El último poeta

Pedro cuando vio al viejo sentado en la banca del parque, bajo la sombra de los árboles, le preguntó a su madre:

- ¿Quién es ese hombre?

- Nadie, sólo un loco.

El hombre seguía sentado en la banca bajo la oscuridad de los árboles. Llevaba, igual que todos los días, un traje gris y su sombrero. El niño lo miraba porque le parecía extraño ver alguien tan solitario.

Dos días más pasaron por el parque y Pedro, el niño, seguía preguntando por el extraño sentado en el banco de la plaza. Una vez le contestaron que era un bruto a ultranzas, que el no sabía lo que significaba, aunque lo recordó. Y otra vez le dijeron que era un loco que se cree un niño.

Al no obtener más respuestas, un día cuando esperaba que su madre lo recogiera del colegio, Pedro escapó hacia el parque en busca del extraño. Lo encontró con una expresión amarga, mirando el suelo. Llevaba su sucio traje gris y su sombrero que lo sostenía a pocos centímetros del suelo. Se acercó y le preguntó:

- ¿Usted es un bruto a ultranzas?.  

El hombre levantó la vista y luego contestó:

- Para el ojo común, si, pero en realidad soy un poeta.

- ¿Qué es un poeta?

- Alguien de una clase en extinción, yo soy el último de esa clase porque los poetas no existen más – dijo el viejo con su voz apagada y carrasposa.

- ¿Por qué están en extinción?

- Porque no nos quieren, porque ya nadie quiere imaginar ni volar – el hombre se calló un instante y después agregó – No quieren sentir la vida.

- ¿Quiénes? – preguntó el niño.

- Todo el mundo, por eso nadie se acerca a mi.

- ¿Y?

- Antes la gente venía a mi, a que le recitará coplas de mi repertorio de poemas – al viejo se le encendieron los ojos por un instante y después se volvieron a apagarse – Ahora sólo andan de acá para allá sin tiempo para nada, ni siquiera tiempo para ellos mismos. Y por eso moriré.

- ¿Por qué?

- Porque nadie me escucha – al poeta le corrió una lagrima por la mejilla que la dejó correr hasta que cayera al suelo – He venido aquí durante los últimos veinte años y he estado solitario, sin nadie – se quedó cayado un rato mirando al sol que se escapaba en el horizonte entre los edificios – y dentro de poco, ya nadie escuchará más canciones sobre el sol, o las aves y tampoco sobre el amor. Porque cuando yo muera todo eso morirá.

- ¿Y cómo puedo salvarlo?

El anciano se sorprendió al oír esa pregunta, la estaba deseando que viniera hace años pero de otra persona. Luego dijo:

- Sólo escuchándome, imaginando, soñando sólo así seré salvado.

- Pedro, ¿dónde estás? – gritó su madre desde una esquina del parque.

- Aquí mamá – respondió él.

- Recuerda hijo, ayúdame a ayudarte porque sino terminaran contigo, con tu curiosidad de niño, tu deseo por la aventura y tu vitalidad – explicó el viejo.

- ¿Quiénes lo harán?

- Todos, hasta tu madre.

- Pedro, ¿qué haces hablando con extraños? – dijo la madre de Pedro al verlo dialogando con el anciano - ¿cuántas veces te dije que no lo hagas?.

La mujer lo tomó de la mano y se lo empezó a llevar fuera del parque.

-          Recuerda, hijo sálvate y sálvame si aun quieres verme y se libre. Sólo debes imaginar – el poeta le dijo a Pedro cuando este volteo su cabeza antes de irse del parque – Imagina.

 

 

Marcos L. Dzierza

 

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Comentarios:

Escrito por: GaStOnKiNg       23/09/07 00:59
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Bueno.... como dijo Marianita.... creo que de los tres que van... este es el que mas me gusto.... porque nos sentimos parte del relato.... y la frase "ayúdame a ayudarte" es muy de el caradura estafador de Esquiariti... jajaja!!!
Escrito por: Marianne       23/09/07 00:33
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Quién lo hubiera dicho? Marquitos escribiendo!
Me gustó porque básicamente es lo que intentamos hacer cuando escribimos, no? Buscamos un momento en nuestras vidas para imaginar y volar!

Muy lindo! Maru :)
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