En esto de las cajas, improvisar resulta difícil. Algo tan simple como freir un huevo, se convierte en dos ejercicios: uno mental, ya que tienes que poner en movimiento las neuronas para tratar de localizar en un resquicio de tu mente dónde demonios metiste la espumadera y las sartenes, y otro físico, al tener que desatar nudos para poder abrir los malditos envoltorios. La cosa se complica si, cuando ya has conseguido tener en tus manos la espumadera y la sartén, caes en la cuenta de que en la última compra rápida te olvidaste de la sal.
Notarán que pienso cosas absurdas, pero yo sé que lo hago en un intento de escabullirme del recuerdo que me viene constantemente a la cabeza. No dejo de pensar en mi segunda mudanza, cuando me pasó eso, lo de la sal, y sopesé la posibilidad de tocar alguna puerta del vecindario. Salí al pasillo de la escalera y llamé a la puerta de enfrente. Me abrió un anciano que, por la expresión de su cara, parecía que hacía siglos que no escuchaba el sonido del timbre. Me presenté y le expliqué porqué estaba allí. Tímidamente sonrió y me dijo amablemente que pasara. Lo seguí a través de un largo pasillo y llegamos a la cocina, una cocina limpia como la patena en la que se notaba que allí solamente una persona trajinaba en ella. .
El abuelo se sentó y me invitó a que me sentara a su lado. Así lo hice. Empezó a preguntarme cosas triviales, no sé si por curiosidad o por el mero placer de tener alguien con quien charlar. Mientras le contestaba un poco mecánicamente, lo observé: él, al igual que su cocina, resplandecía de limpieza. Llevaba una boina en la cabeza. Supuse que seguramente toda su vida y casi desde que tuvo uso de razón, otras boinas semejantes, tanto en invierno como en verano, habrían cubierto, al principio, su mata de pelo y, ahora, sus cuatro pelillos blancos.
Cuando le hablaba, se me quedaba mirando como si estuviera dispuesto a escuchar pacientemente todo lo que yo quisiera contarle. Su cara aparecía surcada por infinidad de arrugas y, tal era su expresión atenta e inalterable que, por un momento, vi mis propias palabras saltando hacia ella y, en lugar de rebotar, quedarse incrustadas en sus pliegues. Cuando ya empezaba a imaginar pequeñas letras tratando de acomodarse en su nuevo destino, observé sus ojos que hasta entonces habían estado ocultos en esa maraña de dobleces de piel. Eran claros, acuosos y aunque dirigían su penetrante mirada hacia mí, parecía que ésta sólo actuara a modo de pantalla para que yo pudiera verme reflejada, mientras que ellos sólo miraban hacia dentro.
Entonces, sentí como una ternura antigua, unos inusitados deseos de captar su atención, de dejar de ser un mero objeto de compañía para pasar a desentrañar cada una de esas arrugas, saber en qué momento se forjaron y seguir el rastro de esa mirada hacia sus interioridades, para poder quitarme el peso que de pronto se me había colocado encima. Empecé a sentirme azorada por esta sensación y recordé el porqué estaba allí. Sólo quería marcharme con la sal que había ido a buscar. Así se lo dije, él me la dió y nos despedimos.
Al día siguiente, mientras seguía abriendo cajas, no podía dejar de pensar en mi vecino. El solo hecho de hacerlo me daba fuerzas y me preguntaba qué es lo que había visto en él. Quizá fuera que reconocí en su mirada mi antigua fortaleza, ésa que estaba perdiendo. Al abuelo no parecía importarle ni su soledad ni mi visita y yo, en aquellos días, tenía dificultad para relacionarme con los demás, había perdido demasiadas cosas y, aunque no estaba segura de querer encontrar otras nuevas, me sentía sola.
Una mañana, acuciada por la necesidad de hablar, toqué el timbre de su puerta mientras pensaba en la excusa que le daría cuando abriera; no hizo falta excusa alguna, ya que parecía estar esperándome. Me sonrió y sin más preámbulos, me invitó a pasar. Volvimos a sentarnos en su cocina y esta vez fui yo la que escuchaba. Me contó, me contó y me contó
Fueron muchas tardes las que pasamos los dos allí sentados. Iba tejiendo su historia con habilidad y entre sus pillerías infantiles contadas con la sonrisa en los labios y sus devaneos adolescentes, me iba enredando. Para mí, casi se habían convertido en una necesidad esas visitas, porque sus sencillas historias contadas pausadamente me hacían huir de mi propio hastío. Un día abrió la puerta más serio que de costumbre y, cuando ya estábamos acomodados el uno frente al otro, me dijo que tenía un nudo en el estómago, que se había acostumbrado a tenerme allí sentada frente a él escuchándolo, cuando hacía tanto tiempo que no le escuchaba nadie, y que su historia, su verdadera historia, nadie la sabía y ya pugnaba por salir de su boca.
Fue entonces cuando, con una voz ronca que yo no conocía, me habló de una hermana cuatro años menor que él, de la que nunca me había hablado. De cómo ella, poco a poco, se había ido convirtiendo en su locura más dolorosa y él se había ido transformando en una confusa marioneta controlada por hilos extraños. Sólo por ella podía sentir; cualquier empeño en otra dirección, resultaba frustrado. Su deseo era inmenso, desesperante, lamentable, silencioso por fuera y tumultuoso por dentro. Todo esto sucedía sin que él, a pesar de su feroz lucha interna, pudiera evitarlo. Siguió contándome cómo ella lo había provocado y humillado o, mejor dicho, cómo él, dentro de su locura, pensaba que lo provocaba y humillaba. Cuando los fantasmas de su delirio y muda rabia se desbordaron, la mató y ocultó.
Nunca se supo su crimen. Eso fué lo peor. Desde aquel horrible día, la sentía más dentro que nunca, no se separaba de él ni un instante; la sentía correr por su cerebro, por su sangre, por sus huesos. Después de aquello, se mezclaban dentro de él, además del sentimiento de horror por lo que había hecho, la frustración por su pérdida, porque al haber sesgado la vida de ella había destruido su propia vida. Pasó mucho tiempo sumido en una especie de semi inconsciencia en la que, en los escasos momentos de lucidez, imperaba el deseo de acabar definitivamente con todo, pero algo o alguien dentro de él siempre acababa diciéndole que no podía escapar, que el terrible acto que había cometido no podía zanjarse de forma tan sencilla. Escuchó esa voz y él mismo juzgó, sentenció y se impuso el castigo: seguir vivo y sufrir segundo a segundo su dolorosa existencia. Todo esto, había sucedido hacía muchos años y, durante todo este tiempo había vivido dentro de una muerte disciplinada en la que no recordaba haber sentido un segundo de alegría.
Aquella noche no pude dormir. La angustia y la zozobra me dominaban como nunca antes lo habían hecho. Mi cabeza estaba llena de todas las palabras del abuelo; de las que habían sido como un bálsamo para mí, ya lejanas, y de esas otras tan horribles y tan cercanas.
Al día siguiente al salir de casa, vi un sobre en el suelo delante de mi puerta. Lo abrí apresuradamente y leí lo que, con letra temblorosa, el abuelo había escrito en un papel: Perdóname por haberte elegido para mi confesión. Era lo único que necesitaba. Gracias por haberme escuchado, me has hecho mucho bien.
Llamé a la puerta a sabiendas de que nadie iba a contestar. Cuando llegó la policía, el abuelo estaba muerto.
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