El viento fresco de noviembre soplaba en su cara. Le encantaba recibir las caricias que las corrientes de aire le prodigaban al ir en su bicicleta de montaña.
Al ver los pinos que movian sus agujas y ululaban filtrando las ráfagas de aire, venía a su mente el recuerdo del viejo armario donde guardaba sus jueguetes, recuerdos de su niñéz. ¿Serína los ancestros de éstos pinos de donde lo habían hecho?
Al detenerse en lo alto de la montaña se percató de lo avanzado de la hora al consultar su viejo reloj- de los antiguos, de cadena- que sujetaba al cinturón y lo guardaba en el bolsillo delantero del pantalón, como lo solía hacerlo su abuelo materno que se lo regaló.
-¡ Las dos de la tarde !, dijo alarmado, apenas me da tiempo de regresar al pueblo para tomar el autobús de las cuatro.
Habían terminado las vacaciones en la montaña y debía regresar a la ciudad para volver a su trabajo al día siguiente. Con desgano y nostalgia echó cuesta abajo dejándose nuevamente acariciar, por última vez en éste año, de las caricias del viento.
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