Elena

Elena

El resto es silencio
-Shakespeare

Todo empezó como un juego. Ella tenía la costumbre de salir a la calle, barrer la grada y dar de beber a las macetas y árboles que encontraba a su paso. Con  la punta de los dedos vertía agua sobre el piso para que el polvo no alborotara la mañana.
Siempre bien peinadita con el plateado cabello discretamente custodiado entre dos peinetas.  Poco maquillada pero los labios pintados de rojo carmesí. Vestida correctamente, casi siempre con traje sastre a dos piezas y blusa  con cintas  amarradas al cuello en forma de moño como si  todavía fuera a  ir a la escuela a impartir sus clases de piano. Las zapatillas de medio tacón cuadrado repiqueteaban en la piedra como dos castañuelas. Era una mujer silenciosa. Cuando me veía llegar con mi maleta cargada hasta el tope, me daba los buenos días con una sonrisa afable.  Yo desde muy temprano seleccionaba  de entre los paquetes,  su correspondencia: Cuidadosamente escudriñaba entre timbres,  códigos fiscales, señas  particulares y direcciones hasta encontrar especialmente esos. Ella seleccionaba  los de pago de servicios y el sobre azul que era el que contenía el cheque de su pensión. Yo a veces no la veía así que sacaba los sobres de la maleta y los depositaba en el buzón  mientras ella  desde la ventana simulaba, a duras penas disimulaba, el insomnio de la noche anterior en espera del pliego azul mismo que, representaba un suspiro para la liquidación de sus deudas; sobre todo, el pago de la renta al señor González quien le había advertido lo importante de no retrazarse en el alquiler si deseaba seguir beneficiándose  con ese pago tan “simbólico”.
Luego de caminar unos pasos observé de reojo  como revisaba la  correspondencia habitual y  de cómo se sorprendía por la presencia de un sobre distinto. Revisó dos o tres  veces para cerciorarse que era para ella. Su rostro se iluminó igual que un niño cuando recibe una golosina. Con la vehemencia asomada en sus grandes pupilas, olvidó su cotidiana labor y  enseguida se escucharon sus tacones correr hacia el interior de la casa.
De los trece años que tengo de cartero asignado a esta zona, es la primera vez   que veo  tanta  felicidad de alguien que recibe una carta. De hecho, ha disminuido el trabajo, los carteros,  me temo, están a punto de desaparecer. ¡Qué distinto hace unos años!  Por estas fechas, no nos dábamos abasto para entregar las tarjetas de felicitación para Navidad y Año Nuevo.  Los que estaban lejos de la familia, establecían un vínculo cariñoso al escribir unas líneas; quien las recibía, luego de luchar con una desesperada alegría,  las iban colocando en el árbol navideño el cual,  muchas veces no necesita de más adornos al cubrirse de buenos deseos escritos en tarjetas de colores. De pronto todo eso terminó; tal vez fue porque se encareció el papel y el valor de los timbres y esa costumbre quedó fuera del alcance de muchos.
Las cartas desde hace tiempo han caído en desuso; lo mismo que los filatelistas o el romántico encargo de hacer llegar una misiva amorosa  o secreta a través de palomas mensajeras.
Al  otro día regresé y la encontré en su  labor habitual, mientras  tarareaba una canción que yo conocía muy bien, “Solamente una vez” de Agustín Lara. Entregué la correspondencia en propia mano. Ella se ruborizó. Yo le guiñé un ojo en maliciosa complicidad.  Ella se alejó dejando sonar su alegre y apresurado taconeo.
Al día siguiente fue lo mismo y así durante noventa y tres días descontando los fines de semana. Si por un descuido pasaba por esa calle  algún domingo, la veía en la ventana, con la mirada perdida. La espera suele ser multifacética: A veces se aguarda con impaciente deleite y otras, con sórdidas ganas de atormentar al reloj para que acelere su paso.
Ella esperaba siempre con esa tenaz disciplina de necia ilusión. Yo, en mis noches de desvelo, hubiese querido adivinar ¿Qué esperaba?, ¿Un aumento en la pensión?, ¿Alguna noticia?, ¡Dé quién si se la veía tan sola! ¿Un amor? ¿Qué diablos esperaba con tal desesperación? El tiempo derrota  la  distancia, los orgullos, los rencores y tal vez hasta los olvidos para entregarse por fin, en un  punto de armonía,  a su destino.
También a los carteros nos tienen olvidados; ya no entregamos cartas de amor o mensajes personales, sólo publicidad y estados de cuenta. Ya no se  nos felicita el doce de noviembre y, en el mejor de los casos,   alguna vez  recibimos una gélida propina.
He recorrido  estos caminos mil veces. Mis pies  se saben de memoria cada tramo. Avanzo paso a paso entre las baldosas; a veces,  en las ruedas de  bicicleta o en la rapidez de la moto. Por años, diariamente he  recorrido  todas las calles que en esta colonia llevan nombre de flor; es como si  cada manzana se deshojara en una cascada de pétalos bajo mis constantes recorridos. Esa noche no pude escribir  una sola línea.
El saludo esperanzador que ella me ofrecía cada mañana se tornó en  amargo gesto de desilusión al percatarse de la ausencia del  sobre. Un silencio vertical  abatió su rostro.
A la mañana siguiente no estaba. Dejé la correspondencia en el buzón. Lo grave fue que pasaron varios días y no la vi. Nadie había retirado las cartas atrasadas.
 Junté algo de  disimulo y me atreví a preguntar a una vecina. Ella se santiguó y dijo en tono de tragedia: “¿Elena? ¡La pobre! Por fin logró dormir.  No despertó. Ningún familiar, ningún amigo  se apareció  por aquí. Por varios días nadie se dio cuenta de su ausencia,  “¿cómo puede uno  vivir tan solo en  una ciudad tan grande?”

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