que el vórtice helicoidal de sus aspas cortantes sea impulsado por un motor de apenas dos caballos de fuerza, pues no bien algún vecino acciona a tiro de trompo el cordaje del encendido un insoportable trastabilleo de abejón bullente, una ecatombe de metralla asesina, un estrépito brumoso, un clamoreo de muchedumbre en desgracia arrecia en los tímpanos, sacude la piel, resuena en la cavidad craneal y recluye a la conciencia en una claustrofobia de asonancias marchitas.

     Nada parece tan mal hecho en nuestro organismo como las orejas, ese par de embudos acústicos con que algunos seres humanos adquieren la perspicacia de un ratón o la somnolencia agigantada de un elefante. Pero el diseño de su nomenclatura es un sacrificio estético aceptable, dada su muy utilitaria labor de amplificación modular y recipiente de los más diversos y primigenios estímulos sonoros con que la evolución nos ha dotado para advertir en su amplitud vasta el ruidoso mundo que nos rodea. La percepción del sonido es, sin embargo, algo mucho más serio que los seriales de las películas mudas de los primeros tiempos del cine, cuando el peligro de un cubo de pintura lanzado al vacío tenía la misma gracia para el trabajador urbano que la que tuvo para el hombre cavernícola la llegada silenciosa de un mamut. Sólo hay que recordar las trágicas circunstancias que resultan de no haber escuchado bien la palabra de un cura, el suspiro de una amante o el chirrido de un neumático para cuantificar en su justa perspectiva los muchos beneficios alcanzados por la humanidad desde que en la oficina de diseño celestial a algún ángel se le ocurrió taladrarnos a cada lado de la cabeza un orificio lo suficientemente grande para escuchar el aleteo de un colibrí pero lo suficientemente pequeño para que ningún humano depravado se le ocurriese utilizarlo para otros placeres menos dignos.

     La gran desventaja de nuestro sistema auditivo es la falta de un interruptor que, como los párpados para apagar la luz de los ojos, ponga fin a un ruido tan endemoniado como el que puede propagar una cortadora de grama. Esta incapacidad de cesar su funcionamiento perenne ha proporcionado a los inventores la oportunidad de aliviar nuestra urgente necesidad de silencio. El resultado ha sido decepcionante: luego de un estudio exaustivo sobre la percepción de la densidad y presión de la materia salpicados en la vibración ondulante del aire —que es el significado truculento con que el diccionario define al sonido— nuestros amigos inventores han emergido del laboratorio humeante con un par de tapones de corcho, de plástico, de madera de balsa o gomas de silicón, moldeados en forma de punta de dedo. La verdad es que este vergonzoso artilugio, inspirado en el reflejo instintivo de taparnos los oídos ante las molestias del tímpano, logra disminuir los ruidos cotidianos y más o menos tolerables del diario vivir pero es incapaz de acallar elementos tan ensordecedores como la algarada de un bebé hambriento o el restallante decibelio de una máquina de podar. Peor aún: al incrustar tales sordinas en el canal de audición se tiene la sensación de estar bajo agua y entonces es posible escuchar el rumor de los huesos, el torrente del manantial de la sangre, las palpitaciones secas del corazón que anuncian con cada dilatación del miocardio la turbia amenaza de un tiburón al acecho y uno queda inmerso en un estado de agitación interna acaso más confuso que las trapisondas del mundo exterior.

     Los ancianos parecen tener una solución natural a la crisis de escándalo que aqueja al mundo, pues advienen a una edad en que los sentidos, atrofiados por el uso, dormitan en un aliciente de paz que tantos amantes del silencio andamos buscando, y hacen bueno el refrán de que no hay cuerpo que resista un mal que dure cien años, como es el caso del ruido. Lo curioso es que las orejas y la nariz son (desgraciadamente) las únicas piezas cartilaginosas de nuestro cuerpo que siguen creciendo hasta el final de nuestros días. Eso explica una de las característica de los ancianos: el ser narizones y orejudos. El efecto de este crecimiento es, sin embargo y contrario a lo que se creería, inversamente proporcional al tamaño del órgano en cuestión, pues una nariz grande rara vez distingue los aromas del aire con la percepción concentrada de una nariz pequeña —lo que justifica el hecho de que la industria de los perfumes tenga su base industrial en Francia, hogar de los narizudos del mundo—, del mismo modo que las ternillas más chicas superan en la captación de decibelios la mantarraya de unas orejas grandes, conocimiento que todas las mujeres deben tener muy en claro a la hora de buscar hombres narizones u orejudos, pues ni las olerán mejor ni las escucharán más.

     ¿Y del silencio qué? Habrá que esperar a morirnos. Y ni siquiera entonces. Pues, lo primero que escucharemos al despertarnos para el juicio final seran las trompetas.

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: Jadi       04/11/07 15:54
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Edwin, se nota en tu historia tu cultura y tu pasión. Sabes llevarnos de la mano por la emoción, la que sostienes sin importar que el tema sea trillado. Haces vibrar lo que no se mueve, haces gritar al que no habla.
Felicidades amigo, escribir es tu gran don.

Un abrazo,
Jadi
Escrito por: guadalupe40       25/09/07 01:42
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Buenísimo! además didáctico, y gracias por el consejo sobre los órganos en cuestión; en cuanto a escuchar las trompetas será si vamos arriba , abajo sentiremos olor a quemado...Guadalupe
Escrito por: Aurelio       20/09/07 22:38
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Salvo minúsculos detalles (falta la "h" en "ecatombe" y "exaustivo"), le texto se me hace informativo-narrativo, como si se tratara de un ensayo informal. Personalmente rescato los últimos párrafos, que se centran en la temática general del relato.
Escrito por: sgrassimeli       01/08/07 04:58
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Me recomendaron esta lectura con justa razón. Y amerita un comentario. Impecable la historia en contenido y narración. A esta receta no le faltó nada. Los condimentos adecuados. Felicitaciones!
Escrito por: Piegrande2       17/07/07 06:43
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Impecable!...abunda sin redundar en explicaciones certeras. Por momento su lectura se vuelve insistente como el de la taladrante podadora, como las notas del "Vuelo del Moscardón" de Rimsky Korsakov o el apabullante ir y venir de un saxo de una pieza de jazz... Leerlo es como someterse al tormento (en el buen sentido) de la breve eternindad de una montaña rusa de palabras en perfecta concordancia, donde nada sobra...aunque parezca. Vertiginoso...emocionante...
Perfecta transmisión de aquel ruido molesto (que no se malentienda por favor).
Mis mayores felicitaciones!
Escrito por: crizangel       14/07/07 19:57
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
me encanto, parece mas como un ¿sabias que?... sin embargo tiene un toque de gracia sin perder la seriedad del asunto.
muy bueno.
Un saludo con cariño de tu amiga Crizangel.
Escrito por: Linosangalli       13/07/07 22:33
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Amigo: un endemoniado ejercicio literario muy bien compuesto para poner en claro que detestas el ruido. Tu técnica depurada y la utilización de palabras y metáforas demuestran tu maestría. Abajo los argolleros que monopolizan las editoriales y paso a los talentosos.
Un abrazo
Lino
Escrito por: ferruz       12/07/07 21:23
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Hola, escribes muy bien pero creo que utilizas un lengüaje un poco rebuscado para los lectores comunes y corrientes como yo y creo qué al principio debe ser un poco más ligera la lectura para invitar a todos a seguir con la lectura, tu texto me recuerda un poco a Julio Cortazar. Espero te sirvan mis comentarios

Atte.
Fernanda
Escrito por: patricio       12/07/07 20:34
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Por lo general leer tus escritos me causa un gran placer, sin embargo, en este caso en particular, también me he quedado aterrorizado a mas no poder. ¡Que dios nos ampare si mi nariz sigue creciendo! Espero no vivir tanto como Matusalén.
Cruza los dedos, amigo.

PD: Vaya escritor que eres. Sumamente original.
Escrito por: Geraldine       12/07/07 06:47
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Me gusto mucho tu monólogo!! Tendre en cuenta lo de los hombres narigones y orejones jeje. Ay si, bendita forma de resucitar escuchando trompetas, todos nos levantaremos echando maldiciones jajaja.
Un beso, me gusta tu obra.
Escrito por: amanuensis       12/07/07 04:17
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
te felicito!, me encantò tu historia, me estoy imaginando en mi vejez segun tu cuento me creceran las orejas y la nariz, mmm verè como me las arreglo para quedar bonita y no asustar a los niños, ja,ja.
amanuensis
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar historias