El Tocador del Arpa.

El Tocador del Arpa.

 
 

El tocador del arpa empezó a pinzar las cuerdas de la misma. Y cada vez que una de las venas de aquel fabuloso animal palpitaba reverberaba en el silencio una nota de diamante. Cada nota suponía una pompa de jabón llena de caleidoscópicas fantasmagorías, curvas zigzagueantes de verde amarillo o rosa, y leve ondulación de un arcoiris. Cada nota era a su vez un colibrí de fuego, iridiscente, azul, dorado, lila. El magnífico diapasón estremecía con su resonancia de iridios y jazmines y la estancia se perfumaba de un organdí de lavándulas y fresas. Sobrevolaba un gran pájaro de fuego una colina cubierta de jacintos rosas o un arroyuelo dorado se despeñaba entre los matices amarillos de la tarde. O en un oculto jardín submarino la anémona tentaculosa cubría de arpegios malignos y venenosos las escamas rosas de un pez payaso, y la estrella de mar, roja de rubíes fortísimos, colapsaba su estómago sobre una ostra nacarada al lado de una esponja ocreamarilla, digitalizada y esperpéntica como en un cuarto de baño daliniano. Flotaba sobre la melodía una circunferencia de azúcar y un pellizco de zumo de limón la acompañaba como arañazo de minino. El músico estaba en trance, vertido sobre la melodía, sublimaba un desencanto amoroso y una noche de orgía interrumpida. Una amenaza de muerte y un golpe en la cabeza. Se entregaba a lo mágico alzándose como un gigante con alas sobre lo ruín del mundo, sobre lo mediocre y la envidia, que allí palidecía llena de perlas el cuello y con los ojos azules brillando de furia. No pudo más ella y en ese momento se alzó gritando ¡¡¡basta¡¡¡, ¡¡¡desafinas¡¡¡. No, no fue así, fue tan solo que yo, el que escribía este relato, me quedé sin palabras para continuarlo y tuve que ponerle fin sin poder describir los monstruos del submundo, los leviatanes y vampiros, los hombres lobo terroríficos, las momias vendadas, los monstruos cibernéticos, las arañas y los orcos, que, como en un aquelarre, hubiese podido sugerir en la partitura y los acordes del monstruoso animal que cual caballo de mil ojos galopaba el músico, el tocador del arpa, que era sencillamente yo mismo. En la partitura, que no se iba a tocar jamás, el monstruo, la babosa, el infernal coágulo de gelatina extraterrestre esperaba, rabiando de impotencia, sin poder salir de la substancia gris de mi cerebro, cubierta de miasmas insalubres, venenosa y llena de ponzoña, emboscada como un ratero con navaja, o era quizás aquella olla de metal cerrada, que puesta al fuego, ya hirviente, estaba a punto de hacer saltar su tapa para que escapara un vapor venenoso, pleno de cianuros y acrilamidas neurotóxicas, malignas, de un perfume satánico. En todo caso mi impotencia por hacer un relato se acompañaba del infernal ruído de la calle que entraba por la puerta del cibercafé desde el que yo intentaba comparar mi ordenador con el fabuloso arpa de un virtuoso sin conseguirlo. Decidí tomarme una coca cola y dulcificar con el sabor de la misma la melodía que llena de estridencias y disonancias arrancaba a golpes de la metáfora de un ordenador transfigurado en arpa. Había duendecillos y pitufitos, incubitos de ojos lilas, y cisnes de plumas de plata, pavos reales dorados y pavos reales rojos, que no existían en ningún lugar sino en mi fantasía, y una vieja con barba y puñal hacía de bruja barbuda, con los dientes mellados y una lechuza. Estaba la gorgona, eso sí  cubierta de serpientes, allí, en una imagen en mi cerebro, tal la vi una vez en una película, y el sabor de la coca cola, muy dulce, y al que ya estoy acostumbrado, no me decía nada, no me hacía superarme a mi mismo ni lograba que extrajese del arpa la fantástica melodía, el eclipse de las cien mil estrellas de neutrones, ya podrían chocar la nebulosa roja del cangrejo con el quasar de la constelación azul de escorpio que no lograba la sorpresa, y el conejo se resistía salir de la chistera, ese conejito pequeño, enano, o ese gatito verdecillo, que juega con las lamparitas de los grillos tristes. Tan solo surgía la cucaracha de mi arpa. El repugnante, eléctrico, nervioso artrópodo de las alcantarillas, infernal y desagradable. La clepsidra estaba llena de gotas brillantes, pero yo no destilaba de mi copa de anís sino un coágulo de cieno. Tuve que ponerle fín a la música, mi tarde no había sido buena, había intentado sembrar las espigas doradas pero no lo había conseguido. Y me había excedido en el Número de palabras.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
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Comentarios:

Escrito por: Daanroo       17/04/08 05:45
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Tuve que ponerle fín a la música, mi tarde no había sido buena, había intentado sembrar las espigas doradas pero no lo había conseguido.




La espiga no siempre es dorada y emplumada, la espiga también tiene en su camino, alguien que le hace sombra... la mala hierba se arranca de cuajo y de frente, nunca de perfil...
Escrito por: ferruz       16/04/08 18:28
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Me gusta el principio, me gustan los colores, las imagenes, pero me perdi por un momento con tanta imagén.

Saludos
Fernanda
Escrito por: FranciscoARC       16/04/08 12:12
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Pss, pues tampoco es nada del otro mundo, Jesus, pero gracias por tu comentario.
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