Son las tres de la tarde. El calor sofocante se sentía incluso por debajo de la sombra. Calcinante. Celia no hacia más que apresurar sus pasos hacia aquel ascensor. En su mente su objetivo único. Verlo. Al abrirse las metálicas puertas, Joaquín estaba ante sus ojos. Gallardo. Sus miradas se encontraron. Se unieron ante la magnitud de sensaciones que sus cuerpos inquietos, angustiados se expresaban. Impávidos. Expectantes. Sólo fueron unos instantes en que la distancia entre ambos fue de centímetros. Contrastando con la vasta brecha de sus corazones. Incalculable. Al unísono bajaron sus miradas ante el temido reproche. Único consuelo encontrado en el abandono del sentimiento. Recriminación inconmensurable de aquellos latidos forjados incesantemente por la confusión. Un Hola y Adiós fue lo que necesitaban para seguir encausando esas ansias de mitigar el sobresalto experimentado ante la ausencia. Despacio, en silencio se alejaron uno del otro. Sin voltear atrás Celia no atino a decir más. Ahora su primordial intención, es llegar lo más rápido posible a su cuarto. Su ambiente. Su mundo. Una vez allí toma dos pastillas. Al momento se eleva luchando con la conciencia de lo real. Abandono total de todo sufrimiento constante. En apabulladas percepciones deterioradas de la existencia. Su hoy, su ser. El presente opacando aquel pasado incierto colmado de dolor. Abandonada ardiente ante el deseo abrasador sintético que le proporciona la catarsis. Intercambiando caricias a cambio de matices simulados por el estupor conseguido. Oleadas de orgasmos envueltos en la patraña de la evasión. Reiterando constantemente su sobrevivencia. En dos diminutas capsulas se encierra todo aquello por lo que su vivir se resume a satisfacción. No muy lejos de allí, Joaquín ya besaba ardorosamente una botella. Succionándole la última gota de fuerza recibida del vital liquido. Aturdido, desvanecido; giraba su mundo. Todo incluso él mismo. Sobreponiendo rostros dulces a lo inhumano. Humanamente desfallecido cubierto por la embriaguez romántica que lo inundaba. Siendo él superior ante aquel desconsuelo obtenido por la congoja errante de servir una vez más a la expectativa de tenerla. De merecerla. Ahogado súbitamente desconcertado. Sumido postrado entre espinas que sólo proporcionan agasajo a su ya mutilado e inconsciente corazón. Donde sorbo tras sorbo sucumbe irremediablemente a la perfección del delicado afecto por continuar viviendo.
En los ocasos de mi día te busco, y no te encuentro.
Karla Urbina.
|
Imprimir |
Enviar historia |
