El teléfono

El teléfono, una llamada, malas noticias.

 

 

 

 

Me encontraba sumergido en el mar de mis sueños, hasta que la ola desesperada del sonido del teléfono me despertó.

 

Miré el borroso reloj de la sala, las dos agujas estaban en el doce, y seguía el insistente aparato sonando. A las doce de la madrugada sonaba el teléfono, era una hora poco usual en una casa donde sólo vivían tres personas. Una pausa y seguía sonando.

 

—Aló, buenas—se me adelantó una voz gruesa pero no fantasmal—sé que es tarde pero...—hizo una pausa, como pensando lo que iba a decir—¿podrías hacerme el favor de llamar a Francis?

 

—Bueno, llámela dentro de cinco minutos—le dije a las voz, aún me encontraba dormido y pronuncié aquellas palabras sería por la hipocresía de los buenos modales, porque sino le hubiera dicho de todo menos bonito.

 

—No, no te preocupes yo espero.

 

Dejé el auricular en la mesa del teléfono, busqué los zapatos que estaban tan fríos que pensé que los había sacados del refrigerador. Abrí la puerta y luego las rejas. Me encontraba en la calle, y una rara neblina apenas me dejaba caminar, sin ella o con ella, seguramente iba a llegar por el instinto, por la memoria de saber dónde vivía, su casa quedaba a una de la mía.

 

¡Francis!—grité al mismo tiempo que tocaba la puerta azul.

 

—Aja, ya voy—una voz reconoció la mía, pero es que esa mujer era como mi mamá.

 

—Te están llamando, un hombre, que es urgente—me limité a decir esas palabra claves.

Escuchaba desde la puerta las sandalias que sonaban en su piso pulido, abrió la puerta y salió aquella mujer, casi sin verme, parecía una bala que bajaba hacía mi casa. Mi abuela estaba dormida cuando llegamos, ella dormía como una piedra, le tumbaban la casa y no se daba cuentas hasta que despertaba al otro día. El cabello de mi vecina estaba enrollado y encima tenía una malla. Entró descalza a la casa, ya que sus sandalias eran como unos grillos. Agarró el auricular.

Aló—lo pronunció alarmada—aló.

 

Al parecer habían colgado, le explique rápidamente lo que me había dicho, y la mujer se rascaba la cabeza como si las ideas salieran por allí y de pronto sonó el teléfono, pero tan fuerte que los dos nos sobresaltamos.

 

Aló—la vecina reconoció la voz al instante, ella sólo podía mover la cabeza, asintiendo, y sin pensarlo las lagrimas salieron de sus ojos—y ¿cómo fue todo?—por fin dijo la mujer—está bien, haré las maletas ahora, gracias hermano, nos vemos allá.

Colocó el auricular en su sitio correspondiente.

 

—Mi hermano, tuvo un accidente y ha muerto, le dices a tu abuela que me fui a Caracas y que por favor me ayude con los muchachos—su rostro se distorsionaba una y otra vez—gracias papito, por avisarme—lo dijo tan suave que me dieron ganas de llorar, y más para un niño de ocho años.

Mi vecina se fue, cerré las puertas y miré hacia el nítido reloj, sólo habían pasado seis minutos, y parecían una eternidad, y apagué las luces. Ya acostado en la cama mirando hacia el techo, pensaba una y otra vez en ella, en su dolor, y pronto todo eso desapareció, me quedé dormido.

 

Pasaron los días y los hijos de Francis y yo, nos encontrábamos en el porche y ella  lavaba la ropa cuando de pronto se apareció mi abuela, con su bata de estar en la casa, tan blanca, inconfundible. Se acercó dónde estaba Francis lavando, y dejó salir el agua con jabón de la batea.

 

—Francis, te tengo malas noticias—la voz y la cara de mi abuela, sólo la conocía yo, era de tragedia—tu tío Armando, ha muerto.

 

Francis se llevó las manos a la cabeza y suspiró fuerte, como si el aire se le acabara, mi abuela se acercó a ella y le posó las manos en su espalda.

 

—Ay Francis, sólo te llaman para darte malas noticias— y se marchó por las mismas.

 

Era verdad, ella tenía más años viviendo allí, más que nosotros pero mi abuela fue la primera en la cuadra de tener teléfono, de tal modo que las personas de confianza recibían sus llamadas en nuestra casa, y desde que había teléfono  no había una llamada para ella que cargara una mala noticia, yo solo había presenciado las dos malas noticias, pero me enteré que ya eran tres. La mayoría de su familia se encontraba en Caracas, a unas cuatro horas de aquí, pero ir a Caracas era muy forzado y caro.

 

Francis decidió pasar su dolor en su casa, no pudo ir a la capital, la situación no daba para tal viaje. Su esposo trabajaba pero apenas su sueldo alcanzaba para la comida, él no tenía buenas relaciones con la familia de su concubina pero ella si con la familia de él, es que ella era como un ángel, siempre atenta de todo, mi abuela decía “esa mujer es muy servicial”. Cuando mi abuela se enfermaba ella le ayudaba en las cosas de la casa, llevaba el almuerzo, y muchas cosas así.

 

Pasaron los meses, y nadie la llamaba, creo que quién le quedaba de su familia era un hermano y un primo, su madre había muerto víctima del cáncer hace mucho tiempo.

 

Su pareja tenía en su puesto de trabajo un teléfono, así que por petición de ella, decidieron pasar la línea a su casa.

 

Era de tarde cuando unos hombres llegaron en un carro con una plataforma  que se elevaba desde mis ojos hasta el cielo, era blanca con raya azules, y subió hasta dónde estaba la central de las líneas en un poste de electricidad frente a mi casa, destapó la caja negra, y los muchachos y yo mirábamos al hombre como la manipulaba, con una meticulosidad admirable pero a la vez despreocupada, insertó un cable y lo lanzó, si no estuviéramos viendo atentos nos cae el pesado cable en la cabeza. Cerró la caja y la plataforma bajó con un sonido parecido al de una licuadora. Montado en la plataforma el carro se movió lentamente y nos dimos cuenta que tenía el cable sostenido con la mano y éste se iba estirando hasta llegar al otro poste, lo amarró con un gancho, y nosotros seguíamos viéndolos como si de Dios se tratara, con la cabeza hacia atrás y el cuello cansado de aquella incomoda pero gratificante posición.  Se bajó de la plataforma y se dirigió a la casa de Francis que los esperaba impacientemente.

 

Los tipos se fueron, en ningún momento movieron la boca para hablar, eran más serios que los hombres encargados de una funeraria, se comunicaban por señas o con las miradas, para mí hasta el sol de hoy es un enigma.

 

Me encontraba en mi casa, cuando escucho un sonido raro pero reconocible, era el teléfono de Francis, pero sonaba tan fuerte que hasta allá se escuchaba, una campana.

 

Por la curiosidad de un niño fui a ver el teléfono de mi vecina. Los ojos se me quedaron fijos al ver aquél raro aparato, sólo había visto muy pocos y tenía recuerdos vagos de ese tipo de aparatos, parecía al de mi abuela, pero con la pequeña y gran diferencia que en el medio tenía un disco, con agujeros en su periferia, y un candado, el candado fue el colmo de mi curiosidad, era como ver un marciano, era horrible, gris con rojo. Tal vez era porque estaba acostumbrado a ver el teléfono de la casa, digital, de color beige y blanco en una armonía de colores. Sin pensarlo sonó el aparato, me quedé pegado al piso, Francis pegó una carrera a contestarlo.

 

—Señora le llamamos, para avisarle que la línea está activa, gracia por su servicio—dijo el auricular, tan fuerte que lo pude escuchar en la cocina donde me encontraba viendo la televisión. Tenían televisores en toda la casa, la sala se comunicaba con la cocina y cuando daban nuestro programa favorito de un héroe con capa, sombrero negro y con su espada combatía a los ladrones encima de su fiel caballo. Un grupo se quedaba en la sala y otro en la cocina y empezábamos a dar gritos y a preguntarnos qué estaban pasando en el mismo canal, ya que creíamos que daban cosas diferentes, y dábamos carreras de un lugar a otro.

 

 La señora colgó el teléfono, y continuó barriendo la sala, preparaba el piso para limpiarlo con cera, quién llegara a su casa se quedaba anonadado al ver que casi se veía reflejado en el suelo, como un espejo negro.

 

En la cocina me encontraba bebiendo agua, cuando escuché el teléfono sonar, sin querer escuchaba la conversación:

—Aló...buenas tardes...¿Quién habla?...¡Hola Javier!, ¿Cómo estas primo...—esta vez sólo se escuchaba la voz de Francis, el aparato no amplificó la voz, o tal vez porque me encontraba lejos, pero no era mi problema aquella conversación.

La olvidé por un momento y me concentré el programa de la televisión subiéndole el volumen y al instante vino su hijo menor y el más fanático de los cuatros, aquella canción de introducción la recuerdo como si fuera ayer.        

 

En un silencio mortal donde nuestro héroe se disponía a capturar a un ladrón, un estrepitoso sonido nos despertó de nuestro momento hipnótico, nos miramos sin saber lo que sucedía, sin duda aquél sonido venía de la sala, fuimos en una sola carrera a ver lo que pasaba, y lo primero que vimos fue el aparato tirado contra la pared, con el disco de huecos roto en pedazos, pronto Francis agarró el teléfono y lo lanzo contra la otra pared, la mirábamos atónitos, con las cejas fruncidas, incrédulos de aquella verdad, la caja se estrelló con la pared.

 

—Maldito aparato, cómo me has amargado la vida desde tu existencia—y lo volvió a lanzar contra la pared y empezó a repicar descolgado—Tu desgraciado sonar, ¡Cállate!—y pronto nos dimos cuentas que se había hecho una herida en las manos, y la sangre caía en el teléfono, agarró el palo de la escoba y le dio también al pobre aparato que repicaba incesantemente.

 

Su primo le había llamado para decirle que su hermano había fallecido en un accidente de transito.

 

Francis volvió a lanzar el teléfono contra la pared, dejó una mancha de sangre en ella, sus manos no paraban de sangrar, pero no le importaba, se pasó las manos por la cara para secarse las lágrimas del dolor ligadas con felicidad, felicidad que sentía al destruir al aparato, y su rostro tenía manchones de sangre. Hasta que el aparato dejó sus desesperados repiques, como pidiendo ayuda, ahogado en la sangre de su cruel dueña y asesina.     

 

 

Ysaías L. Núñez

 

 

 PD: Este relato lo escribí hace un tiempo ya, tal vez cuando tenía 16 años, está dedicado con cariño a Nanci, la "Francis" del mismo.

PD: Geri, lo prometido es deuda, es para tí también. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Loreto_Silva       20/05/08 08:45
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Creo que esto muestra que los escritos no se deben modificar sino es en el momento, digo tus últimos textos son muy superiores en fuerza, contenido, son más maduros y leer este relato sencillo, da cuenta de ese andar.

Loreto
Escrito por: Daanroo       02/04/08 21:54
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Ufff,
Escrito por: Oscarhugo       13/03/08 17:41
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Excelente narración, excelente narrador.¡Diablos no quiero entrar a dar lata con la filosofía! El tema da de lleno para discutir sobre nuestro diario vivir, sin saber que nos dirá el teléfono. Felicitaciones, buen escritor.
Escrito por: Geraldine       10/03/08 06:26
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8D
Gracias, que mejor que mi texto "favorito" para que me lo dedicaras ¬¬
Ahora que lo leo y que me lo dedicas ya no me resulta tan malo...voy a tener que subir el mío, con tan buenas criticas que has tenido Hu*

Te quiero mucho!! Ah pasate por mi site que ya colgue el cuento!! xDD
Escrito por: Rina       10/03/08 03:15
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Me encanto tu historia, aunque lo lamenté mucho por Francis...mmm, a mi tampoco me gusta mucho el telefono y no es por las malas noticias, si no porque no para de sonar nunca!!...
Genial la manera en que haces que nos sintamos parte del relato, casi me vi sentada mirando la televison cuando aquel ruido los sorprendio.
Me gusto mucho tu historia. La llevas muy bien, el lenguage simple y los personajes son super atrayentes, al igual que la trama.
Nos estamos leyendo
Besoss
Escrito por: Ysa_himura       10/03/08 02:55
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Oh, gracias por estos comentarios... buenos o malos los valoro, sobre todo por tamarse su tiempo en leer tan largo relato. Gracias.
Escrito por: Cloro_fila       10/03/08 01:52
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Me gusta el tempo de la historia; la fuerza que tiene la protagonista Francis, tanto como su aparatejo infernal.
Es verdad, hay días que habría que dejar simplemente el contestador automático e irse de paseo...
Un saludo, amigo.
Escrito por: etelsaga       09/03/08 22:16
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Una historia sobre el teléfono, medio de comunicación tan necesario... Sin embargo, cuando suena a horas no acostumbradas, nos pone la piel de gallina y los pelos de punta. Le doy toda la razón a Francis, no recibía sino malas noticias... Relatas la historia de tal manera, que uno logra adentrarse en ella y vivir la desesperación de Francis.
Recibe mi saludo
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