El Vals del Sol y la Luna

Categoría(s): Historias, ficción
 
El Vals del Sol y la Luna
 

Esa fue la mañana en que desperté después de no haber dormido en toda la noche. Decidí quedarme en casa, pero de repente me vi en un jardín desierto rodeado de árboles y plantas de todo tipo, de hojas enormes algunas, de largos tallos otras; hermosas, lozanas; macizos recortados, fresca hierba, frondosos y enormes árboles , y otros de mediano tamaño, salpicados en su verde superficie por lunares amarillos, anaranjados, rojos, morados...,pues tales eran los colores de los frutos que lucían.

 

Los rayos del sol bajaban con potencia, y con violencia erosionaban mi piel. No había gota de agua, era un lugar árido, terroso, pedregoso... Un escorpión vi salir de debajo de un pedrusco y darse un leve paseo hasta otra piedra, la más cercana, y allá, un poco más lejos, una lagartija corría decidida hacia algún lugar secreto..

 

En medio del jardín, una fuente de piedra con una estatua de un niño sujetando un enorme pez, manaba un potente chorro de agua hacia arriba, que salía por la boca del pez, rodeado por seis ranitas, también de piedra, que escupían unos chorritos de agua hacia el centro de la fuente. Del recinto, el agua caía hacia los lados como una cascada, petrificándose a mitad de su camino y quedando suspendidas como si fueran estalactitas.

 

En vista del calor sofocante y la sequedad y aridez del terreno y, sin entender por qué me encontraba inmerso en ese espléndido vergel, decidí tomarme un vaso de vino, ante la proximidad del estanque, porque, no lo había nombrado, pero había también un estanque de aguas calmas y cristalinas, a través de las cuales se podía observar a los leoncillos de colores nadar de un lado para otro, con su pelo brillando al sol, como si no tuvieran otra cosa que hacer. En el estanque también había tigres, leopardos, algún que otro elefante, dos cebras y una jirafa.

 

El camarero me dijo que allí no podía beber vino, que esa era una bebida restringida que estaba reservada para los menores de edad, ya que contenía alcohol. Mientras pensaba, desilusionado, qué pedir para calmar mi sed, un bebé que transportaba a su madre en un cochecito, chupaba con ansia su biberón de whisky y me ofreció un trago; pero en el momento en que me empinaba el biberón para degustar el delicioso brebaje infantil, la madre, desde el cochecito, comenzó a hacer unos graciosos pucheros hasta terminar llorando a moco tendido y raspando su garganta por el llanto.

Me compadecí y quise calmarla acercando a sus labios el biberón que, tan amablemente, me había ofrecido su bebé. Pero, el bebé, de un manotazo alcanzó el biberón antes de que lo hiciera, muy enfadado por cierto y, cogiendo el mango del cochecito, se largó rápidamente de allí dejándome vivo de sed.

Pero no tuve tiempo de pensármelo dos veces, de repente, sin más preámbulo, empezó la película, y los espectadores que habíamos asistido tuvimos que improvisar unas escenas después de que los saltamontes hubieran pagado sus entradas. La verdad sea dicha, no pareció gustarles demasiado la representación, pero la dirección de la empresa se negó a devolverles su dinero aconsejándoles que la próxima vez se lo pensaran mejor antes de pagar su entrada. Como de costumbre, los espectadores, a pesar del trabajo realizado, no cobramos ni un céntimo.

 

Un fuerte chaparrón comenzó a caer. Poco a poco las calles iban poblándose de gente con sus bañadores, sus bikinis, sus flotadores, sus toallas al hombro, sus bolsas, sus tablas de surf..., un verdadero espectáculo de gente que se aglomeraba bajo el ardiente sol para protegerse del calor sofocante que producían las gotas de lluvia al caer. Gotas de lluvia y piedras de granizo, que al llegar al suelo se deshacían secándolo todo a su paso y provocando la terrible aridez de la que hablaba al principio.

 

Bajo el ardiente sol, que se daba la mano con la luna y juntos bailaban un vals mientras la noche llegaba a su fin, la escarcha cubría de rocío los granos de arena que daban forma a la hojarasca de dunas que constituía aquel paisaje.

Sin duda aquel fue un día agotador, mis tripas sonaban como trompetas, no tenía más remedio que acudir a algún restaurante, pero ¿dónde? en medio de aquel desierto. Giré en derredor mío alargando mi vista ante la urgencia de saciar mi apetito de cagar. Mis tripas ya parecían una orquesta cuando de repente divisé un servicio público de esos proporcionados por el ayuntamiento y decidí entrar a comerme un bocadillo mientras caminaba a la urgente búsqueda del restaurante.

 

Con toda la discreción posible compré el bocadillo y entré en la cabina con intención de comérmelo relajadamente en un momento de intimidad. Pero, no había hecho más que entrar, cuando una señora muy pesada con un niño muy modosito que no se atrevía a decir esta boca es mía, golpeaba mi puerta sin cesar apremiándome para que terminara mi bocadillo ya que, según ella, claro, tenía mucha más prisa que yo.

 

Sin apenas masticar el bocadillo, me vi obligado a abandonar la cabina y salir de allí deprisa y corriendo. Pero fue una suerte para mí porque, no muy a lo lejos, pude divisar un magnífico restaurante del que ya me habían hablado, no demasiado caro, donde tenían unos retretes muy cómodos, buen servicio de cisternas y, lo mejor, un ambiente exquisito de gente selecta, educada, agradable y amena...

 

Entré decidido en el recinto. Me gustó su ambiente, la decoración, alegre pero discreta; el olor, los agradables sonidos, la distribución de los retretes, pensada para que pudieran surgir amenas conversaciones entre los asistentes mientras defecaban. Por supuesto, los había también que sólo acudían para orinar; esos casi no tenían tiempo para entrar en una de esas amenas pláticas, pero salían igualmente satisfechos, después de haber rociado (me estoy refiriendo a los clientes masculinos, claro está) a varios de los que, aposentados en sus retretes, charlaban amistosamente.

 

Después de esa maravillosa experiencia, satisfecho y relajado decidí regresar a casa dando un paseo por el mismo árido y seco parque cubierto de dunas de arena donde chocaban los rayos de sol en perfecta combinación y armonía con los de la luna, produciendo un vaivén de reflejos cambiantes, ya que, recordemos, habíamos dejado a estos dos astros bailando al son de un alegre vals mientras la lluvia de granizo golpeaba con fuerza la frondosa hojarasca y los pétalos de las vistosas flores y los frutales de aquel árido, seco y desértico vergel, y una pareja de mariquitas, con sus alegres trajes de lunares, acompasaban el vals que protagonizaban el sol y la luna.

 

  

 

 

Pinturas de Henri Rousseau El Aduanero

 

 

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Comentarios:

Escrito por: SDM_utopia       31/05/08 18:13
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HI hi^^
Bueno y completo :) Interesante...como siempre :)
Ya he escrito la segunda parte de LAGRIMAS Y SANGRE... a ver si te pasas por ahí :) gracias. cuidate^^
//utopia//...xD!
Escrito por: Rina       30/05/08 05:30
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Vaya!! Mis compañeras ya dijeron todos los adejtivos habidos y por haber...realmente un texto super interesante, donde me deje llevar hasta el final sin parar...muy original y divertido
Genial!!
Besos
Escrito por: Malavia       27/05/08 17:30
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Sencillamente alucinante. Maravilloso espéctaculo surrealista, pintado con tu inigualable pincel, digno del arte picassiano.
Escrito por: NoU       27/05/08 16:55
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Bendita imaginación tienes... como combinas lo real e imaginario... un texto fantástico, que hacer reír y enternece... que pasa de lo cotidiano a lo mágico...

Un beso avecitaaaaa!!!!!... y me encanta tu versatilidad!!!
NoU
Páginas: 1

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