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En fracción de segundo, la mente del pintor adelantó lo inevitable y vio, antes que sucediera, cómo las uñas de la cazadora destrozaban el pecho de la víctima como si fuera una frágil pompa de jabón. Pero, contra todo pronóstico, el colibrí, sin el menor respeto, hizo una veloz cabriola hacia un costado, dejando fuera de distancia a su agresora, quien se precipitó al vacío sin pena ni gloria; pero sus potentes alas recuperaron el dominio del espacio para reiniciar su ofensiva. Nuevamente, el colibrí, con inaudita velocidad, se puso al otro lado, como jugando o, lo que es peor, como menospreciando la lentitud de la atacante. Esta escena se repitió muchas veces, por un lado, el colibrí, aleteando más veloz que el viento y, por el otro, el águila retomando su arremetida, cada vez más furiosa. ¡Pero..., nada! Le resultaba imposible cazar al diminuto picaflor, porque éste, aprovechando su raudo vuelo, se disolvía en el aire haciéndose transparente. Finalmente la víctima se rebeló, henchida de coraje y aburrida de ese mortífero juego decidió contraatacar usando como armas su alargado pico y su gran velocidad. Lo que se vio después sólo puede ser imaginado en la fantasía. El colibrí, como un avión caza, empezó a picotear los ojos del águila, cuantas veces quiso, obligándola a huir alitas para qué te quiero. Verlos , de lejos eran: un jet persiguiendo a un BOMBARDERO.
Ahora el Sol llegó al punto ideal. El artista, enamorado de los paisajes andinos, tomó su pincel como un consumado director de orquesta y apuró en su lienzo los detalles de ese ocaso singular. El rojo intenso del firmamento contrastaba con su diminuta figura que enfundaba a un cuerpo escuálido metido en su saco y su raído mandil, sobremanchado de mil colores. Su crecido mentón prolongaba a su antojo la exagerada barba dando argumento a sus ávidos ojos que devoraban, con enorme deleite, a ese instante del firmamento.
Como es de suponer, el poeta-pintor privilegiaba al rojo que se deslizaba, goloso, sobre la tela. Rojo por aquí y más acá. El rojo tragaba al pincel enraizándose en el lienzo, bañando a la tela y mordiendo al bastidor.
Cuando el crepúsculo tragó al Sol, en un caballete cualquiera quedó grabado, para siempre, el exquisito misterio de aquel anochecer andino. Al pie, agonizaba el escuálido cuerpo de un pintor que compartió su locura con la literatura.
En ese momento y contra todo pronóstico, conmovido por tamaña idolatría, el astro rey volvió a salir para rendir homenaje a su pintor... Fue la única vez que el día amaneció dos veces: por el Este y por el Oeste. Durante ese misterio, el corazón del poeta-pintor se convirtió en un lindo colibrí, pero el Sol perdió su brillo.
Desde aquella ocasión, el picaflor, usando sus alas como pincel, trabaja pintando a las flores del mundo desde el amanecer hasta el anochecer, como ofreció cuando tenía forma humana y, según dicen los que han visto, también la sangre del artista baña a todos los crepúsculos de la tierra cuando el Sol se va a dormir.
JACO
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