EL TRISKEL

Es un hermoso mes de noviembre, todavía no han empezado los fríos invernales a los que estamos acostumbrados en la Cuenca del Nalón. Este 2 de noviembre no iba a ser diferente a los anteriores, a los que, mis cinco años me permitían recordar. La “guelita” había comprado flores y velas. Todo pues se anunciaba igual.

Después de la comida, nos pusimos en marcha por la carretera que cruza el pueblo hacia el cementerio. Yo cogido de una mano y de la otra colgando un caldero, mi abuela camina la mirada puesta en una ladera salpicada de lapidas blancas.

No hablamos, el único ruido compañero de cada paso, es el chirriar del hansa al rozar el caldero de metal. Por la mente de mi abuela va, sin duda, desfilando una procesión de recuerdos y en su corazón el dolor que incluso el tiempo no ha conseguido borrar, pesa en su vida tanto como la losa de piedra sobre la sepultura de Luís, su hijo; mi tío.

Ante mí, un muro, antojándoseme muralla, de cal blanca en cuyo hueco, en forma de arco, hay una puerta de hierro forjado. Abierta durante el día, cerrada durante la noche. Una calavera, mira a todos los que nos proponemos cruzar el umbral, advirtiéndonos con sus ojos huecos: Estas en mi  terreno. El silencio me llena los oídos. Los ruidos no atreviéndose a cruzar la frontera de ladrillo y cal, se quedan afuera esperando a que los vivos salgan para acogerlos y devolverlos al mundo.

Con el cubo lleno de agua en una mano y en la otra un ramo de flores, mi abuela sube los escalones de piedra. Yo la miro, ya estoy arriba, a media ladera, sentado en la tumba como un propietario, al fin y al cabo es algo mió. Espero con impaciencia mi momento preferido: el instante mágico en el que los cirios se empezaran a encender entonces iré de vela en vela, cogiendo la cera cuando deje de estar muy caliente, para no quemarme, pero aun lo suficientemente blanda para poder moldearla y hacer, con ella, figuras de cera blanca.

Por el momento todas las mujeres enlutadas, en gestos ritualizados a fuerza de ser repetidos, se afanan quitando las flores mustias, limpiando las losas, poniendo agua fresca en los floreros, intercambiando comentarios. Se, que durante una hora no voy a ser el protagonista en la vida de mi abuela.

También me la conozco de memoria la inevitable pregunta que tarde o temprano saldrá en la conversación:

-         ¿y los padres del chico siguen en Suiza? ¿No van a volver? ¿Porque no se llevan a la criatura con ellos?

Y después una mirada lastimera a ese medio huérfano, dejado por sus padres en casa de los abuelos; como se deja una maleta incomoda de transportar, en la consigna de una estación.

Me escapo ladera arriba hacia esa zona aun no explorada del cementerio. Entre la ultima hilera de tumbas y el muro de cal blanca, un no-man’s land, donde mis deportivas no han aun dejado su huella.

No hay losas, ni cruces, pero unos montículos de tierra a penas visibles, cubiertos de vegetación, dejan suponer que se trata de antiguas tumbas. Me paseo entre ellos, jugando a ser un pirata explorando una isla desierta en busca de un tesoro. Entre los matorrales, algo brilla, me imana la mirada. Es una cadena y sin pensarlo tiro de ella. Ante mis ojos un colgante: un círculo de plata, adornado en su interior por tres olas semi-circulares que parecen correr la una tras la otra.

Mientras mis piernas se ocupan en bajar los escalones, mi pensamiento elabora la manera de presentar el colgante a mi abuela para que este le agrade y pueda así quedármelo. Lo más difícil, va a ser de destronar a San José y poner en su lugar una medalla donde ninguna cara de santo luzca.

¿Contarle donde la encontré? Es decir entre las antiguas tumbas olvidadas desde hace muchos años por los familiares, si es que aun alguno vive; las olvidadas de todos; olvidadas del tiempo; olvidadas hasta por el mismísimo Dios, parecía ser. Mi abuela no tardaría en deducir que la medalla era pertenencia de un muerto y mis esperanzas de poseerla serian, entonces, nulas. ¿Una mentirilla? ¿Pequeña? ¿Muy pequeña? Otra posibilidad, no decir nada y esconder la medalla en mi arca secreta, el bote de cola-cao guardián de todos mis tesoros: canicas, una cáscara de caracol y algunas de almejas encontradas en la playa de San Lorenzo, una o dos piedras cuyo color y vetas las hicieron más atractivas a mi mirada que las demás. En fin una serie de pequeñas cosas consentidas por mis abuelos, con mucho amor.

-         Mira abuela, lo que encontré halla arriba, enganchada en los matorrales. ¿Puedo quedármela?
La mira con atención. Juzga que no tiene gran valor.
-         Si, puedes quedártela.

Le doy un chapuzón en el agua del caldero, antes de deslizar su cadena por mi cabeza y dejar así la medalla al lado  de la del Santo.

Noviembre, los días son muy cortos a mi antojo y anochece antes de tiempo. Las velas se encienden por todo el cementerio y sus pequeñas llamas, bailan al compás de una brisa fría, en este oscurecer. No correteo detrás de la cera de las velas; serio me quedo al lado de la abuela, con una mano me agarro a su falda y con la otra agarro la medalla recién encontrada. Acabo, no de comprender, sino de intuir, lo que es la muerte. El cementerio, deja de ser un escenario mas para mis juegos, me impone respeto y hasta siento un poco de miedo.
-         Abuela, cuéntame algo de Luisin. ¿Por qué se fue?

Ya no tengo la medalla de San José, pero el triskel sigue en mi cuello. Lo agarro para darme seguridad en los momentos de duda, como cuando era niño me agarraba a la falda de mi abuela. El mismo gesto de la infancia: mi mano apretando el triskel.

Desde mi balcón miro el agua caer sobre Madrid. Viajar en el tiempo y en el espacio al fin y al cabo no es ficción, sino un ejercicio bastante común en la mente humana.

Esos momentos de mi infancia asturiana revividos en un balcón madrileño, me hacen sentir la necesidad de volver al pueblo, de volver al cementerio.

-         Carmen, amor. Me voy a pasar unos días al pueblo. Quiero ir al cementerio.

Abrazo a mi chica para que el calor de su cuerpo me de nueva vida, nuevo animo.

Me gusta conducir de noche, los faros del coche espantan la oscuridad, y las canciones de la radio me alegran el camino e impiden al sueño hacer su aparición.

Al amanecer ruedo por carreteras astures, entonces, de un gesto simbólico, tan simbólico como el triskel que llevo al cuello, pongo un CD de música celta. Una ligera niebla, a ras del suelo, acentúa el lado más misterioso, mágico,  salvaje e indomable de los montes asturianos. Soy uno con esta tierra, soy uno con su cultura. Llevo la herencia celta en mis venas, sus creencias y leyendas: los caballeros de la mesa redonda, Merlín, Morgana, Arturo y su espada, Excalibur.

Cruzo el paisaje de mi infancia envuelto por la música celta, el amanecer y la niebla: Asturias es Abalon.

Barros, Barros de Langreo. El pueblo donde nací. Dejo el coche y decido hacer el camino hasta el cementerio por la carretera que cruza el pueblo, como en los años de mi infancia, a pie. Agarro el triskel, como cuando era niño agarraba la mano de mi abuela. Los años han pasado, sin embargo Barros sigue igual. Parece sufrir el mismo hechizo que la bella durmiente. Una xana  ha detenido el tiempo y, aquí, todo sigue igual.

El cementerio, la misma mirada hueca de la calavera, la misma puerta de hierro, los mismos escalones de piedra, mas usados por el roce de los pasos. La tumba de Luisin, donde ya no esta solo: mis abuelos, mi madre, mi tía Felisa lo acompañan. Acaricio la losa antes de poner un ramo de rosas, de un rojo tan intenso como el amor que, los que bajo ella descansan, me han dado. Con el otro ramo subo hasta la parte alta del cementerio donde siguen unos montículos de tierra cubiertos de matorrales: antiguas tumbas olvidadas de todos. Reconozco el sitio donde un día encontré el triskel. Dejo las rosas.
-         Para ti, amigo.

Afuera el ruido de la vida me espera.


 Alexys Fernandez Artos



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